Neblina que apenas lograba disiparse con el halo que salía de sus labios, después de una intensa lluvia, que no había parado durante toda la noche, mostraba un Londres enigmático, de calles antiguas que lograban mantenerse en la actualidad, las luces de las esquinas, dispuestas a alumbrar con sumisión, y una puerta de cristal con un letrero: “Café Vane”.
Margo empujó la puerta; dentro, su mejor empleado y varios comensales la miraron como si jamás hubieran visto a una mujer, como si su presencia fuera una aparición, como si lo menos improbable fuera parte de una serie de acontecimientos extraños.
—Jefa, pensé que hoy tampoco la vería —mencionó Danel, un atractivo joven de cabellos crespos, rubio y de ojos color miel, que en general pasaba por un tipo atractivo. Muy joven, de alrededor de veintidós años, los mismos años que Margo tenía.
—Ya te he dicho que no me digas “jefa”, solo Margo. Sí, lo siento, es la costumbre —.
Danel había pedido trabajo apenas dos meses atrás; era un barista por excelencia, casi de forma instintiva. Sus padres habían muerto en una lucha entre bandos enemigos de un barrio muy desafortunado; sin tener más que solo dolor en su pecho, siguió con su camino, y eso implicaba ganarse la vida para sobrevivir. A pesar del hecho, seguía manteniendo un corazón noble y un carisma entrañable.
—Margo, los insumos están por terminarse, yo creo que solo hoy y después estaremos negando nuestros especiales. Mañana puedes ir de compras, te dejaré todo listo —dijo y, con una sonrisa natural llena de clase, una que era difícil de encontrar en esos rumbos, contagió a Danel.
Margo entró al área restringida de la cafetería, buscó un mandil para ponerse, y cuando intentó amarrar los cordones detrás de su cadera, cerró los ojos por un momento, y la imagen de Yago invadió su pensamiento por completo. —Yago Lancaster —susurró, seguido de un pequeño suspiro, que Margo sintió odioso. Y no era para menos; la idea de pensar en aquel hombre rayaba en lo absurdo. Sí, se había convertido en su heroína, pero ella sentía que eso no le daba el derecho de pensar en él como ya lo hacía, pero una y otra vez la sensación que su piel le producía le agobiaba de una forma extraña. Odiosa.
Margo se había puesto de pie muy temprano; aunque durante varias horas durante la noche no había logrado conciliar el sueño, este la había vencido. Ella se habría resistido por mera cautela, pues a pesar de todo, Yago seguía siendo un hombre extraño, uno que no solo era un desconocido, sino uno que había sido herido, que no había sino experimentado fiebre en su sofá por más de veinticuatro horas, y sí, dos momentos importantes del encuentro eran los que más la hacían dudar.
Había escuchado de su propia ronca voz que alguien le traicionó y, no solo eso, rehusarse a que llamara a la policía era lo que más inquietaba a Margo. No era tonta, quizá solo reservada; sus actos eran propios de alguien de un corazón puro, por esa razón se había atrevido a ayudarlo, pero después de que la adrenalina se disipaba, sus pensamientos más lógicos le intentaban gritar que debía sacarlo de su departamento.
Por la mañana Margo se dio una ducha con la sensación de quizá ser observada; pasó lo mismo cuando se cubrió con una blusa blanca, una chaqueta de cuero en color n***o y unos jeans ajustados. De nuevo la sensación apareció cuando al fin tomó su bolso, colocó dentro un poco de dinero y se colocó una boina en sus cabellos castaños oscuros, que cubrían su piel blanca.
Salió de su habitación y, para su sorpresa, Yago no estaba en el sofá. Tontamente lo buscó con la mirada a la distancia, fue hasta la cocina y hasta volvió dentro de su habitación. Dijo su nombre un par de veces y no fue hasta que, sobre la mesa, vio algo que brillaba con la escasa luz que entraba por su ventana. No fue hasta ese momento que comprendió que Yago había cumplido con su promesa de irse por la mañana. ¿A dónde habría ido? ¿Cómo había conseguido salir sin que ella se diera cuenta? Y sobre todo, ¿estaría a salvo?
Se mordía el labio inferior por el simple hecho de preocuparse de un extraño; atractivo, sí; enorme, por supuesto; pero sobre todo, enigmático.
