Capítulo 2: El Milagro en el Pueblo
El tiempo es un ladrón silencioso. A veces, cuando cierro los ojos y dejo que los recuerdos inunden mi mente, siento que todo aquello ocurrió apenas ayer. Los días en que Manuel y yo soñábamos con un hijo, los años de espera interminable, las lágrimas en las noches de decepción. Y, sin embargo, también están los momentos en los que él me sostenía con su amor, con su ternura, con la certeza de que un día, cuando menos lo esperáramos, nuestro milagro llegaría.
Recuerdo cada instante de aquella lucha. Casi diez años de intentos, de tratamientos y consultas médicas que parecían más un castigo que una esperanza. Los diagnósticos eran fríos, casi crueles, como si aquellos médicos no comprendieran que con cada negativa estaban arrancándonos un poco de nuestra ilusión. "No hay muchas posibilidades", "es difícil que logren concebir", "deberían considerar otras opciones", nos decían. Pero Manuel nunca permitió que esas palabras nos vencieran.
—No importa cuánto tarde, Flor —me decía mientras me acunaba en sus brazos después de cada decepción—. Si el destino quiere que seamos padres, lo seremos. Y si no… igual seremos felices juntos.
Pero yo sabía que en su voz también había un rastro de tristeza. Porque aunque intentaba ser fuerte por los dos, él también soñaba con sostener a su hijo entre sus brazos.
Nos mudamos a aquel pueblo en busca de una vida más tranquila, alejándonos del bullicio de la ciudad, de sus luces artificiales y de su ritmo acelerado. Queríamos un lugar donde el tiempo transcurriera más lento, donde pudiéramos construir algo nuestro. Allí, Manuel se convirtió en un pilar de la comunidad. El bombero que nunca decía que no, el amigo que siempre tenía una palabra de aliento, el hombre que todos admiraban. Yo, por mi parte, encontré mi propósito en la enseñanza. Ser maestra en la escuela local, con tres grupos al mismo tiempo, fue un reto, pero también un regalo. Esos niños, con sus sonrisas y sus historias, poco a poco se convirtieron en parte de mi vida.
El milagro que esperábamos
Y entonces, un día, cuando menos lo esperábamos, sucedió.
Recuerdo esa noche como si aún estuviera en ella. Después de tanto tiempo de intentarlo, después de años de esperanza y desilusión, Manuel y yo dejamos de lado la ansiedad y simplemente nos entregamos al amor. Tal vez fue el destino. Tal vez solo era el momento perfecto. Pero cuando amaneció, sentí algo diferente. Algo en mí me decía que esta vez había sido especial.
Manuel intentó, como siempre, escaparse temprano para ir al río. Tenía esa costumbre desde que nos mudamos, le gustaba empezar el día sumergiéndose en el agua fría antes de enfrentar cualquier emergencia. Pero aquella mañana no lo dejé ir.
—Tú me perteneces hoy —le dije con una sonrisa traviesa, aferrándome a él—. De aquí no sales hasta que hagamos un bebé.
Él soltó una carcajada, pero obedeció. No tenía idea de que en ese instante estábamos sellando nuestro destino.
Días después, cuando el test de embarazo marcó positivo, el mundo se detuvo. Me quedé mirando aquellas dos líneas rosadas, sin atreverme a respirar. ¿Era real? ¿Era posible que después de tanto tiempo, finalmente nuestro milagro estuviera en camino?
Corrí a contárselo a Manuel, y su reacción fue la más hermosa que podría haber imaginado. No gritó, no lloró de inmediato. Solo me miró con esos ojos llenos de amor y me rodeó con sus brazos, susurrándome al oído:
—Te lo dije, Flor. Nuestro milagro llegaría.
La noticia se propagó por el pueblo como fuego en la hierba seca. En cuestión de horas, los vecinos llegaban con regalos, con bendiciones, con oraciones. Nos decían que Dylan sería el "niño del pueblo", que traería esperanza y felicidad a todos. Y lo cierto es que así lo sentíamos.
