No era posible y sonaba demasiado tonto. Quizá habíamos soñado lo mismo y nada más, pero por más que me lo repitiera a mi misma cientos de veces, no era algo tan convincente como para creerlo con totalidad.
Scott permanecía a mi lado, lo sabía a pesar de estar a ciegas, pero trataba de tomármelo con calma. Él me dijo que tenía que estar tranquila, que ya se me pasaría, y yo confiaba en su palabra.
Ya habían pasado tres horas, y faltaba sólo una para llegar al campamento. Estaba ansiosa. Quería llegar y pasar unas vacaciones esplendidas rodeada de pura naturaleza y arboles. Prefería eso antes de "playa, sol y arena".
Mis manos estaban aferradas al fuerte brazo de mi hermano, y su cabeza estaba hundida en mi cuello, con su respiración envistiendo contra él.
Se había quedado dormido, y tenía la sensación de que por fin estaba realmente relajado y libre de preocupaciones. Sonreí. Quizá había logrado poder dormir cuando su rostro se hundió en mi cuello. Volví a sonreír, y sentí como mis mejillas se sonrojaban.
Tenerlo a mi lado después de tanto tiempo, me hacía poner algo estúpida y nerviosa. Mi corazón no había dejado de latir en cuanto me llamó hoy a la madrugada para avisarme que vendrían a recogerme.
Dejando de lado mi sangre y que eramos familia, no podía dejar de desearlo y amarlo con todas mis fuerzas.
Sé que estaríamos juntos y seríamos felices si él no fuese mi medio hermano. Sé que podríamos besarnos con libertad si la gente no nos juzgara como chicos pecadores e hijos del diablo. Sólo sé que todo sería posible entre los dos si todo fuese distinto.
— Hueles bien— susurró contra mi cuello, y me estremecí al escucharlo con voz ronca.
Se despertó, pero no se despegó de mí.
— Disimula un poco ¿sí?—Solté, apartándome un poco de él.
—No tenemos los mismos apellidos, y nos encontraremos solos con personas que nos desconocen ¿por qué debería disimular lo que siento?
No sabía si darle la razón o callarlo de una patada. Había pasado tanto tiempo de que no estábamos así. No desde aquel día en que fuimos separados a la fuerza por nuestro apellido. Odiaba recordar eso, así que simplemente me obligué a pensar en otra cosa.
— ¿Has leído otros libros después de que...ya sabes..?
— No he podido, Scott. No puedo leer un libro si no es en el bosque y no he ido allí desde que pasó eso— Dije con franqueza.
— Te extraño— Confesó contra mi oído, y yo sentí una oleada de deseo por besarlo con fuerzas y no soltarlo jamás.
— Y yo a ti.
— ¡Quería avisarles que ya estamos muy cerca de Mirdusolé y que las vacaciones de sus vidas han comenzado!¡Ya pueden comenzar a utilizar sus manos y su mente, pero mantengan la calma!—Escuché que el parlante del tren avisaba a todos los presentes del vagón.
No había comprendido el mensaje, pero rápidamente el lugar se llenó de chillidos y gritos de alegría ensordecedores.
— ¡¿Qué demonios pasa?!— Le pregunté a Scott a través del ruido.
— ¡Todos están felices que ya estamos por llegar, supongo!— Gritó, apretando mi mano por encima del respaldo del asiento.
— ¡¿Qué quiso decir con que muevan sus manos y sus mentes?!
— ¡Fue una metáfora!..¿supongo?
— ¡Deja de suponer!— Carraspeé— ¡¿Cuando podré ver?!
— ¡En cuatro horas más!
¿Cómo podría bajar del tren y conocer el lugar y la entrada de Mirdusolé sin mis ojos?¡¿Qué me pasaba?! Ya la paciencia se me estaba acortando y eso me hacía poner más histérica.
El tren fue disminuyendo su velocidad, y para mi sorpresa, ya habíamos llegado a Mirdusolé.
— Ahora esperaremos a que bajen todos y cuando el tren quede algo vacío, te aferraras a mi brazo y te guiaré ¿entendido?— Soltó, autoritario.
— Ok.
Y así lo hicimos, siendo mi guía y colocando una de mis maletas en una de mis manos, ya que con la otra me aferraba a su brazo, me ayudó a bajar.
El viento prácticamente me golpeó en la cara. Ya no llovía y eso me aliviaba. Oía gritos, charlas animadas y partes de canciones que se perdían en la distancia. Me daba tristeza y rabia al no saber a donde iba, pero, si estaba Scott para guiarme nada podría preocuparme.
— Buenos días— Le dijo él a alguien— Apellido Miller y Bartofield. Quiero numero de cabaña por favor.
— Claro— Le contestó una voz masculina— Para la señorita Amaris es la cabaña numero ciento diez y para usted...Espere un minuto...¿usted es instructor de natación?
— Claro ¿hay algún problema con eso?
— No, sólo que los instructores no deben estar con los aprendices de Mirdusolé.
¿Aprendices?Quizá así le decían a los integrantes del campamento.
— ¿Qué quiere decir con eso?— Preguntó Scott, alarmado.
— Usted está en la misma cabaña que ella.
Tragué saliva. Eso no me lo esperaba y tampoco era una buena idea.
— Pero no se preocupe— Se apresuró a decir aquel instructor— Apenas las cosas se normalices aquí, lo tranferiremos a la cabaña de instructores. No es buena idea que un instructor esté con una menor.
— ¿Y cuantos días debemos esperar?— Pregunté.
