Todo pasaba tan rápido frente a sus ojos; tiros, vidrios volando, gritos, las llamas elevándose, como muros, que reemplazan el espacio donde minutos atrás había cristales, y a pesar de eso, Margo miraba a Yago, apartado de aquella escena. Era tan intensa su mirada, que sentía que algo era distinto, un sesgo en su frente, cerca de sus cejas, unas mandíbulas tensas, y una piel tersa, y vibrante, goteando de sudor.
—Margo —dijo de cuclillas aún detrás de la barra—, me pondré de pie, solo tengo dos disparos. —Margo miró el color del arma, y a Yago al mismo tiempo—. Cuando dé el primer tiro corre, corre y no mires atrás, busca a ese chico, y si hay forma de salir, corre.
Estaba claro, la vida de todos en ese sitio corría peligro, pero el único con un arma era Yago. No había tiempo para preguntar ¿por qué tenía una?; sólo parecía haber una oportunidad. Margo asintió con la cabeza. De forma casi inmediata, Yago la miró por un momento, un gesto extraño se formó en sus labios y entonces actuó: se puso de pie con firmeza, estiró el brazo, miró como felino a punto de atacar, y disparó. Margo corrió, entró al área restringida de la cafetería; Danel, en ese instante, se encargaba de ayudar a todos conduciéndolos a la salida, y entonces, la miró a los ojos, sin decir nada supo que ahora era turno de ella. Un segundo disparo. Margo intuyó que se trataba de Yago.
Con los pies en la calle, del callejón, Margo se detuvo, Danel siguió detrás de ella.
—¡Hijo de puta! —gritaron dentro. Luego vino una ráfaga de disparos, y una explosión que movió el suelo, una nube se levantó entre la lluvia, y la neblina que se hacía más intensa. Margo abrió los ojos mientras Danel la jalaba contra su voluntad.
—Jefa, vámonos; jefa, de prisa —suplicaba.
Ella se sentía como si estuviera dentro de una habitación sin puertas ni ventanas. Yago le acababa de salvar la vida, pero la explosión, la cimbra del suelo, y la nube que asfixiaba el aire, se sentían como una tormenta en su pecho. ¿Estaría muerto?, ¿herido?, o de alguna forma llegaría un milagro para ese hombre. Margo fue hasta la esquina; Danel aún la llevaba a tirones. Con la mirada fija, y el pecho a punto de explotar, pasaron frente a ella, como en una estampida, al menos seis hombres, todos vestidos de n***o con armas largas y cortas, de expresiones intensas. Golpearon la puerta.
—No —dijo con un hueco que crecía dentro de su estómago. Y luego, entonces, la silueta inconfundible de Yago apareció entre escombros y hombres entrando. La nube intensa otorgaba una estela de luz especial a su fuerte y varonil apariencia, como una aparición, como un héroe que ha conseguido su victoria; camino despacio pero con cierta cautela. Los hombres armados que habían perturbado el paso de Margo eran hombres de Yago, pues este había resistido, sabiendo que en algún momento conseguiría salir bien librado.
—Jefa, ¿estás bien? —preguntó Danel.
—Sí. Sí lo estoy, ¿y tú? —preguntó ella, sin desviar la mirada del hombre que se acercaba, como un depredador. Un par de camionetas hicieron polvo el pavimento, la gente corría y gritaba a lo lejos; Danel sostenía a Margo de los hombros, y Yago caminaba hacia ellos.
—Margo, yo siento mucho todo esto —dijo Yago, como si él hubiera provocado aquel ataque.