Danel entró buscando filtros para el café y eso sacó de aquel trance a Margo. Recogió su cabello detrás de una de sus pequeñas orejas y, con esfuerzo, el resto del día intentó olvidar lo ocurrido. En algún momento, los clientes, el ajetreo, un par de cafés derramados y las bromas de Danel disiparon su mente.
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Yago salió de aquel departamento que había significado su salvación, y no era que aquella herida pudiera matarlo, era el hecho de saber que su vida no estaba puesta por la suerte sino por la astucia. De haberse quedado en aquel sitio, en ese rincón entre bolsas de basura, habría bastado esperar que sus enemigos quisieran asegurarse de que en verdad estaba muerto.
Una camioneta negra se puso frente a la acera; la puerta trasera se abrió sin que nada ni nadie se reflejara detrás de los espejos. Yago subió y levantó la mirada hacia el edificio; una sonrisa agria y un gracias omitido lo hicieron cerrar la puerta.
Entre calles vacías, lluvia intensa que rebotaba en los muros, en los charcos, en los vidrios y sobre la camioneta, la dirección de Yago encontró su destino.
—Mierda, Yago, por fin estás a salvo —dijo Levi.
El mejor amigo de Yago le abría los brazos tan solo para recibirlo.
—Ese hijo de puta me tendió una trampa, ese hijo de puta está muerto —las palabras de Yago se sintieron como una sentencia; si hubiera caído un rayo en ese momento, habría sido mucho más intenso su gruñido.
—Vamos adentro, tomemos algo —dijo Levi. Este era un tipo de negocios muy reconocido en la élite, igual que lo era Yago. Ambos venían de familias exquisitas y, aunque sus caminos eran distintos, la vida, los juicios, el dinero y tal vez solo el destino los mantenía unidos. Levi Wilson era un tipo de una pinta intachable: afeitado, con el cabello castaño, ojos marrones claros y de una altura similar a la de Yago, pero a diferencia de éste, con un semblante más afable, sin tanta rudeza, quizá un poco más libertino, quizá un tanto más alegre.
—No puedo volver a mi mansión si no tengo la seguridad de quién me es fiel y quien merece una bala —bebió largo, haciendo una mueca al final.
—Yago, de verdad que no lo puedo creer; es decir, ese idiota parecía ser leal. Para ser honesto, por momentos sentía que era más tu amigo que yo —dijo Levi.
—No, nunca lo fue y lo sabía, pero cometí un error; me dejé convencer de su buen trabajo. Durante varios años solo se dedicó a complacerme y eso me hizo pensar distinto. Qué mierda importa ahora; él era amigo de mi padre, ahora entiendo por qué el viejo está muerto. Pero no estoy de humor para charlar sobre eso. ¿A qué hora llegará mi encargo? —preguntó altivo, con esos ojos que en momentos parecían solemnes y de un instante a otro se convertían en dos enormes imposiciones llenas de odio.
–Ya no tardan —replicó Levi.
—De acuerdo, solo debo decirte que lamento tener que haber recurrido a ti; fue tan estúpido terminar en un callejón, pero eso no pasará nunca más. Ese maldito no está solo, mis enemigos son muchos y, a partir de este momento, solo me dedicaré a una cosa: voy a limpiar Londres y te advierto de una vez que nuestros negocios tendrán que aumentar. Ya no necesito gente leal; solo necesito gente que cobre bien y que esté dispuesta a seguir mis órdenes.
—Tú no cambias, Yago —Levi bajó la mirada, con los codos encajados en sus rodillas.
—No, sí lo hice, y ahora estoy aquí, metido en un absurdo de mierda.
—¿Cómo fue que pasaste la noche en ese lugar? —preguntó; lo hizo para tratar de sacar de aquella rabia a su mejor amigo. Conocía sus negocios, ambos se servían de estos, pero eso no implicaba que Levi fuera tan insensato para enterarse de todos y cada uno de los pasos de Yago Lancaster.
Una mujer, una tan especial, tan… quiso decir halagos por montones, pero prefirió callar. Algo en su pecho comenzó a quemarlo; era como si entendiera que de nada servía decir al aire aquello que en ese momento reconocía de Margo; no, si ella no estaba mirando sus ojos.
—Señor, aquí está un hombre que busca al señor Lancaster —dijo una empleada de Levi.
—Hazlo pasar —ordenó Levi. —Señor, estoy listo.
