Capitulo 4
Nicolle
Alexander no respondió de inmediato.
Sus ojos se oscurecieron aún más, como si mi atrevimiento hubiera cruzado una línea invisible. Alzó la mano despacio, con una cautela que contrastaba con la intensidad de su mirada, y rozó mi mejilla con los nudillos. El contacto fue tan leve y aun así me estremeció entera.
¿Qué estás haciendo Nicolle? Preguntó la voz en mi cabeza.
—Nicolle… —pronunció mi nombre como una advertencia—. No deberíamos.
Pero no retiró la mano.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo. El vino, la noche, la música lejana, todo se mezclaba hasta volver borroso el sentido común.
Incliné un poco el rostro, apoyando sin pensarlo mi mejilla en su palma. Sentí cómo su respiración se detenía un segundo.
Yo le afectaba y eso me hacía sentir un poco poderosa a su lado.
—Entonces dime que me aleje —susurré—. Mírame y dime que no sientes lo mismo. Dime que no deseas besarme tanto como yo deseo besarte.
Sus labios se tensaron. Cerró los ojos apenas un instante, como si buscara control, como si intentara aferrarse a él… y cuando volvió a abrirlos, ya era tarde.
—Esto es un error —murmuró.
—Tal vez —respondí—. Pero no uno del que quiera huir. Quizás sea el mejor error.
La distancia entre nosotros se redujo a nada. No hubo prisa, no hubo brusquedad. Solo una cercanía lenta, cargada, insoportable.
Su frente rozó la mía, su aliento volvió a envolverme y mis dedos se aferraron, casi sin darme cuenta, a la tela de su saco.
El primer roce de sus labios contra los míos no fue un beso completo. Fue una prueba. Un aviso. Un punto de no retorno.
Y cuando finalmente me besó, lo hizo con una contención peligrosa, como si supiera que, si se dejaba llevar del todo, ya no habría marcha atrás.
Una pequeña parte de mi, la más sensata, me decía que esto debía parar, que debía evitarlo, que no debía cruzar el límite, que ni siquiera debía permitir que me estuviera besando, pero yo… yo estaba perdida en ese beso, en sus labios ardientes.
Dios, este hombre sí que sabe besar.
El beso subía de intensidad a cada segundo, ni siquiera me importaba que el maldito aire no llegara a mis pulmones, mis piernas se sentían como gelatina, estaba derretida con ese beso y ni siquiera había probado lo mejor.
La copa cayó de mi mano, enredé ambos brazos en su cuello y lo atraje más hacia mi. Mi lengua invadió su boca, él soltó un gruñido que me hizo estremecer. El calor de nuestros cuerpo iba en aumento.
El vino sabía mucho mejor en su boca.
Alexander se apartó apenas lo suficiente para respirar, pero no soltó mi cintura, ni siquiera sé en qué momento me tomó por la cintura. En ese instante sentí su mano quemando mi piel aún por encima de la tela del vestido.
Sus ojos estaban fijos en los míos, ambas miradas llenas de un deseo incontenible que había nacido en silencio. Yo lo deseaba pero está noche podría nacer algo más complicado que el deseo.
No entiendo por que me atrae tanto, por que parece que hubiera algo que tirará de mí hacia él. No sé si era yo el imán o lo era él. O lo éramos ambos.
Sin pensarlo lo volví a besar, sus dedos se enterraron en mi cintura, me apretó más contra su cuerpo, mis manos querían recorrer cada parte de él, pero solo pude tirar de su cabello.
Él respondió al beso con un gemido apenas contenido. Sus labios se movieron contra los míos con una mezcla peligrosa de necesidad y cuidado, como si temiera lastimarme… o perderse del todo.
Deslicé los dedos desde su cabello hasta su nuca, lenta, consciente de cada reacción que provocaba en él. Su cuerpo se estremeció apenas, traicionándolo. Me separé un segundo, lo justo para mirarlo. Su mirada estaba oscura, intensa, como si me viera por primera vez… o como si ya me hubiera imaginado demasiadas veces.
Por un momento creí que se alejaría. Que sería él quien pusiera el límite que yo no encontraba.
Pero no.
Sus labios descendieron lentamente, marcando el camino por mi mejilla, mi mandíbula, hasta detenerse cerca de mi oído.
—Si sigo —dijo en voz baja—, no voy a saber detenerme.
Un escalofrío me recorrió entera.
—No te lo pediré —respondí, sincera.
Me sostuvo con más fuerza, como si yo pudiera desvanecerme si aflojaba el agarre. Sentí su pecho subir y bajar con rapidez, su respiración caliente mezclándose con la mía.
Todo en él estaba tenso, contenido, al borde.
No recuerdo en qué momento soltó mi cintura y tomó mi mano. No recuerdo haber pensado. Solo recuerdo caminar a su lado, sentir el suelo un poco inestable bajo mis pies, el vino caliente recorriéndome las venas, la música de la boda cada vez más lejana.
Salimos del mirador. Luego del pasillo. Después… nada es del todo claro.
Risas ahogadas.
Su mano firme en mi espalda guiándome.
La puerta cerrándose detrás de nosotros.
El aire frío de la noche me golpeó el rostro y me hizo parpadear, como si recién entonces me diera cuenta de que ya no estábamos dentro de la propiedad de los Fletcher.
Un taxi estaba detenido frente a la propiedad, el motor encendido, el conductor mirando hacia otro lado con absoluta indiferencia, como si esto hubiera estado planeado desde siempre.
—Vamos. Aún puedes negarte —murmuró.
Lo miré a los ojos, había algo distinto en su mirada. No era solo deseo. Era urgencia. Una necesidad contenida durante demasiado tiempo. Y yo… yo estaba demasiado mareada, demasiado encendida, demasiado consciente de su cercanía como para cuestionarlo.
Subí.
Él lo hizo detrás de mí, cerrando la puerta. El taxi arrancó suavemente y aquel lugar quedó atrás, envuelta en luces y música.
Dentro del auto, el silencio era espeso. Íntimo. Podía sentir su rodilla rozando la mía con cada movimiento del vehículo. Su aroma me envolvía. Vino, madera, algo
profundamente masculino.
Apoyé la cabeza contra el asiento y lo miré de reojo.
—Esto… —susurré—. Mañana lo vamos a lamentar.
Alexander giró el rostro hacia mí. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—Mañana —dijo— no existe todavía.
Y entonces me besó otra vez. No fue cuidadoso. Tampoco fue brusco. Fue un beso hambriento, cargado de toda la tensión que había existido entre nosotros desde hace días. Mis dedos se aferraron a su saco, como si necesitara comprobar que era real, que no era solo el vino jugándome una mala pasada.
El taxi avanzaba por la ciudad, pero yo ya no veía las luces. Solo lo sentía a él.
No tenía idea de a dónde íbamos pero tampoco quería saberlo. Solo quería que siguiera besándome, esa noche solo necesitaba sentirlo… quería cumplir mi fantasía de sentir sus labios y sus manos recorriendo mi cuerpo, aunque era muy probable que a la mañana siguiente no recordará todo con detalles. Aún así solo importaba lo que pasaría esa noche…