CAPÍTULO DOS: SIENTO UN PESO

1118 Words
Mariela. Mi hija no termina de comprender que su papá y yo estamos separados. A Lis se le olvidó, o no le importó, que ella, junto a su padre, se veía con esa mujer en ocasiones. «Encuentros sin mi consentimiento». No puedo evitar pensar en lo decepcionante que es ver cómo ambos jugaron conmigo. Momentos en que los tres se burlaban de mí mientras yo creía que solo pasaban el fin de semana juntos como padre e hija; mientras yo lloraba día y noche tendida en una cama con ganas de morir. «No me entregué al abandono por ella, que es lo único que tengo». Pensaba: «¡¿Qué sería de ella si yo no estoy a su lado?!». Suelto un suspiro cargado de paciencia para responder a su pregunta. —Tú viste la foto de ella, ¿verdad? —le hablé por debajo, en un susurro, para que nadie nos oyera. Sin mencionar su nombre—. Dejé que estuvieras con tu papá cada vez que podía y él te llevaba con ella. No es un reproche, tampoco un reclamo, pero sí le hago saber que hay cosas que no se olvidan. Se lo recuerdo porque algo que sé de mi hija es que es muy inteligente. —Tu papá tiene otra mujer, bebé —le expliqué una vez más. He perdido la cuenta de las veces que le he dicho lo mismo. No quiero hablar de lo mismo, no quiero sentirme mal todo el camino, no quiero recordar lo doloroso que fue. —Bebé, no preguntes —le dije—. No quiero hablar de eso ahora. Lis hizo silencio. No hizo más preguntas y se perdió en el paisaje verde. El autobús marcaba la distancia de mi ciudad natal, de mi casa, de mi familia y de las cosas que dejé en mi habitación. Pero no me distanciaba de los pensamientos, de los recuerdos y mucho menos de los lamentos que se repetían una y otra vez. —Primera parada —anunció el colector del autobús—. Media hora. Todos bajamos del transporte. Algunos fueron en dirección al baño; otros caminaban recorriendo el lugar y otros, como nosotras, compraron algo de comer. Cinco horas de carretera y finalmente habíamos llegado. Estábamos en la ciudad de Valencia, pero aún faltaba una hora más para llegar al municipio que sería nuestro destino final. —¡Bienvenidas! —expresó mi tío—. Pueden quedarse el tiempo que quieran, Mariela —exclamó abriendo la puerta de su hogar. Asentí con un movimiento de cabeza. «Este será, temporalmente, nuestro nuevo hogar. Si en tres meses, que es el lapso de las vacaciones escolares, no encuentro trabajo, regresaré con la cola entre las piernas», pensé. —Gracias, tío. Tu casa es muy hermosa —manifesté. Mi tío vive solo desde que enviudó. Su único hijo se fue al extranjero junto a su esposa e hija. El tío Orlando me mostró cada rincón de su pequeña y acogedora casa, para luego enseñarme cuál sería nuestra habitación temporal. —Esta será tu habitación, Mariela —exclamó, adentrándose en el lugar—, y la tuya también, pequeña. Siéntanse como en su casa; pueden disponer de ella y de lo que necesiten, hija. —Prometo no ser una carga para ti, tío —expresé con sinceridad. —No te preocupes, no lo serán, Mariela. Mi tío se alejó. Salió cerrando la puerta y nosotras nos acomodamos. —¡Ve a bañarte, bebé! —le dije. —Está bien, mamá —respondió Lis, sacando la ropa que se iba a poner. Su cara de cansancio me indicaba que necesitaba una siesta. Mientras ella se duchaba, me puse a arreglar nuestras pertenencias con movimientos rápidos. —¡Bebé! —la llamé cuando la vi salir del baño envuelta en la toalla—. ¿Te gustaría salir mañana a conocer los alrededores? —propuse. Ahora somos las dos y quiero que sea así: que se integre y participe en las decisiones. —Sí, mami —aceptó con una sonrisa, aunque aún tenía la mirada triste—. También quiero amiguitas —me hizo saber. —Eso está bien, mi amor —le respondí. Después de vestirse, se dejó caer sobre la cama. Lis manifestó que prefería dormir un rato y pronto se entregó a los brazos de Morfeo. Me quedé contemplándola, pensando en cómo ha sufrido por su papá. ¡Nunca imaginé que pasaríamos por algo así! Salí un instante a buscar a mi tío. Lo encontré en la sala, sentado con el periódico en la mano. —Tío —pronuncié acercándome y sentándome a su lado. —Necesito empleo —expuse lo principal—. No tengo mucho dinero y, desde que Enrre se fue de la casa, se desentendió de su hija —confesé. No pude evitar una mueca de amargura y, a la vez, una sensación de lástima hacia mí misma por lo vulnerables que podemos ser ante estas situaciones. «¿Qué más podría esperar si le hizo lo mismo con Karol?», me recordé. —Tengo un amigo que trabaja en el comedor de una empresa —mencionó—. Déjame comunicarme con él; siempre me comenta que meten personal. —Nunca he trabajado en un lugar así, pero no debe ser tan difícil —comenté—. Se trata de comida. —¿Sí? —dije con esperanza—. ¿Y cómo es la paga? —No lo sé, Mariela. Sacó su teléfono y lo vi teclear. —Gracias, tío. Me urge encontrar un empleo. Mi tío asintió. Hablamos de su vida, de lo que hace en su tiempo libre y de su trabajo. El tiempo se nos pasó conversando, poniéndonos al día. Hablar con él me hizo sentir bien; fue una distracción agradable que me hizo olvidar momentáneamente mis problemas. La noche cayó y mi tío Orlando me anunció que debía irse a trabajar. —Mariela —dijo—, me tengo que ir. Quedas en tu casa. Nos vemos mañana. Asentí. Después de que Lis y yo cenamos, nos fuimos a la cama. Ella estaba viendo, una vez más, la comiquita de Barbie que tanto le gusta. ¡No sé cómo puede ver lo mismo sin aburrirse! Reí internamente y, al mismo tiempo, sentí alivio por haberle traído algo que la hiciera feliz. Revisé mi teléfono entrando y saliendo de f*******:; trato de distraerme para no pensar. Pero hay algo más que se siente entre estas cuatro paredes: la soledad, el silencio y la ausencia. Siento un peso, una carga que no sé si podré llevar, y me asusta. Me asusta el futuro incierto, el no saber qué será de nosotras en los días venideros.
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