| Su padre |
Capítulo 1 — Su padre
Nicolle
Me duele la cabeza, no cerré las ventanas anoche, me muevo perezosa sobre la cama, no quiero abrir los ojos, pero la luz que entra me molesta, me giró sobre la cama y siento un cuerpo junto al mío, abro mis ojos de golpe, me siento sobre la cama, el hombre está desnudo, veo sus piernas, su torso, la sábana cubre su m*****o, mi curiosidad dice que se la quite, pero no lo hago, busco su rostro no sin antes observar su torso, vaya que esta muy bueno, su respiración es relajada… ¡alto! No estoy en mi habitación, quito la almohada qué cubre su rostro con cuidado de no despertarlo, mis ojos se abren demasiado por la sorpresa, suelto un jadeo y cubro mi desnudes con la sábana, siento el dolor entre mis piernas y mis pechos también duelen, resultados de la noche que parece haber sido muy buena y yo no recuerdo nada, no recuerdo cómo terminé entre aus sabanas.
No puedo creer que me acosté con Alexander.
Maldito dolor de cabeza.
Maldito alcohol, quiero recordar lo que hicimos...
Me levanto con cuidado y recogo mi vestido, mis zapatos.
¿Dónde carajos están mis bragas?
Me pongo el vestido lo más rápido que puedo. Mi vista va hacia la cama una vez más. Que ganas de quitarle la sábana, pero debo marcharme antes de que despierte. Camino en silencio hasta la puerta, con los zapatos en mis manos, estoy hecha un desastre.
—¿Te vas sin despedirte?...
***************************
Días antes de esa noche
Me considero lo que llaman un alma libre. Me gusta disfrutar de la vida, nunca me puse metas específicas, nunca soñé con cosas que no creí posibles. Quizás debí hacerlo. Quizás debí permitirme soñar y tener metas claras en la vida.
Mi madre trabajó por años en la mansión Fletcher. Estuvo al servicio de esa familia hasta el día en que enfermó y murió. Llegué a esta mansión cuando tenía apenas cuatro años. Mi madre buscaba algo mejor para las dos, no lo comprendía entonces, pero lo entendí cuando crecí. Era madre soltera, luchando por sacar adelante a su única hija.
Cuando fui consciente de todo lo que hacía por mí, decidí no exigirle nada. Si algo me gustaba, me callaba. Deseé muchas cosas sabiendo que no podía tenerlas… y aprendí a conformarme.
Crecí entre las paredes de esa mansión. Thomas Fletcher se convirtió en mi amigo, su hermano siempre fue más distante. Así eran los ricos, pensaba. La señora Evie, en cambio, es un alma noble. La quiero demasiado.
Al crecer, me convertí en empleada de los Fletcher. Estudiaba, sí, pero también quería que mi madre viera que yo era fuerte, que podía enfrentarme al mundo sola y que podría cuidarme. La señora Evie pagaba parte de mis estudios, fui a las mejores escuelas junto a sus hijos, aunque nunca fui tratada como una de ellos. No tenía un apellido millonario… y eso se notaba.
Nunca me importó. Me hice inmune a los insultos.
Los chicos coqueteaban conmigo. No me querían, solo querían mi cuerpo. Para el deseo no existe clase social. Yo lo entendí pronto. Así que fui yo quien decidió. A quién miraba, a quién tocaba, a quién dejaba entrar en mi cama. No fui una zorra, pero sí una mujer que disfrutaba de la vida.
Me gradué de la universidad y aun así decidí quedarme trabajando para los Fletcher. Me ofrecieron un puesto en la empresa, pero no lo acepté. No quería una vida encerrada entre oficinas. Me gustaba mi trabajo en la mansión. Quizás más adelante piense en algo distinto. Por ahora, era feliz así.
La señora Evie incluso me regaló una pequeña casa cerca de la mansión. No necesitaba más. Vivía cómoda. Tranquila.
O eso creía.
…
La música sonaba fuerte, golpeaba las paredes de mi baño. Me encantan los baños de burbuja largos por la noche. Es una manera de relajarme. Me he convertido en la niñera de la pequeña Evie. Es una niña tan hermosa. La señora Evie me ha confiado esa tarea y yo cuido de esa bebé con mucho amor.
Me calma estar encerrada en mi espacio. La música me alegra el alma, me encanta cantar, salir a bailar, aunque solo hago uno que otro fin de semana.
Acaricio mi cuello llenándolo de espuma mientras tarareo la canción. Bajo lentamente hasta mis pechos donde mis pezones permanecen erguidos, el agua ya está fría, debería salir de la tina, pero solo necesito relajar mi cuerpo un poco más.