—¿Tú hiciste todo esto?, ¿se te ocurrió que era una buena idea quemar mi cafetería? —preguntó, extrañada y melancólica, y no era para menos. su negocio estaba siendo reducido a cenizas. Danel y ella habían salido bien librados, pero después de eso todo se tornaría gris y, Margo lo sabía. La policía llegaría pronto, harían preguntas y, después de algunas semanas, sin que los inspectores pudieran hacer más que dar carpetazo al asunto, vendrían nuevas inconveniencias. El seguro no pagaría por lo ocurrido, a pesar de haber sido contratado con ese único propósito; el seguro, como en cualquier parte del mundo, siempre vería por sus propios intereses. Y luego de eso, exponer sus dudas, sus inquietudes y preguntarse por milésima vez ¿cómo haré para reabrir este lugar?
Aunque estaba dispuesto para el futuro inmediato, Margo ya lo analizaba, entre otros pensamientos. Yago acababa de pedir disculpas, y eso solo significaba una u otra cosa; ¿en verdad lo había provocado?, y si así hubiera sido, ¿qué sentido tendría mencionarlo?, y no solo eso, ¿qué sentido tenía decirlo a su víctima? Y en todo caso que sus palabras fueran un impulso de la culpa, eso lo ponía en el mismo círculo**. ¿Quién era Yago en realidad?, ¿por qué alguien lo quería muerto?, y no menos importante, ¿Margo estaba segura de querer seguir mirando esos ojos color gris, después de todo lo que había ocurrido?
—Por supuesto que no —dijo con cierta dificultad. Yago se daba cuenta de cuánto estaba revelando con una simple disculpa que nadie le había pedido.
—Pero… —guardó silencio—. “Jefa”, vamos, la llevaré a casa, no tiene caso que siga aquí.
—¡No! —dictó Yago con estruendo. Ya no se escuchaban disparos, solo cristales explotando a causa del fuego, y sirenas a lo lejos. Margo lo miró con asombro y Danel hizo lo mismo. ¿Qué era lo que pretendía?
—Déjame llevarte a un lugar seguro, tu departamento no es una buena idea.
—Sabes, no sé quién te crees, y tampoco entiendo por qué todo lo que está ocurriendo lo haces personal, pero dime, ¿crees que yo debo aceptar tus respuestas a medias, tus arranques, tus estúpidas suposiciones? Yo… diablos, acaban de… —Margo señaló lo que quedaba de su negocio, y entonces sus ojos al fin se humedecieron. Había intentado ser fuerte, o simplemente lo había sido, pero su límite había sido sobrepasado. Yago solo decía cosas sin sentido, Danel intentaba ayudar, y aunque era genuina su preocupación, no tenía mucho que hacer en ese sitio.
El joven vivía en un cuarto de azotea, intentando salir adelante; después de todo, la vida lo había llevado al borde del abismo, y era cierto que Margo podría correr peligro, pues hasta ese momento ella no entendía quién había ocasionado todo eso. Sí, era evidente que Margo estaba casi segura de que Yago tenía que ver en eso, pero eso implicaba que ahora ella no era solo una víctima de los tipos que habían decidido destrozar todo aquello implicaba que de una o de otra forma, Yago estaba en problemas, y esa noche, en el callejón, Margo estaba firmando su sentencia. Una herida, un impulso de caridad, vodka, una intriga enorme que agrandaba su pecho acelerando su corazón constantemente, unos ojos felinos, un hombre misterioso, y dos o tres días, habían cambiado por completo todo lo que Margo conocía como una vida tranquila.
—Vamos, salgamos de aquí —un hombre alto, corpulento, se acercó a Yago; él lo miró y asintió de forma casi imperceptible.
Danel apretó los labios.
Margo bajó la mirada y movió la cabeza; después de algunos segundos, las sirenas se escucharon al frente de lo que había sido la cafetería.
—Margo, confía en mí, tu muchacho puede venir con nosotros —dijo Yago, y la tomó del brazo. Margo dio la vuelta, y al filo de la orden subieron a una de las camionetas que esperaban con la puerta abierta; la nube elevada, el fuego rojizo y el calor abrumador que alcanzaba a sentirse se quedaron atrás, mientras Yago daba la orden: —Date prisa.