Capítulo Hora de Volver
El invierno había dejado su rastro en el pueblo, como si aún se aferrara a las calles adoquinadas y las casas de techos bajos. El aire tenía esa fragancia a tierra húmeda y leña quemada, un recordatorio de que las estaciones cambian, pero ciertos dolores permanecen.
Al acercarse el primer aniversario de la muerte de Manuel, esa sensación de pérdida flotaba en el ambiente. Flor la sentía en cada esquina, en cada conversación que terminaba con un suspiro, en cada mirada que evitaba la suya por miedo a hacerle recordar. Pero, ¿cómo podía olvidar? El recuerdo de Manuel no era un fantasma en su vida, sino una presencia constante, un amor que aún latía en su pecho.
Dylan, con su risa inocente y sus manitas curiosas, era su salvación. Su pequeño hijo, con esos ojos verdes idénticos a los de su padre, era la razón por la que aún se levantaba cada mañana. A veces, cuando él dormía sobre su pecho, Flor sentía que el universo le recordaba que Manuel nunca se había ido del todo.
El regreso a la escuela
El tiempo había seguido su curso, y con la llegada de un nuevo ciclo escolar, Flor sintió en su interior que era momento de dar un paso adelante. Durante el último año, se había refugiado en su duelo, en el amor de su hijo y en el apoyo de Julia y Ricardo, quienes, con paciencia infinita, la acompañaron en su proceso de sanación.
Pero ahora, sentía que debía recuperar parte de su vida. Y esa parte la esperaba en las aulas, entre niños llenos de sueños y curiosidad, entre pizarras llenas de garabatos y voces que rompían el silencio con risas.
Julia y Ricardo, que habían postergado su jubilación para no dejarla sola, finalmente se retirarían, confiando en que Flor estaba lista para volver. Sin embargo, nadie esperaba que el nuevo director que llegaría al pueblo trajera consigo más que solo cambios administrativos.
Una comunidad que no olvida
El inicio del nuevo año escolar comenzó con una misa en memoria de Manuel. La iglesia estaba llena de flores, velas y miradas cargadas de respeto. El sacerdote habló con palabras de consuelo, recordando la valentía de Manuel, su amor por la vida y su sacrificio.
Luis, Fernando, Pedro y Raúl, los amigos más cercanos de Manuel, estaban allí, con las mandíbulas tensas, cargando un dolor que aún no se disipaba por completo.
Flor, sosteniendo a Dylan en brazos, sintió algo distinto esa noche. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola en su dolor. Manuel no solo había sido su esposo, había sido el héroe de todos, y su memoria seguiría viva en cada uno de ellos.
Esa misma noche, cuando regresó a casa, se acercó a la foto de Manuel y le susurró:
—Nunca dejaré que te olvidemos. Dylan crecerá sabiendo que tu amor siempre nos rodea.
Un nuevo comienzo
El primer día de clases llegó con un aire renovado. Flor se detuvo en la entrada de la escuela y respiró hondo. Había pasado tanto tiempo lejos que por un momento sintió que estaba en un lugar ajeno. Pero en cuanto escuchó las voces de los niños y el murmullo de las maestras, supo que había vuelto a casa.
El nuevo director, Gabriel Ferrer, llegó temprano. Un hombre de porte serio, caminar firme y una mirada que parecía haber visto demasiado.
Las auxiliares susurraban entre ellas, con una mezcla de curiosidad y cautela.
—¿Es verdad que viene con su hija? —preguntó una.
—Eso dicen. Criar a una niña tan pequeña solo no debe ser fácil —respondió otra.
Gabriel entró en la sala, cortando la conversación con su presencia.
—Buenos días. Soy Gabriel Ferrer, el nuevo director. Espero podamos trabajar juntos por el bien de los estudiantes.
Flor, que estaba preparando materiales en su aula, lo observó desde la puerta. Había algo en él… algo en su expresión que la intrigó. Un cansancio profundo en sus ojos, una sombra de tristeza que reconoció de inmediato.
Más tarde, en el recreo, sus caminos se cruzaron. Gabriel estaba revisando unas notas bajo el viejo árbol cuando Flor se acercó con Dylan en brazos.
