"Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue un homicida desde el principio , y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando había mentira, habla de su propia naturaleza, porque es un mentiroso y el padre de la mentira." — Juan 8:44
Juan Pablonal no estaba seguro de quien le estaba hablando, era imposible que un animal pudiera comunicarse con él, al menos que se estuviera volviendo loco, tal vez había alguien más a sus espaldas, pero era tan grande el temor que sentía, que no se atrevía a voltear, no sabía quien le estaba hablando, pero tampoco quería averiguarlo. Esa voz era sublime, magistral, con un poder para llamar la atención, era fuerte y profunda pero al mismo tiempo poseía una suavidad carismática, pero aún así, no dejaba de ser demoníaca. Fue justo allí cuando Juan entendió lo que sucedía, se encontraba en presencia del mismísimo Satanás, el rey de las tinieblas, el apolión de la belleza, la bestia maldita que fue expulsada de las alturas debido a su impío corazón. Eso provocaba qué cerrara sus ojos sin la más mínima intención de mirarlo fijamente. Recordaba viejas historias narradas en su pueblo por los sabios ancianos que se reunían para quemar a las brujas, "Nunca debes mirar al diablo directamente, solo un vistazo podría dejar tu cuerpo desecho, derretir tus globos oculares y hacer explotar tu corazón" contaban esas historias una y otra vez.
— ¿Quieres vivir bien? , ¿Quieres . . . ser el dueño de tu vida? , ¿Quieres tener todo lo que siempre anhelaste?— Preguntaba Satanás con voz rugiente acelerando el corazón de Juan.
— ¿A . . . A . . . A qué . . . A qué costo? — Preguntó Juan luchando contra su boca temblorosa para poder pronunciar esas palabras.
—¡No te cobraré nada físico, solamente quiero el alma de tus descendientes y tu esposa!— Susurró fuertemente Satanás sonriendo.
—¡De ninguna manera, jamás haría eso!— Dijo Juan Pablonal quien mantenía sus ojos cerrados y de espaldas a ese ser maligno.
—¡Durante Treinta y tres años, te daré una fortuna infinita, te daré abundancia, quitaré a tus enemigos del camino, serás la persona más afortunada del mundo. A cambio sólo pido el alma de personas que ni siquiera conoces. Qué posiblemente, nunca existan— Insistió Lucifer.
—¡No estoy seguro de querer hacer esto! ¡No puedo entregar un alma así nada más! — Dijo Juan Pablonal quien comenzaba a sentir un fuerte ardor en su espalda, cómo si estuviera muy cerca de una fogata.
—¿Sabes . . . Al menos que es un alma? , ¿Para qué sirve? , ¿Sabes su valor?— Dijo el diablo de manera perspicaz.
—¿Y si no vale nada, entonces para que las quieres?— Preguntó Juan tratando de ser más listo.
—¿Para qué quieres tú, vivir una vida dónde eres el esclavo de esos animales a los cuales les recoges el excremento? , ¿Para qué quieres continuar respirando en un mundo dónde nadie te respeta, ni siquiera tu padre? , ¿Para qué dejar pasar esta oportunidad, si vives en una realidad dónde no puedes si quiera besar a la mujer que tanto deseas?— Respondió Satanás alterándose un poco.
Juan se había quedado sin palabras, él tenía toda la razón, nada en esta vida puede ser gratis, tal vez si decía la verdad después de todo, y esta era la oportunidad que tanto había deseado.
—¡Está bien Satanás, tu ganas, dime, ¿que debo hacer para sellar este pacto?— Preguntó Juan interesado finalmente en las maravillas qué Satanás le ofrecía.
—¡Deberás asesinar a una persona, a quien desees, yo haré que su muerte quede impune, nadie podrá señalarte, puede ser alguien qué ni siquiera conozcas. Solamente después de eso comenzará tu infinita fortuna a aparecer, también se pondrán en marcha esos treinta y tres años de plazo para reclamar mi parte del pacto— Aseguró Satanás saboreando sus labios.
—¡Tenemos un trato Satanás!— Expresó Juan Pablonal quien aún mantenía los ojos cerrados y su cuerpo volteado hacia la roca.
Aquella voz simplemente desapareció, el ardor en la espalda de Juan dejó de sentirse inmediatamente, esa misteriosa presencia dejó de sentirse, ahora podía estar seguro qué estaba sólo, ya no sentía ningún dolor en su cuerpo, las rocas y arboles que lo rodeaban ya no parecían amenazadoras, incluso mostraban caminos fáciles por dónde Juan fácilmente podía pasar para marcharse de ese lugar.
Sin pensarlo, salió de allí corriendo, sin mirar atrás se lanzó contra esos matorrales avanzando cómo loco entre la maleza, gritando frases incoherentes que lo hacían parecer algún lunático, en aquella época todo lo asociaban con brujería y satanismo, no podía darse el lujo que las personas del pueblo supieran lo qué acababa de pasar, porque seguramente iba a terminar hecho cenizas en una hoguera. Continuó su andar hasta salir de ese laberíntico bosque y llegar al pueblo, se encontraba completamente sucio, su ropa harapienta y mugrosa. Ya había amanecido, así qué los habitantes del pueblo caminaban tranquilamente sin sospechar nada de Juan, puesto qué todos sabían que este chico siempre andaba asquerosamente sucio, repleto de heces de caballo.
Esa mañana llegó a su casa, su padre lo esperaba totalmente asustado, temeroso de lo peor por el hecho de qué no había llegado a dormir, eran tiempos dónde reinaba la oscuridad, cualquier cosa podía suceder en ese pueblo durante la noche, pero para alivio de su padre, Juan estaba a salvo.
Cayó completamente rendido en su cama, exhausto, estaba totalmente agotado, cómo si no hubiera dormido en toda la noche.
Ese día dormiría por horas, despertando en la noche, cuando su padre leía pasivamente un libro en la oscuridad de la penumbra, apenas iluminado por la débil lumbre de un cabo de vela. Se acercó hacia él aparentemente algo desorientado.
—¡Hijo mío! , ¡Finalmente te has despertado, pensé qué dormirías hasta mañana, un día entero cómo los extraños murciélagos! , ¡Ven para acá y regala un fuerte abrazo a tu viejo padre— Dijo el padre de Juan extendiendo sus brazos para apretar fuertemente a su hijo entre ellos.
Solamente sintió el frío metal ingresando en sus entrañas mientras qué Juan empujaba un machete fuertemente con sus manos mirando fijamente a su padre a los ojos.