Mis descienden hasta mi vientre, cierro los ojos. Imagino unas manos rozando cada parte de mi piel, una voz susurrando mi nombre. Abro mis piernas bajo el agua, mi mano baja hasta mi intimidad, acaricio ese punto que palpita ante la imaginación de una imagen masculina. Con mi otra mano jugueteo con mis pechos, tiro de mi pezón y suelto un gemido que se pierde entre la melodía de la canción.
Trazo círculos sobre mi clítoris. Imagino unos labios rozando mi cuello y un aliento caliente golpeando mi piel. Recorro mi cuerpo con una mano sin dejar de darle atención a mi centro. Siento como mi vientre se contrae, gimo más fuerte, mi mano roza toda intimidad, mis dedos se mueven más rápidos, lo siento… estoy a punto, se hincha, palpita y luego exploto.
Intento que mi respiración se vuelva normal. Abro los ojos y me encuentro con las paredes blancas de mi baño. Mi imaginación es buena, pero es mejor cuando algo es real. Respiro hondo y salgo de la tina, tomo una toalla, seco mi cuerpo y mi cabello. Me miró en el espejo.
Siento que a veces busco algo que jamás podré encontrar o quizás siempre busco en el lugar equivocado, en la persona equivocada.
Busco el fuego que me consuma, que me haga arder, no solo el cuerpo si no el corazón.
Son cosas que parecen imposibles, creo que nunca me he enamorado de verdad. He querido, si. ¿Amado? Jamás. Y creo que estoy bien así, pero hay ocasiones en las que me siento sola. Vacía. Un vacío que no podría llenar algún éxito que tuviera en mi vida. No quiero millones, quiero algo real. Yo soy real, amo mi vida tal cual es.
Pero anhelo.
Deseo sentir algo intenso.
Dejó de pensar en tonterías, me pongo mis bragas y es la única prenda que uso para dormir.
Mañana será un excelente día. La misma rutina de siempre. Con algo diferente e inesperado.
…
Me despierto temprano, me preparo y voy a la casa de los Fletcher. Rose saldrá a resolver asuntos de la boda y, además, debe ir al aeropuerto a buscar a su padre. Eso fue lo que me comentó la noche anterior.
Cuando llego, Evie ya está en sus brazos, sonriendo. Es una bebé alegre, luminosa, y está completamente enamorada de su padre. Cuando él está presente, parece que el mundo se reduce solo a él. La tomo en brazos para que Rose pueda marcharse tranquila.
La llevo a la habitación y paso un buen rato con ella. Le hago mimos, cosquillas suaves, y ella responde con carcajadas que son como rayos de sol, te calientan el alma, te llenan el corazón.
A media mañana toma su siesta y, poco después, la señora Evie entra para cargarla y consentirla. Ama profundamente a su nieta. La esperó durante años, soñó con ese momento. Esa bebé es amada, deseada, afortunada.
Por la tarde Evie vuelve a dormirse. Aprovecho para recoger toda su ropa y llevarla a la lavandería. Siempre llevo conmigo el monitor para escuchar cualquier sonido si despierta.
Pongo la lavadora en marcha y voy por un vaso de agua. Cuidar de una bebé es agotador, sí… pero sus sonrisas lo valen todo.
Cuando regreso por el pasillo y cruzo la sala, escucho la puerta principal abrirse. Luego, la voz de Rose, emocionada. Se acerca y aparece acompañada de un hombre.
—Hola, Nicolle. ¿Evie? —pregunta.
—Hola. Está durmiendo —respondo con una sonrisa.
—Iré a verla y regreso rápido. Acomódate, la traeré si despierta —le dice al hombre que está a su lado—. Nicolle, él es mi padre. Alexander Durand. Papá, ella es Nicolle, la niñera de Evie.
—Un gusto conocerte —dice él.
Su voz…
Ronca. Profunda.
Hace que algo dentro de mí tiemble sin previo aviso.
Madre mía.
Madre de todos.
Sus ojos. Su rostro. Yo había imaginado al padre de Rose como un hombre común, con barriga, canas desordenadas, el cansancio marcado en la piel. Pero no. Él es mayor, sí… pero está impecable. Elegante. Imponente. Y eso es solo lo que puedo ver por encima de la ropa.
—Un gusto, señor Durand —respondo, y le sonrío.
Me quedo mirándolo un segundo más de lo debido.
Sus ojos me sostienen. Me observan con una intensidad que me hace sentir demasiado visible, demasiado consciente de mi cuerpo, de mi respiración. No aparta la mirada de inmediato… y yo tampoco.
En ese instante, algo se rompe.
O tal vez… algo comienza.
No tenía idea de cuánto cambiaría mi vida después de ese día. Después de esa boda.
Y, sobre todo… Después de esa noche.