—Bueno, papi, tu trabajo es quedarte ahí sentado y ver el espectáculo —susurró Layla, pasando sus delgados dedos suavemente por la parte delantera de sus bragas mientras trazaba el contorno de sus labios vaginales a través de la tela. Mis ojos seguían cada movimiento, alzando la vista hacia el rostro de Layla de vez en cuando; sus hermosos ojos ardían de lujuria mientras se acariciaba, disfrutando de tener toda mi atención.
Layla continuó acariciando su monte de Venus cubierto por las bragas, su respiración se volvió más superficial y pausada mientras sus dedos hacían su magia. Finalmente, apartó la tela húmeda a un lado, pasando su dedo medio por sus labios mojados, recogiendo los jugos pegajosos antes de llevárselo a la boca y succionarlo con ternura.
—Mmm, me encanta saborearme a mí misma, pero es más excitante cuando me saboreas tú, ¿no crees, papi? —bromeó, volviendo a llevar los dedos a su coño, rodeando el tierno botón de su clítoris, dejando escapar un leve jadeo. Verla provocarse y torturarse frente a mí me estaba poniendo tan cachondo que bajé la mano y empecé a desabrocharme el cinturón antes de que Layla me pillara.
—No, papi, no vas a disfrutar de esto. Al menos no de esa manera —habló bruscamente antes de que tuviera la oportunidad de sacar mi pene de mis pantalones.
—Siéntate, papi, o tendrás que explicarle a Jenna por qué me estás viendo follarme delante de ti.
La miré fijamente, pero la amenaza de mi hija me dejó paralizado.
Para entonces, el coño de Layla brillaba con su crema, con la que jugaba, metiendo los dedos en su agujero húmedo y levantándolos lentamente, creando pequeños hilos de fluidos con sus jugos. La observé con asombro mientras movía los dedos dentro y fuera de su coño en forma de corazón, provocándose no solo a sí misma sino también a mí, su público cautivo, mientras su respiración se volvía cada vez más agitada.
Tras una breve pausa, levantó el trasero de la silla y enganchó los dedos en la cinturilla de sus bragas, bajándolas por sus suaves piernas mientras movía las caderas para exhibirse. Con un movimiento rápido, se las quitó de los pies antes de lanzarme la ropa interior empapada. La atrapé sin inmutarme, sintiendo la tela cálida y húmeda entre mis dedos, con la cabeza llena de deseo.
—Adelante, papi, sé que quieres —me animó Layla, con una sonrisa pícara en los labios. Sin apartar la mirada, acerqué la entrepierna húmeda de su tanga a mi nariz, inhalando su aroma femenino y dejando que inundara mis sentidos.
—Qué pervertido de mierda, lamiendo las bragas mojadas de su hija —lo reprendió Layla, metiendo dos dedos profundamente en sus cálidos pliegues mientras sus dedos rodeaban y jugaban con su clítoris, haciéndola jadear y gemir mientras se follaba a sí misma justo delante de mí, su cuerpo temblando con cada nuevo toque y sensación.
—Qué zorrita tan asquerosa, masturbándose delante de su padre —le respondí, mientras mi lengua recorría la entrepierna mojada de sus bragas. Me sentí un poco mejor al saber que estaba sacando algo de esto, aunque no fuera lo que quería—. Debería darte una buena paliza por haber hecho esto.
Mis palabras tuvieron un profundo efecto en Layla, quien añadió un tercer dedo, presionando la palma de su mano contra su dulce coño cada vez más rápido, mientras su otra mano se movía frenéticamente sobre su clítoris completamente hinchado.
—Sí, papi, creo que deberías castigarme. Castígame por ser una putita tan sucia —gimió suavemente Layla, echando la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos por las sensaciones que recorrían sus entrañas. Debo admitir que, por muy enfadado que estuviera antes, no podía apartar la vista del precioso cuerpo de mi hija mientras gemía y se retorcía al borde del orgasmo justo delante de mí.
