"El que hiera de muerte a otro, ciertamente morirá." — Éxodo 21:12
Juan Pablonal estaba decidido a cambiar su pésimo estilo de vida, era claro que limpiando las heces de los caballos pertenecientes a las adineradas familias, jamás iba a lograr casarse con la señorita Venus Santa Cruz. Así qué puso en marcha el diabólico plan para obtener fortuna infinita, y vió en su padre la víctima perfecta. Utilizando el machete qué el mismo señor Pablonal usaba para cazar, comenzaría a descuartizar al hombre que lo engendró, el primer machetazo sería directo a la cabeza, pero su padre aún continuaba con vida, por eso trataba desesperadamente de protegerse del despiadado ataque de Juan, con una mano sostenía sus tripas, para que no salieran de su estómago y se mantuviera dentro de él, con la otra mano trataba de detener los afilados golpes que cortaban su carne cómo si fuera mantequilla. Poco pudo hacer para salvar su vida, para el quinto machetazo, ya la cabeza de su padre rodaba por el suelo deslizándose en toda la sangre que yacía decorando el piso de tierra de la humilde casa, solamente el pequeño cabo de vela pudo ser testigo de tanta atrocidad, las sombras reflejaban en la pared, cómo Juan picaba a su pobre padre en pedazos mientras la cera continuaba consumiéndose hasta extinguirse la mínima llama que iluminaba toda la sala.
Solamente se detuvo cuando sus brazos estuvieron cansados, cuando ya de su padre, sólo quedaba una masa gelatinosa de color rojo y violeta desparramada por toda la sala, fue entonces cuando pudo sentarse a descansar en medio de la oscuridad, su rostro inexpresivo, era todo un poema a la calma durante la desesperación, aún con el machete en sus manos, comenzó a llorar profundamente, dejó caer el machete sobre el piso de tierra, colocaba sus manos en su cara lamentándose por lo qué había hecho, de pronto comenzó a reír. Reía a carcajadas mientras los restos mutilados de su padre comenzaba a ser devorado por las hormigas. Se levantó de ese lugar dónde estaba sentado y decidió salir a las calles, debía celebrar el inicio de su nueva vida. Nunca más hambre, nunca más pobreza, nunca más tenía qué limpiar excremento de caballo, esto había que celebrarlo.
Caminaba por las oscuras calles de ese pueblo en penumbras, sonriente pasaba saludando a todo mundo, su ropa estaba cubierta con sangre por todos lados, pero a nadie parecía importarle, esa cómo si nadie pudiera señalarlo, tal cómo Satanás había prometido. La sonrisa en su rostro no tenía comparación, no podía esperar a empezar a recibir toda esa fortuna infinita cómo se había pactado, pasaba frente al lugar dónde trabajaban las prostitutas y las saludaba de lejos, pero algunas estaban tiradas en el suelo con horribles llagas en su cuerpo, muchos las deban por muertas, a pesar de qué todavía se movían para pedir ayuda entre exhalaciones mientras se arrastraban con mucha dificultad, los rumores en el pueblo decían, que eso se debía a una misteriosa enfermedad qué había llegado desde Europa y qué sólo afectaba a las prostitutas, así cómo también a los hombres que estuvieran con ellas. Así qué Juan Pablonal prefirió alejarse de ese lugar, no podía darse el lujo de contraer ningún tipo de enfermedad ahora qué sería una de las personas más ricas y poseedoras.
En lugar de celebrar con las prostitutas qué enfrentaban la epidemia de sífilis, prefirió ir al centro del pueblo dónde se corría el rumor qué habían acusado a una nueva mujer de ser bruja y la preparaban para ser quemada en la hoguera, se trataba de una señora qué fue encontrada en las cercanías del bosque completamente desnuda mientras un ciervo lamia sus genitales. Ella estaba cubierta de sangre y no parada de reír a pesar de qué sus ojos expulsaban lágrimas abundantes, se decretó que estaba en un trance demoniaco debido a algún contacto maligno con otras brujas. La sentencia fue clara y concisa, al igual que las demás mujeres que fueron halladas en ese mismo estado, morir calcinada en la hoguera, seguramente sería la mejor manera para que Juan celebrara el inicio de su nueva vida, observado las cosas atroces de la que eran capaces los seres humanos por el temor a Satanás.
Las personas del pueblo se aglomeraban a las afueras de la iglesia, el lugar en el cuál se llevaban a cabo estos juicios, dónde el cura de la parroquia, era juez y verdugo al mismo tiempo, él era quien condenaba a estas "Mujeres de Satanás" cómo solían llamarles a estás personas qué eran sentenciadas a morir en la hoguera, para sorpresa de Juan Pablonal, se trataba de una de las brujas que él mismo había reconocido entre los arboles la noche anterior, una de sus vecinas, su nombre era Gertrudis, una señora de unos cuarenta y cinco años aproximadamente, sus tres hijos se encontraban entre el público presente qué visualizaría cómo ella se quemaba hasta la muerte, su esposo también estaba allí presente, este era uno de los que más fuerte gritaba pidiendo que la quemasen de una vez por todas, arrojaba piedras a la bruja con desprecio, mientras sus hijos sólo lloraban en silencio.
La señora Gertrudis también lloraba, aseguraba entre llantos no ser una bruja, qué cometían un error garrafal, pero no había vuelta atrás, ya el cura había dictado sentencia. Ella estaba atada a un grueso leño que sobresalía parado entre leños mucho más pequeños que yacían a sus pies. El cura de la parroquia se acercaba a la bruja con una antorcha encendida, el público expectante se saboreaban los labios, les encantaba ver morir a las mujerzuelas qué se revolcaban con demonios en ese impío bosque maldito. Gertrudis gemía de dolor observando a sus hijos sufrir se esa manera mientras veían a su mamá morir de esa forma tan horrible. Pero al levantar la mirada, Gertrudis observó a la distancia a Juan, lo reconoció en seguida, fue entonces cuando su llanto paró inmediatamente, ahora se reía de manera demente en medio de las llamas que la devoraban y no dejó de hacerlo hasta qué finalmente murió. Juan Pablonal sintió un escalofrío espectral recorriendo su espalda, pero ya el pacto estaba sellado.