El tiempo había pasado rápido. Quedaban sólo cuatro días para irme. De Tomás no sabía nada, sólo que estaba en estado vegetal. Según las palabras de mi amiga, él no salía de su oficina de no ser necesario. Y las pocas veces que lo hacía, siempre llevaba ojos demacrados y mirada perdida. No tenía esperanza de verlo así. Mi amiga seguía viniendo a mi casa o yo iba a la de ella. Pasábamos la mayor cantidad de tiempo juntas. Había decidido no darle más vueltas a las cosas. Tenía claras las causas de por qué me iba. Y ya estaba decidido. Hablé con Pablo una vez en todo este tiempo, y sólo para ultimar los detalles de este viaje. Dirección de la nueva casa, de la oficina y lugares que podría frecuentar. El boleto de avión ya lo tenía. Y los papeles estaban preparados. Ya estaba todo, absol

