La noche cayó por completo, sumiendo los pensamientos de Margo en un sinfín de imposibles realidades. No fue hasta que el despertador llenó la habitación de un ruido absurdo, que Margo abrió los ojos, miró por la ventana y supo que ese día, al igual que el anterior, sería un día lluvioso, y no solo eso, sería un día más con aquella zozobra que cargaba en el pecho. La idílica sensación de conocer a Yago y después sentir su ausencia, la convertía en una mujer que no le gustaba ser: huraña, intensa, agria en sus gestos y sobre todo en sus acciones.
Café fresco de excelente aroma, la lluvia sobre los ventanales de su departamento, la neblina entorpeciendo la vista más allá de sus narices, dejando solo pasar un poco de la luz que ante aquella espesura parecía débil, acompañaron a Margo durante toda la mañana. El silencio robado por el borboteo plantado en la ciudad a causa de la tormenta cambió sus planes. Había pensado en salir temprano, en ayudar a Danel con la cafetería; esa semana no había sido muy buena, el negocio parecía estable pero eso no significaba que ella hubiera hecho mucho. En gran parte Danel era ese hombre que había aprendido a resolver las cosas sin la presencia de la “jefa”.
Más tarde, alrededor de las siete de la noche, la lluvia desapareció; solo un aire frío y sereno se esparcía por las calles londinenses. Unos jeans negros ajustados, su chaqueta de cuero y el cabello recogido, con botas negras altas, vestían el delicado y pequeño cuerpo de Margo. Con cada paso que daba, la sensación de algo extraño recorría su cuerpo; no sabía qué era, no lo entendía y tampoco estaba dispuesta a buscar en el fondo de sus emociones la respuesta a: ¿por qué me siento así?
La luz de las farolas y la cafetería misma iluminaron su rostro. Una mujer hermosa, de mejillas rosadas, con labios de fuego, cabello castaño oscuro, ondulado natural, pechos firmes y un cuerpo de diosa, se reflejó en una de las ventanas. Margo miró su reflejo y luego a Danel. Él sonreía con un par de clientes. Siempre le había gustado verlo desde la lejanía, lo sentía más natural, con menos tensión; era un chico que a cada movimiento deseaba ser aprobado, pues temía perder un empleo que le encantaba y, no solo eso, sino que era el único combustible que aún lo mantenía con vida; en esa vida desgraciada por la muerte de sus padres.
Me hubiera gustado ser más como él.
Margo era especial, tenía un cuerpo delicioso, unos ojos marrón tan expresivos como los atardeceres a la orilla del mar y una sonrisa eclipsante, pero siempre dura, siempre intensa, siempre insufrible.
Dio un paso, pensó en que era tiempo de entrar. Ya estaba escuchando las palabras de Danel: “Jefa, al fin está aquí”, “Necesitamos más insumos”, lo regular en su día a día.
Su mano destelló electricidad, su cuerpo se giró de prisa y sus labios se apretaron enmudeciendo.
—Jamás imaginé que tú trabajarías en un lugar como este —la voz ronca, los hoyuelos en sus mejillas, los ojos felinos y la maldita sonrisa la hicieron casi perder el equilibrio.
—¿Yago? —preguntó, tontamente, sí, pero, ¿qué opciones tenía? Estaba sorprendida de su presencia.
—Creo que ese es mi nombre —dijo éste mientras su lengua salía por una de sus comisuras de forma inquietante, como animal que está a punto de devorar a su presa. Era tan alto como ella lo recordaba, pero distinto al mismo tiempo; ya no tenía sangre en su piel ni en sus ropas, su cabello lucía impecable, su barba alineada y sus hoyuelos, en su barba amarilla, sumían sus mejillas, encajando aún más el perfil de sus mandíbulas. Parecía esculpido por alguien muy maldito, alguien que tenía la intención de adormecer los sentidos despertando la lujuria a quien le mirase.
—¿Qué haces aquí?, ¿Cómo supiste que...? —preguntó y de inmediato se sintió estúpida; la noche anterior había descifrado quién era Yago. No, no en realidad, pero sí había afirmado en sus pensamientos posibles estigmas. ¿Será un político corrupto, será un maldito engreído forrado en billetes, será un gánster de medio pelo, será un simple hombre con dinero y una pinta de algo que no es en realidad, o solo será una maldita aparición? No sé qué seas, pero algo de esto tienes que...