—Pero soy tu pequeña y sucia hija, papi pervertido, tú hiciste que esto sucediera, maldito pervertido… me follaste tan bien que no puedo dejar de pensar en ello —Las palabras de Layla salieron de su boca con dificultad mientras seguía masturbándose con los dedos, formando un charco de su brillante jugo femenino en el cojín de la silla.
—Creo que te gusta mirarme tanto como a mí me gusta exhibirme para ti, papi —continuó, con el rostro enrojecido y los ojos entrecerrados mientras hablaba de la manera más obscena—. ¿Te gusta ver a tu dulce hijita masturbándose justo delante de ti?
Asentí levemente, hipnotizado por la visión de los dedos de mi hija atacando su coño empapado, los dulces sonidos de su coño mojado resonando en la habitación. Simplemente no podía apartar la vista del dulce coñito de Layla mientras se masturbaba acercándose cada vez más a un orgasmo estremecedor.
—¡Oh, joder, papi, esto se siente tan bien! Voy a correrme, papi. Tu hijita va a correrse aquí mismo y no hay nada que puedas hacer al respecto —anunció desafiante, mirándome fijamente con audacia mientras se deslizaba al borde del éxtasis justo delante de mí.
El miedo a que nos pillaran estaba sin duda presente en mi mente, pero a esas alturas ya no me importaba, mientras observaba a Layla retorciéndose contra la silla, con el orgasmo recorriendo su cuerpo.
—¡Oh, joder, oh joder, oh, joder! —maldijo Layla en voz baja, sus pies temblaban contra mi escritorio, sus muslos se apretaban alrededor de su mano, metiendo sus dedos profundamente dentro de su coño espasmódico.
Ver a mi hija en pleno orgasmo hizo que mi pene eyaculara líquido preseminal en mis pantalones mientras la observaba retorcerse y temblar a través de las diversas sensaciones que recorrían su cuerpo, con una expresión de lujuria contorsionada en su rostro, desplomándose hacia atrás en su silla mientras las pulsaciones disminuían lentamente.
Durante un buen rato, se quedó allí tumbada, jadeando y sin aliento, intentando recuperar el aliento, tomándose su tiempo para volver a la realidad mientras me miraba con la sonrisa más diabólica que jamás le había visto.
—¡Joder, qué intenso! —exclamó finalmente, con el pecho aún agitado por el ejercicio. Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra, y mucho menos de formar una frase coherente. Acababa de ver a mi preciosa hija, esa mocosa insoportable, masturbándose hasta el cansancio en mi oficina, nada menos, y aunque me molestaba su actitud, había sido todo un espectáculo. Mi polla seguía goteando a chorros y me propuse ir al baño a limpiarme después de que se fuera.
Como si lo hubiera invocado, Layla se puso de pie lentamente, con cierta inestabilidad, alisándose el vestido lo mejor que pudo antes de volverse hacia mí y señalar las bragas que aún sostenía en la mano.
—¿Me las vas a devolver o quieres probar un poco más antes de que me vaya? —preguntó con una sonrisa burlona. Dudé entre devolverle las bragas sucias o quedármelas para otra sesión de masturbación más tarde, pero finalmente cedí y se las devolví. Mi hija se dio la vuelta y se inclinó provocativamente, meneando su lindo culito para mí, mientras el vestido de cóctel se subía de nuevo por sus muslos dejando al descubierto la parte inferior de sus nalgas. Al ponerse las bragas, noté el familiar brillo del tapón anal plateado encajado en su raja del culo.
—¿Todavía llevas eso puesto, eh? —comenté, señalando su juguete.
—Sí, este viejo pervertido con el que estoy saliendo quiere que lo haga. Algo sobre quitarme la virginidad anal, pero me estoy cansando de esperar —respondió Layla con coquetería.
—Bueno, ya sabes lo que dicen sobre la paciencia.
—Nunca soy paciente, papi, deberías saberlo —ronroneó Layla, volviéndose hacia mí y plantándome un beso cálido y húmedo en los labios antes de escabullirse y salir por la puerta, casi chocando con Jenna, que entró en mi oficina con una expresión extraña en el rostro mientras olfateaba el aire.
—¿Hueles eso? —empezó Jenna, aún inhalando por la nariz—. ¡Huele a… a… sexo!