"Pero cierto joven los seguía, {Satanás} cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron {Fuego}, más él dejando la sábana, huyó desnudo." — Marcos 14:51-52.
Juan Pablonal comenzó a hacer negocios que cada vez le generaban mucha más ganancia, su suerte era increíble, en todo lo que decía apostar, siempre ganaba, a veces triplicando, hasta cuadruplicado su fortuna, la cuál se había convertido en la más grande, superando incluso, el patrimonio económico de los hacendados aliados y de la corona española. Se hizo con propiedad de miles de hectáreas de tierra, la mayoría ganadas en juegos de azar dónde Juan era infalible, nunca perdía, en menos de un mes logró hacerse dueño de cinco mil reses que lo apuntalaban cómo el hombre más adinerado de aquel entonces, las mejores casonas pertenecían al gran Juan Pablonal, pero aún le faltaba una joya a su tesoro, una última pieza en su rompecabeza, todo rey necesita una reina a su lado para poder formar un imperio, y él sabía exactamente a quien quería, la damisela llamada Venus Santa Cruz sería la pareja perfecta, pero el señor Vicente Santa Cruz se encontraba renuente ante esta solicitud de Juan.
— ¡Mientras yo viva, Juan Pablonal, nunca se casará con alguna de mis hijas! — Afirmaba el terrateniente Vicente Santa Cruz a voz campante en cada esquina que se paraba.
Un día Juan Pablonal amanecería con la excelente noticia de qué el señor Vicente Santa Cruz había sido gravemente herido durante la noche, al parecer, su capataz se había vuelto completamente loco durante la madrugada, en una especie de posesión demoníaca, tomó su escopeta y fue hasta la alcoba dónde Vicente dormía plácidamente, para dispararle dejándolo condenado para siempre a una silla de ruedas, iba a sobrevivir, pero nunca más caminaría, también le costaría muchísimo pronunciar palabras, el capataz sería fusilado por alta traición, tal vez fue lo mejor para él, porque de igual manera hubiera sido quemado en una hoguera por las personas del pueblo.
El pobre Vicente Santa Cruz, ahora se encontraba completamente inválido, postrado en una silla de rueda, incapaz de sin siquiera complecer a su esposa, tampoco tenía la habilidad de comunicarse con las personas, y para colmo de sus males, los colonizadores españoles, comenzaron a hacer negocios con Juan Pablonal, dejándolo a él en un precaria situación dónde cada vez era más difícil producir en su hacienda, todo iba de mal en peor, una horrible sequía azotó el pueblo, siendo la hacienda Santa Cruz la más afectada, perdiendo prácticamente todas sus cosechas, dejando a el lisiado Vicente Santa Cruz al borde de la ruina. Fue entonces cuando Juan vió la oportunidad perfecta para hacer su gran oferta, el muy astuto, ofreció cinco veces más de lo qué el pretendiente brasileño de la señorita Venus, estaba ofreciendo. Vicente Santa Cruz no tuvo más opción que tragarse su orgullo y aceptar la oferta para lograr salvar sus tierras, también para evitar que su familia muriera de hambre.
Juan Pablonal estaba plenamente feliz por haber conseguido la mano de la mujer que amaba, deseaba que todo el pueblo celebrara con él su enorme dicha, así qué decidió casarse ese mismo día, y todos los habitantes estaban invitados, un gran regocijo embarga las polvorientas calles de ese tenebroso lugar, la boda de "Don Juan Pablonal" (cómo se le conocía ahora) iba de boca en boca, corriéndose el rumor para que todos asistieran.
Mientras que él mismo en persona iba a buscar a su futura esposa a la hacienda Santa Cruz en una elegante carroza que era tirada por los mas hermosos caballos persas absurdamente costosos. Vicente Santa Cruz se encontraba en la entrada principal de la gigantesca casona, con cara de pocos amigos, observaba cómo su hija mayor se subía sonriente a la carroza del hombre qué lo hizo quedar cómo un imbécil, mientras que él apenas si podía moverse. Juan se acercó con una sonrisa monumental en su rostro para hablarle.
—¡Siempre soñé con este momento, toda mi vida quise verte así, humillado por mí, rendido a mis pies, no eres más qué una mugrienta escoria. La verdad te deseaba muerto, pero cambié de opinión, el saber qué pasaras todo el resto de tu miserable vida postrado en esa fría silla de acero, me llena mucho más de dicha. Y tranquilo, qué voy a hacer muy feliz a tu hija. Vicente, nunca digas nunca!. — Le dijo Juan Pablonal a Vicente Santa Cruz en voz baja cerca de su oído y colocándole la mano en el hombro, sabiendo que el pobre lisiado no podría hacer nada para defenderse, sólo ahogarse en una profunda rabia sacudiéndose en esa silla de ruedas sin poder lograr nada.
—¡Todos están invitados a mi boda, la cuál será esta misma noche en mi hacienda, y si quieren un buen trabajo dónde ganar tres veces más qué en esta mugrienta hacienda, hablen conmigo. Soy Don Juan Pablonal, para servirles! — Gritó fuertemente Juan Pablonal en las escaleras de la entrada principal de la hacienda Santa Cruz para qué los pocos, realmente muy pocos trabajadores que quedaban bajo las órdenes de Vicente Santa Cruz, lo escucharan y se sintieran tentado a abandonarlo.
Esa misma noche se llevó a cabo la mayor celebración que ese pueblo había visto en su historia, Juan Pablonal y Venus Santa Cruz contrajeron nupcias en una ceremonia sacada de un cuento de hadas, las calles se inundaron con el mejor vino proveniente directamente desde Francia, las personas comieron hasta quedar completamente satisfechas, el baile se realizó toda la noche hasta que la gente estuvo tan exhausta cómo para continuar. Los pueblerinos hablarían de esta fiesta por años, ninguna sería igual de increíble.
Por su parte el señor Vicente Santa Cruz amanecía en la entrada principal de su hacienda, todos sus trabajadores se habían largado a pedirle empleo a su enemigo Juan Pablonal, su honor había sido mancillado de la manera más vil, alguien cómo Vicente Santa Cruz, no podría continuar viviendo con una vergüenza social tan grande. Esa mañana siguiente a la boda de su hija mayor, frente al hermoso amanecer de Dios, encerró al resto de su familia en su habitaciones, tomándose el tiempo suficiente para cubrir la casona con pólvora negra de su arsenal personal, y utilizando un cerillo, generaría un enorme incendio que terminaría contándole la vida a todos, inclusive a sí mismo. Fue una manera muy egoísta de suicidarse, llevándose a su esposa y sus dos hijas pequeñas junto a él.