—Levi me dijo que no aceptaste el dinero que te ofrecí, así que vine personalmente a entregarlo —mostró la maleta, la misma o quizá una muy parecida.Margo la vio y supo lo que contenía, no tuvo ni siquiera que ver dentro.
Sus ojos se desencajaron al igual que su semblante. Era extraño, sí, todo había sido extraño; en todo caso desde el principio, pero aun así no dejaba de ser singular. Era verdad que ella lo había ayudado, que le había brindado algo más que un teléfono y un poco de vodka, pero aun así no consideraba ser recompensada de esa manera. Por otro lado, lo había hecho con genuina intención de solo ayudar, y que un hombre como Yago se aferrara a recompensarla con dinero no estaba en la línea de la ofensa; era más bien un gesto simple de algo que un hombre como él estaba acostumbrado a hacer, como si hubiera crecido de esa forma, creyendo que el dinero pagaba cualquier favor y, hasta ese momento, nunca había estado equivocado.
—No necesito esa maleta, ni lo que contiene, tampoco necesito que me abordes con sorpresa por la espalda; créeme, es algo que la mayoría de las chicas odiamos. —Lo siento, no quise asustarte y tampoco quiero que te ofendas. No me interesa si eres pobre o rica, no me interesa si tienes necesidad alguna a causa del dinero. Lo entiendo, es posible que creas que lo pienso, pero te prometo que mi intención es simple. Tú me hiciste un favor y yo quiero pagar por ello. —Tantas palabras, tantas confesiones sinceras, y solo los ojos de color aperlado parecían tomar la atención de Margo.
Un silencio, una interpretación y un nuevo intento.
—Trabajas aquí, ¿no es así? —preguntó mientras que con sus cejas,sus pestañas y sus felinos ojos señalaba el café. El brillo de la luz ámbar dibujaba ciertas sombras en su rostro que le agregaban un toque aún más intenso a sus pómulos y a sus labios.
Margo levantó la mano y mostró el letrero de la entrada.
—Entiendo, parece que Levi no me contó todo —dijo casi en un susurro, pero tan fuerte como para que Margo abriera aún más los ojos y la boca.
—¿Me estás espiando? —preguntó con acidez, quizá un poco molesta, asombrada, e incluso acomplejada.
¿Cuánto tiempo la habrían seguido? ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué no se había dado cuenta?
—No es así, es solo que… yo soy un hombre que necesita conocer a la gente que lo rodea y…
—Yo no te rodeo, no soy parte de tu mundo —dijo. Margo entendió algo en ese momento; no era un banquero, no un político, y tampoco era un hombre rico simplemente. “Me traicionó”, aquellas palabras volvieron a su cabeza.
Él es… un…
—Lo sé, solo fue una expresión. Sé cómo te sientes y sé por qué de pronto todo parece tan extraño, pero de donde yo vengo las cosas se pagan de esta manera, o... —calló.
—Yago —la voz de Margo lo hizo respirar profundo.
—Gracias, pero no es necesario. Me da gusto verte, pareces otro, yo... —dijo ella. Las palabras se acabaron, sus labios no supieron decir nada más.
—Tú también eres muy linda. —¿Arrogancia?
—Margo, solo vine a decirte que. Para ser honesto, no debería estar aquí, pero tú… bueno, es decir, prometí que no me verías de nuevo, y era cierto, hasta que no aceptaste esto. —Levantó la maleta. Margo miró a su alrededor; una camioneta negra estaba al final de la calle y otra más al otro lado de la acera. Intuyó, mas no comprobó, ¿porque estaban ahí?
—¿Un café? —Con una dulce sonrisa que al mismo instante desafiaba, ella preguntó. Su pecho comenzó a agitarse; ella no entendía la naturaleza de su invitación, en ese instante se desconocía.
—Sí, me encantará. —Yago sonrió, apretó seguido los labios y, con una mano, le indicó a Margo que debía seguir.
Caminaron uno detrás del otro. Aquella aura que desprendían ambos, levantó las miradas de las mesas. Danel arqueó las cejas y de prisa salió detrás de la barra.
—“Jefa”, ¿qué van a beber? —Margo lanzó una mirada que reprobaba la forma en la que la había llamado, y Yago sonrió al notar lo incómoda que ella se sentía en ese momento, pero evitó ser visto, apagó la mueca y puso la palma en la mesa.