Yago hizo una mueca, bebió el resto de su trago, se puso de pie con algo de esfuerzo; el dolor en su hombro se esparció por su pecho y luego hasta su cuello. Pero con firmeza lo ocultó detrás de sus mandíbulas, que en ese instante se tensaban.
—¿Saben tus hombres lo que tienen que hacer, tú sabes lo que tienes que hacer? —mencionó. —Sí, señor.
–Vamos, que esta noche quiero dormir en mi cama. Levi, antes de irme necesito que —Yago se detuvo, calló. —¿Qué haces aquí? —se dirigió al hombre de cabello largo, vestido de n***o, que cruzaba sus manos delante de su abdomen.
—Lo siento, señor, lo espero afuera con mis hombres —dijo y salió de la habitación. Levi sonrió ladeando la cabeza; era como si, a pesar de todo, le resultara gracioso esa peculiar forma de ser de su amigo.
—Levi, ve a aquel departamento en donde me recogió tu chofer y asegúrate de que ella reciba lo acordado —Yago tocó el hombro de Levi; este lo miró fijo a los ojos. Con un par de palmadas, esas que solo se dan los hombres que no necesitan de palabras para demostrarse afecto.
Yago salió de la mansión de Levi, subió a una camioneta y el tipo de cabello largo le dio un arma.
—No es mi chica, pero servirá por ahora. Acelera —ordenó. Las llantas chillaron en el pavimento, y seis camionetas y dos autos le siguieron a toda velocidad.
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Margo suspiró profundo; al fin el día había terminado. Danel ponía los seguros mientras ella ajustaba su chaqueta de cuero, alisándola.
—Jefa, de verdad ¿no quieres ir por un trago? —dijo con insistencia aletargada.
—Danel, me llamo Margo, y no, estoy cansada —dio la vuelta después de una sonrisa cálida. Caminó entre las calles y, cuando levantó la mirada de forma instintiva, supo que estaba frente al edificio de su departamento. Miró el callejón desde el otro lado de la acera y Yago volvió a sus pensamientos.
Caminó por el pasillo; un hombre alto y bien parecido recargaba su peso sobre el muro.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó con temor.
—Usted debe ser Margo Vane —dijo el hombre de ojos marrones.
—No me gusta que mi nombre esté en boca de gente que no conozco. ¿Qué quiere? —dijo Margo altiva, con el mentón erguido y los labios trabados al igual que su quijada.
—Solo vengo a entregarle esto, es un pequeño presente de agradecimiento —dijo el hombre atractivo. Se puso de cuclillas, abrió una maleta y, dentro, varios fajos de dinero se asomaban como ratas atrapadas en un baúl. Margo abrió los ojos y sintió como un escalofrío recorría su piel. De prisa miró para ambos lados, inútilmente, pues sabía que en ese sitio no había nadie más que ella y el tipo extraño.
—¿Está loco?
—Quizá un poco, pero no soy yo el que quiere darle esto; se lo manda Yago Lancaster —Margo palideció, incluso sintió como su boca se quedaba sin humedad. Sus manos sintieron pequeños piquetes de electricidad que, más que espabilar, la hacían sentir extraña.
—Acaso usted es su mensajero. —No, para nada; en realidad solo le hago un favor. Yago considera que debe pagar sus deudas, y usted es una deuda que él no está dispuesto a olvidar.
—Llévate tu maleta —sintió como el calor recorría ahora su cuerpo, desplazando el temor que había sentido en un principio.
—¿Está segura? Yo no soy un tipo al que le guste rogar —dijo Levi.
—No te conozco, no conozco a ese tal Yago y no necesito dinero; lo único que necesito es que desaparezcas —Levi levantó la mirada, cerró la maleta, la tomó en sus manos y, en un ligero susurro, dijo: —Ahora entiendo a Yago.
Sin decir nada, le dio la espalda a Margo y el umbral del pasillo se encargó de difuminar su silueta.
Margo entró a su departamento aún con un nudo en la garganta. Corrió hasta la sala de estar, se sentó sobre el sofá, y eso que había brillado en sus ojos aquella mañana seguía sobre la mesa de estar. Un anillo con un tigre alargado, uniendo su cola con su hocico, y una inscripción: “Carpe Diem”.
—Eres un idiota, con ojos hermosos, pero un idiota.