— Tres, como máximo.
Tres días con Scott en una cabaña, genial.
— Sólo serán ustedes— prosiguió— Ya que esa cabaña es exclusivamente para ella.
¿Qué?¿Exclusivamente para mí?No comprendía el por qué de todo esto. Yo creí que tendría una compañera de cuarto o algo así.
— Se lo agradezco— Le dijo Scott, finalizando la charla.
Otra vez habíamos empezado a caminar y los gritos de los otros "campistas" no secaban. Parecían excitados y sobrecargados de felicidad. Era un simple campamento ¿por qué les alegraba tanto?
No sabía cuanto habíamos caminado con Scott, pero ya me dolían los pies.
— ¿Ya estamos cerca?¿Cómo es el lugar?— Pregunté, realmente irritada por mi falta de visión.
— Amaris, es la cabaña numero ciento diez y recién acabamos de pasar la numero ochenta— Resopló—, y el lugar es bastante bonito. Hay arboles por doquier y me llama la atención las murallas que están a lo lejos.
— ¿Murallas?
— Sí, luego iremos a echar un vistazo para ver que hay detrás de ellas. Pero primero quiero aprovechar esos tres días que tenemos para nosotros solos.
Me estremecí. No sabía que tenía planeado, pero hay algo que SÍ claramente sabía:No era nada bueno.
— Me prometiste distancia— Me quejé.
— Amaris. Por favor. No podemos mantenernos más distantes de lo que estuvimos. Te necesito y tú a mí.
No supe que decir. Tenía razón...pero no era buena idea. Él no dejaba de ser mi hermano e hijo de mi padre. Ni siquiera sabia lo que eramos a estas alturas.
— No hagas esto más difícil.
— Bien— Resopló—, pero lo único que te pido es que tengas cuidado con los chicos de las razas diferentes y...
— ¿Con quiénes?— Pregunté, aturdida.
Pude sentir como el brazo de Scott se tensaba y rápidamente supe que algo me estaba ocultado.
— Te lo diré cuando puedas recuperar la vista.
Llegamos a la cabaña, y según él era lo suficiente amplia para que los dos tuviéramos espacio y no invadir la privacidad del otro.
Olía a pino, y eso me había tranquilizado sólo un poco. Tanteaba con mis manos los diversos muebles de madera que parecían barnizadas por lo suave que se sentía al tocarlas y mis zapatos de tacón bajo sonaban contra el piso del mismo material. La brisa de verano ingresaba por lo que parecía un ventanal. Toqué sus cortinas y lamenté no tener visión para poder ver de qué color eran.
Por ultimo, me senté en la cama y sentí el peso de Scott a mi lado.
— Tienes que saber algo, y me temo que no te gustará en absoluto.
Me quedé tiesa, temiendo lo que podría decirme ya que sonaba preocupado.
— ¿Sabes por qué papá te mandó aquí?
— Papá no fue el que me mandó— Corregí, escandalizada— Mamá me comentó acerca de este lugar y me pareció algo bueno para poder pasar un verano distinto.
— Pero fue papá quien la obligó para que te mandara, Amaris.
— ¿Y cómo sabía papá de este lugar? Él estaba en la cárcel y sólo salió hace dos meses atrás.
— Papá tiene contactos. Pero eso no es lo importante que tengo para decirte.
— Déjate de tanto misterio y suéltalo— Contesté, ya perdiendo la paciencia.
— Lo que le sucede a tus ojos es algo que...— podía notar que parecía realmente incomodo y le costaba soltar sus palabras— Estás transformándote en alguien superior a los demás.
— ¿Qué?
— Amaris, nadie aquí es normal. Cuando recuperes la visión, veras de lo que te hablo. Tus ojos cambiaran de color, ya nos los tendrás color café y tu cuerpo comenzara a manifestarse, y...
Me paré de la cama, aturdida y con cuidado de no caerme.
— ¡¿De qué demonios hablas?!— Grité, asustada.
— Hazme acordar que debo matar a papá por meterme en esto— Carraspeó, más para él que para mí— Tienes un Don que ni yo ni él sabemos cual es.
Me volví a sentar, atónita. Sonaba a una broma de mal gusto y ni siquiera tenía sentido con la realidad. Me parecía algo muy difícil de creer, simplemente ya no podía continuar escuchándolo. Froté mi frente con los dedos, intentando deshacer el dolor de cabeza que iba naciendo lentamente.
— Ya no quiero hablar— Le dije.
— Yo tampoco.
En cuanto pasaran los horas que faltaban para que mis ojos se abriesen, me encontré dormida contra el pecho de Scott. Mis ojos lentamente se fueron abriendo y yo sentí dolor en cuanto separé mis párpados.
Sentí su perfume varonil y me pareció prácticamente un droga maravillosa.
Scott también despertó, dándose cuenta de que se nos había hecho tarde para la inauguración del campamento.
Se despabiló y me miró, pero su reacción no era la que me esperaba. Pegó un grito de susto, cayendo al suelo y sin poder dejar de mirarme, horrorizado.
Rápidamente, por instinto me llevé las manos a la cara, por si tenía algo.
— Tus... tus ojos— Tartamudeó, sin moverse.
— ¿Qué...qué tienen?
Me levanté de la cama, y me encontré con mis reflejo en un espejo que estaba en la pared de madera. Me sentí mareada, ya que era la primera vez que veía el lugar.
Caminé hacia el espejo y antes de que pudiera gritar, me tapé la boca con las manos.