Cuando en el quinto mes nos confirmaron que sería un varón, Manuel estaba eufórico. Decía que pronto tendría un pequeño compañero para enseñarle a nadar, a pescar, a explorar cada rincón del pueblo. Yo, en cambio, me preocupaba por cada mínimo detalle, temiendo que algo pudiera salir mal. Pero él estaba ahí, tomándome de la mano, recordándome que todo estaría bien.
—Será fuerte —me decía—, como su madre.
Los últimos meses de embarazo seguí dando clases. Mis alumnos eran mi refugio, mi fuente de alegría. Manuel siempre se reía cuando le contaba cómo los niños tocaban mi panza y hablaban con el bebé, convencidos de que él los escuchaba.
La llegada de Dylan
Y entonces llegó ese día.
Estaba en plena clase de matemáticas cuando sentí algo extraño. Un dolor sordo, una presión que no había sentido antes. Intenté ignorarlo, pero cuando miré al suelo y vi el charco de líquido transparente, supe que era el momento.
Los niños me miraron con sorpresa.
—¿Maestra, se hizo pipí? —preguntó uno de ellos, haciendo que, por un segundo, olvidara el miedo y soltara una pequeña risa nerviosa.
Fue Alma, mi alumna más pequeña, quien con sus ojitos llenos de inocencia, me sostuvo la mano y me dijo:
—Tranquila, maestra Flor, yo iré a llamar al director.
Y en ese instante, supe que todo estaría bien.
Mientras tanto, Manuel estaba lejos, ayudando a sacar un tractor atascado. Cuando el mensaje le llegó por radio, me imagino su cara, la mezcla de pánico y emoción. Según sus compañeros, dejó todo, y antes de arrancar el auto, bromeó diciendo que si era necesario, iría en la vaca de don Mateo para llegar más rápido.
Cuando finalmente llegó al hospital, su rostro estaba empapado de sudor, pero sus ojos tenían el brillo de alguien que estaba viviendo el momento más importante de su vida.
—Estoy aquí, Flor —me susurró, tomando mi mano—. Todo estará bien.
Tuvieron que hacerme una cesárea de emergencia. Recuerdo el frío de la sala de operaciones, el miedo que se enredaba en mi pecho. Pero luego, un llanto fuerte y decidido rompió el silencio. Y supe que Dylan había llegado al mundo.
Manuel lo sostuvo en brazos, con lágrimas en los ojos. El hombre que no temía al fuego ni al peligro, lloraba como un niño, agradeciendo a la vida por ese milagro.
Después de la cesárea, cuando lo colocaron en mi pecho por primera vez, mi corazón latía tan fuerte que sentí que todo mi cuerpo vibraba. Era tan pequeño, tan frágil… pero al mismo tiempo, tan fuerte. Sus manitas se aferraron a mi dedo, y en ese instante, supe que valía la pena cada lágrima, cada espera, cada sacrificio.
El eco del amor que nunca se apaga
Esta casa, la que Manuel y yo construimos con tanto amor, sigue sintiéndose llena de él. Sus fotos siguen en las paredes, sus camisas en el armario, su esencia impregnada en cada rincón.
Cuando miro a Dylan dormir, sé que tengo una parte de Manuel aquí conmigo. Él vive en la risa de nuestro hijo, en su curiosidad por el mundo, en su forma de aferrarse a mí cuando tiene miedo.
Y entonces lo entiendo: el amor nunca desaparece, solo se transforma.
A veces, en las noches más silenciosas, me sorprendo susurrando su nombre, como si en algún rincón de este mundo aún pudiera escucharme. Me aferro a la idea de que sigue aquí de alguna manera, en el viento que roza las cortinas, en la calidez del sol al amanecer. Es difícil vivir con la ausencia de alguien que era mi todo, pero más difícil sería olvidarlo.
Cuando Dylan balbucea en medio de la noche, cuando se aferra a mí buscando consuelo, sé que Manuel también está ahí, protegiéndonos. Y en esos momentos, aunque el dolor sigue presente, también lo está el amor.