—Café. —
—Yo quiero algo más dulce, un latte —dijo él.
—Enseguida, y lo siento “jefa”, es decir, lo siento Margo… yo.
—Así que sí es tu cafetería. Sabes, tienes ese toque. No culpes al muchacho por llamarte jefa.
—No lo culpo, no me agrada.
—Es por tu mirada, es por tu altivez. —Con ironía, quizá con verdad, soltó aquellas palabras que hicieron achinar la piel de Margo.
—Bueno, tú eres experto en eso. Para ser honesta, ahora que estás frente a mí, no tienes nada del hombre de la otra noche, eres… —quiso decir fuerte, arrogante, intenso, felino y hasta pareces un tipo cruel.
Pero los cafés llegaron enseguida; con aquella ironía: café n***o para la dulce Margo y un latte espumoso para el imponente Yago.
Sumergidos en un juego de miradas que parecían decir mil cosas sin sonar palabras, un par de tragos y una espesa atracción que salía de sus poros. La luz tenue del lugar, la música ligera, el golpeteo de los cristales sobre la madera, un par de risas a su alrededor, el vapor de agua que era provocado por Danel y la intención de no decir nada, como si jugaran a un juego donde el primero que hablara perdía, como si fuera parte del trato tácito que ambos tenían al aceptar tomar café.
Yago la miró con cautela, por debajo de sus cejas, como si intentara ocultarse detrás de sí mismo. Algo de ella le parecía exquisito, y no era solo su belleza; era algo más profundo, algo enigmático, algo que le hacía preguntarse: ¿qué hacía un tipo como él sentado en un sitio cualquiera?, ¿qué hacía intentando parecer un tipo común?
Quizá ese era el encanto de la noche, o de lo que Margo era capaz de regalarle más allá de la ayuda, más allá de la obviedad de su encuentro: la paz, la cotidianidad, la simpleza.
—¿Por qué no aceptas mi regalo? —dijo él, mientras limpiaba las comisuras de sus carnosos labios.
—No necesito el dinero, no te ayudé a cambio de algo —replicó enseguida; el juego había terminado y las declaraciones parecían necesarias.
—De todas formas quiero que lo aceptes; de no ser así, me sentiré en deuda —dijo.
—¿Qué tan malo puede ser eso?
Un gruñido por parte de él.
—Es la única forma en la que me sentiré tranquilo y te dejaré en paz —mintió.
—Y si pruebas con un "gracias" —dijo bebiendo el resto del café amargo.
—Mhm.
Un estruendo apagó sus ojos brillantes. Fuego comenzó a salir alrededor de los ventanales, luego una explosión. Margo se agachó con instinto, levantó la mirada y Danel hizo lo mismo; todos comenzaron a gritar y replegarse. Un tono prolongado en los oídos de Margo parecía recorrer de oído a oído, y luego ella; a gatas, levantó la mirada de nuevo. Un disparo seco, los vidrios de la puerta cayeron en pedazos, otro tiro más y luego un sinfín de estos.
—¡Margo, detrás de mí!
Con fiereza, con hombría y con una maldita y atractiva actitud que en ese instante no sabía cómo procesar. Margo miró a Yago; este tenía un arma en la mano, disparaba y caminaba uno o dos pasos y, de nuevo, cambió el cartucho.
—¡Vamos, qué esperas, detrás de la barra! —ordenó sin endulzar su voz; ni siquiera lo intentó. Margo corrió en cuclillas.
—Margo, ¿qué pasa? —dijo Danel, quien la encontró al abrir la portezuela de la barra.
—Oye, tú, ¿hay otra salida? —preguntó Yago a Danel, que cubría su cabeza. —Sí, por aquí —replicó Danel.
—Síganme.
Otro disparo, el fuego se incrementó, la gente saltó por las ventanas rotas, otros estaban detrás de la barra. Danel se puso de pie, abrió la puerta del área restringida; varios le siguieron. Margo esperó a Yago.
—Vamos, linda, muévete —ordenó de nuevo. Ella solo lo observó y sintió terror, era como si al fin entendiera aquellos ojos, era como si en ese instante supiera porqué Yago había sido herido, y ya no hubo más preguntas.
Él es un hombre peligroso.