—¿Director Ferrer? —llamó con amabilidad.
Él levantó la vista, con gesto neutral.
—Dígame.
—Soy Flor, maestra de cuarto grado. Quería darle la bienvenida.
Gabriel la observó un instante antes de esbozar una ligera sonrisa.
—Gracias. Un gusto conocerla.
Flor notó algo en su voz. Una calidez contenida, una barrera invisible que mantenía a los demás a cierta distancia.
—Este es Dylan, mi hijo.
Gabriel inclinó la cabeza y saludó al niño con una sonrisa fugaz. Por un instante, su expresión se suavizó, pero luego, como si recordara algo, volvió a adoptar su semblante serio.
El hombre que llegó con secretos
Esa misma mañana, antes de su primer día en la escuela, Gabriel había conducido por la carretera angosta que lo llevaba al pueblo. El motor de su auto rugía suavemente, pero en su interior, su mente estaba llena de ruido.
A su lado, en el asiento trasero, una caja de herramientas se balanceaba junto a una cuna desarmada. Un oso de peluche de ojos desgastados observaba el camino con la misma nostalgia que él sentía.
Cuando cruzó el cartel de bienvenida, una extraña sensación de deja vú lo invadió. Era como si estuviera regresando a un pasado que no quería recordar.
Se detuvo frente a la escuela y respiró hondo antes de salir del auto. Martín, el encargado de mantenimiento, lo recibió con una mezcla de curiosidad y respeto.
—¿Es usted el nuevo director?
—Sí. Gabriel Ferrer.
Mientras recorría los pasillos, notó las marcas en las baldosas, las cortinas desiguales, los dibujos infantiles en las paredes. Todo tenía un aire familiar.
Cuando llegó a su oficina, dejó una carpeta sobre el escritorio y miró por la ventana. Afuera, el viento agitaba las hojas caídas.
—Quiero preparar una habitación —dijo de repente.
Sonia, una de las auxiliares, lo miró con curiosidad.
—¿Para qué?
Gabriel sostuvo la mirada con firmeza.
—Para mi hija. Llegará el próximo fin de semana. No quiero que crezca en la casa del director. Necesito un espacio donde pueda estar tranquila.
Sonia parpadeó sorprendida.
—Nos encargaremos de eso, director.
Gabriel asintió, agradecido.
Mientras la auxiliar salía de la oficina, él se quedó solo, mirando el reflejo de su rostro en la ventana. No había venido solo a dirigir la escuela. Había venido a empezar de nuevo.
No lo sabía aún, pero en este pueblo encontraría algo que creía perdido.
Esperanza.
Para Gabriel era un nuevo comienzo.
El pasado es un peso que, por más que uno intente soltar, siempre deja su marca. He caminado con él a cuestas durante demasiado tiempo, como una sombra que se niega a desvanecerse. A veces me pregunto si realmente se puede empezar de nuevo, si hay un punto en la vida donde dejamos de mirar atrás y aprendemos a mirar solo hacia adelante.
No busqué este pueblo. No busqué esta escuela, ni esta oportunidad. Pero aquí estoy, con mi hija, con nuestras pocas pertenencias, con más dudas que certezas. No sé si este es el lugar donde debo estar, pero tal vez es el lugar donde necesito estar.
Cuando vi a Flor por primera vez, noté algo en su mirada. Era el reflejo de lo que llevo dentro. Un dolor contenido, un amor que aún vive en los recuerdos, una lucha silenciosa por seguir adelante a pesar de la ausencia. No la conozco, pero sé que entiende lo que significa perder algo que nunca creíste que podrías perder.
Mi hija es lo único que me ancla al presente. Su risa es la única prueba de que aún existe luz en mi mundo. Pero todavía me pregunto si podré darle la vida que merece, si algún día podré ser el padre que necesita sin que mi propia tristeza me consuma.
Hoy estoy aquí, en este pueblo que me observa con curiosidad, en esta escuela que parece atrapada en el tiempo. No sé qué encontraré aquí. Pero por primera vez en mucho tiempo, quiero intentarlo.
Quizás este sea el lugar donde, sin darme cuenta, empiece a encontrar las piezas de mí mismo que creí perdidas para siempre.