Los ojos del felino

1191 Words
El sol apuntaba a los dorados cabellos de Yago; este aún no despertaba. En el suelo, con una almohada debajo de su cabeza y una frazada cubriendo su cuerpo, retozaba tranquilo; Margo estaba sentada sobre el mismo suelo, cambiando las telas calientes por húmedas y frías. No había dormido durante toda la noche; le intrigaban tantas cosas que su cabeza no la dejaba cerrar los ojos. Cuando lo intentaba, la imagen de Yago en el callejón cubriendo su rostro con la sangre de lo que suponía propia, la hacía espabilarse enseguida. El silencio los acompañaba en una nube espesa de incertidumbre. Yago respiraba con profundidad, y ella solo era capaz de pensar, en qué clase de hombre podía dormir de esa manera después de haber sido herido. La fiebre no cesaba y, a pesar de ello, parecía estar conectado con la calma que el sueño le proporcionaba. Los rayos del sol iluminaron su piel; un brillo intenso reflejaba unas facciones duras y hermosas al mismo tiempo. Aun con los ojos cerrados, su estructura parecía desafiar a quien se atreviera a estar cerca, tan cerca como lo estaba Margo. Tocó la tela sobre su frente; esta se había impregnado del calor que Yago aún desprendía. Su pulgar tocó su frente y la sensación la hizo retroceder enseguida, como cuando tocas algo que sabes que te hará daño. Y no, no era la temperatura de Yago; era el recuerdo de aquella sensación que había experimentado en la noche que lo conoció. —¿Quién eres? —con la voz áspera y fiera, preguntó. Sus ojos se abrían con dificultad, como si hubiera estado en la penumbra de algún lugar por varias semanas. —Soy Margo —respondió ella con un sutil sonido que parecía más una nota tocada por un violín. Ella acercó su mano, intentó tomar la tela y la mano de Yago la detuvo enseguida; aquel roce eléctrico apareció de nuevo. Yago frunció el entrecejo, abrió sus ojos por completo y soltó a Margo como si la piel le quemara, como si hubiera sostenido un hierro caliente. De alguna forma intentó levantarse, pero el dolor fulminante en su hombro lo hizo retroceder. Un gemido, venido de un grito apagado, palideció su piel, sus labios, y agrietó su frente. —Mierda —gruñó, y entonces se percató del vendaje en su hombro. Sus cabellos estaban relamidos; su camisa seguía teñida con el color rojizo de la sangre. Margo vio sus ojos, felinos, aguerridos y sombríos, que al mismo tiempo resaltaban con luz propia en dos manchas tenues de un gris perfecto. —Creo que eres buena para esto —indicó mientras miraba hacia el techo. —Y tú eres bueno para sobrevivir —instó con una leve sonrisa. Era como si no importara la delicadeza de la escena; Margo había ayudado a un completo desconocido en medio de la oscura noche, sin hacer preguntas, esperando respuestas que no estaba segura de soportar. Pero era claro: Yago no era un hombre bueno, o al menos eso pensaba; después de todo, los hechos podrían probarlo. —Esto no es nada —indicó él, bufando, como si recordar le pesara. —No solo te dispararon, la traición también puede ser hiriente —replicó. Había escuchado de la voz del felino esa declaración: “algún hijo de puta lo había traicionado”, y no había mucho que analizar. Era casi un hecho que esa traición le tenía ahí, sobre el suelo con fiebre, en el departamento de una desconocida que jugaba a ser una salvadora. Yago guardó silencio, no había forma de replicar aquella declaración. Todo era cierto y desmentir sus palabras parecía un sinsentido en ese instante. —¿Por qué no llamaste a la policía? —preguntó mientras buscaba su mirada. Atemorizada y con esfuerzo sostuvo la mirada, sus labios carnosos se sellaron en un gesto sensual, uno que Yago no pudo evitar percibir. Ella hubiera querido responder: “Porque los hombres buenos no son heridos con un arma”, pero su corazón parecía retorcerse dentro de su pecho, palpitante y febril, como la frente de Yago. —Porque un hombre que pide vodka estando en tus condiciones no le teme a muchas cosas. —¿Tienes algo de vodka? —sus labios se curvaron y sus dientes blancos reflejaron la luz del sol. Margo se puso de pie sin decir palabras. Fue hasta un gabinete que estaba detrás de los sillones, abrió una puerta pequeña, movió un par de botellas y mostró aquel pedimento. —Eres una chica salvaje —replicó. —El vodka no te hace salvaje, querer tomar un poco antes de desmayarte, sí —. Margo, ese es tu nombre. —Margo Vane, ese es mi nombre, Yago Lancaster —replicó, y los ojos felinos de Yago sonrieron igual que lo hacían sus labios rojizos. Quizá el vodka había hecho su parte, quizá las compresas frías o quizá la calma que se respiraba en el departamento. Yago durmió durante casi el resto del día. Margo había recogido algunas de sus ropas de su habitación, había limpiado la cocina y, de vez en cuando, miraba fijamente a su huésped; este ya no estaba sobre el suelo, ahora dormía sobre el sofá n***o de cuero. La fiebre había bajado y los pálpitos del corazón de Margo también. Estaba exhausta; sus ojos la delataban. No había pegado el ojo durante toda la noche y tampoco en el día. No estaba segura de hacerlo y, aunque sentía una extraña confianza hacia Yago, la voz en su cabeza la reprendía. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿Debería pedirle que se vaya? ¿O debería dejar que duerma hasta que se sienta mejor? Una y otra vez se preguntaba lo mismo, y una y otra vez se respondía de la misma forma: “Margo, en qué lío te has metido”. —Si me miras de esa forma, voy a creer que el peligro aún me acecha. Su voz estrujó su pecho. Estaba de pie, inerte, mirándole fijamente con las manos entrelazadas sosteniendo una taza de café. —Lo siento, pero… —Tienes razón, soy un tipo extraño que apenas puede ponerse de pie, tendido en tu sofá —se incorporó con esfuerzo, como si el peso de su cuerpo fuera del doble. Llevó su mano hasta su hombro y luego clavó esa mirada felina Ya no había rabia en sus ojos; de voz serena pero poderosa, resopló. —Sé que esto es extraño, pero déjame aquí una noche más; mañana no volverás a saber de mí. El pecho de Margo se estrujó; sintió como si un vacío se formara en su estómago. Ya tenía una respuesta a sus preguntas, ya sabía lo que el tipo de mirada gris necesitaba y ella estaba dispuesta a dárselo. —De acuerdo, pero tengo una condición. ¿Cuál? —En vez de vodka, come lo que preparé —con clase y de forma delicada, Margo sonrió, y Yago entonces cerró los ojos y la imagen de la dulce joven se clavó en lo más profundo de su ser, aunque este aún no lo comprendía.
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