CAPITULO 6

2194 Words
Mis ojos prácticamente me hipnotizaron. Mi corazón golpeteaba cada vez más. Parecían de fantasía pura. Vi como a través del espejo Scott se me acercaba y me rodeaba la cintura con sus brazos y posaba su mentón contra mi hombro, claramente mirando mis ojos con la boca semiabierta. — ¿Qué me pasó?— Titubeé al borde de las lágrimas. — El cambio de sangre que todos los Bartons tienen— Explicó— Tus habilidades ya pueden utilizarse. Me volví para verlo, sin comprender a lo que se refería. — Extiende tus manos hacia delante y apuntalas contra la almohada— Me ordenó, autoritario. Hice lo que me pidió, vacilando si realmente hacerlo. La almohada estalló cuando apunté mis ojos en ella antes de alzar las manos, y todas las plumas salieron disparadas en el aire, cayendo lentamente por encima de la cama y el suelo. Me quedé atónita y sin habla. No podía creer y asimilar lo que acababa de ver. ¿Esa había sido yo? —No esperaba que hagas eso—balbuceó él— ¿Te encuentras bien...? Ya no quería escucharlo, me sentía realmente muy confundida y sobre todas las cosas rara. Mis ojos habían cambiado a un color turquesa intenso, con auras rojas al rededor, casi consumiendo el color del iris por completo. Y ahora resultaba que tenia habilidades, cosa que creía que sólo existían en libros de magia y hechizos. — Quiero mis ojos otra vez— Le dije a Scott, mordiéndome el labio, totalmente nerviosa. — No puedes— Negó— Si quieres que cambien de color otra vez, debes esperar hasta los veintiuno, y puedes escoger la pigmentación que desees. — ¡¿Y por qué hasta esa edad?!— Grité. — ¡Porque así somos los Nefisteas!Pero dudo que seas uno ya que ese color no es normal para nuestra r**a— Elevó la voz más alto que yo— Siéntate, voy a anotarte un par de cosas que deberías saber. Me senté en la cama y miré el techo de madera barnizada brillante, el piso y las paredes eran igual de intensas. Había una sola cama que aparentaba ser matrimonial. Tenia postes de pinos a cada extremo y las sabanas blancas le daba un toque acogedor y resaltaba de todo, al igual que las cortinas blancas. Un mueble de pino n***o estaba ubicado en un rincón de la habitación. Rápidamente recordé que tenía que deshacer mi valija, antes de recorrer el lugar. Desvié la vista hasta que choqué con los ojos grises de Scott, que me miraba pensativo y con la pluma deslizándose a cada costado de sus labios convertidos en una linea tensa y larga. Estaba sentado en un escritorio de mármol oscuro, con las piernas cruzadas y con la espalda apoyada cómodamente en la silla de terciopelo n***o. — ¿Qué sucede?— Pregunté, sintiéndome algo incomoda por su mirada tan sofocante. — Eres muy parecida a Nora. Aparté la mirada, y solté el aliento, tratando de evadir cualquier rastro de enojo de mi rostro. Odiaba que me encontraran similitud con ella, y más cuando mi madre me lo repetía constantemente. Si, mi cabello era n***o al igual que el de ella y mis rasgos faciales también podían decirse que eran idénticos. ¡Yo no era Nora ni Alia, era simplemente Amaris! En ese mismo momento, me pregunté si ellas también tenían habilidades al igual que yo. Tenía tantas cosas en la cabeza y tenía que callarlas antes de enloquecer. — ¿Qué estás escribiendo?— Le pregunté, volviéndolo a mirar y tratando de cambiar de tema. — El significado de cada r**a— Explicó, mirando la hoja y golpeteando la pluma contra la mesa —,es muy importante que sepas sobre ellas, y más cuando en este preciso momento estamos rodeados de esa clase de gente. Me levanté de la cama y me sorprendió que todo aquello no me provocara alguna actitud violenta o algo parecido. Me lo estaba tomando demasiado tranquilo, pero sabía que cuando cayera en la cuenta...seria capaz de golpear a alguien. En cuanto me acerqué a Scott llegué a leer varias de las anotaciones que escribió, y que continuaba escribiendo. — ¿Qué es Nectilea?— Pregunté, al leer esa palabra que me pareció rara y que me costó mucho pronunciar. Él se giró en la silla y palmeó uno de sus muslos, invitándome a sentarme en su pierna. — Distancia— Le recordé, con un leve nudo en la garganta. — Podemos ser lo que queramos, aquí no somos hermanos, Amaris— Dijo, firme, pero sabía que continuaba dolido por la situación. Hice un movimiento con la cabeza en dirección a la hoja, dándole a entender que vuelva a lo que iba a explicarme. Resopló y tomó la hoja, releyendola. — Los Nectileas son una r**a bastante peligrosa— Dijo, mirándome— Digamos que son la más fuerte de todas. Varias de ellas pueden controlar su instinto asesino pero otras no. Tienen cualidades muy diversas a la hora de reaccionar ante algún problema o situaciones complicadas: O te matan en el intento o saben dialogar hasta encontrar la solución. — ¿Pero no cualquier ser humano es así?— Contradije. — Claro— Concordó— Pero ellos tienen que controlarse mucho para no matar, no son como los humanos que solamente tienen que pensar y tratar de advertirse a través de la mente que no hagan aquella acción. Los Nectileas actúan antes de pensar. Es su instinto. Su Don se manifiesta al rededor de los nueve años, claramente a muy temprana edad. Tienen la habilidad de controlar objetos, de provocar catástrofes y podría decirse que si se esfuerzan mucho, te pueden lastimar sin ni siquiera tocarte. Y no sólo pueden hacer eso. — ¿Y qué más?— Insistí, apoyándome en el borde del escritorio y con los brazos cruzados sobre mi pecho. — Pueden enamorarte en sólo dos segundos. Su voz sonó como una advertencia, como si quisiera decirme que tuviera cuidado cuando salga allí afuera. — No creo enamorarme de ninguno— Lo tranquilicé, con una sonrisa nerviosa. — ¿Sabías que tu hermana Alia tuvo alrededor de cinco chicos atrás suyo? Y uno de ellos fue nuestro hermano Christian. Me quedé con la boca abierta. — Sí, Alia fue Nectilea— Me respondió como si hubiera leído mi mente— Sólo la conocí por fotografía y solo una vez había venido a casa con tu madre para limpiar. — ¿Pero la viste?— Pregunté, sorprendida. — Nop. Yo no estaba ese día en casa y mi madre me lo había comentado. Asentí, y otra vez me sentía algo mal por su muerte. Me hubiera encantado tener una hermana mayor que me guiara y me diera consejos. Aunque sea tener una sola oportunidad de conocerla y decirle que la quiero, a pesar de que jamás la había visto en persona. Se que mi hermano mayor era Fred, pero, no era lo mismo. El era hombre y claramente no podía confesarle cosas de una joven adolescente en pura etapa de desarrollo. — ¿Y cómo pueden enamorarte los Nectileas?— Pregunté, tratando de pensar en otra cosa que no sea Alia. — Mirándote a los ojos, supongo. En eso ya no soy experto— Dijo con franqueza. — ¿Y yo qué r**a soy? — Creo que Nefistea, ya te lo he dicho— Repitió, ofendido por mi falta de atención. — Lo sé, pero ¿qué puedo hacer? — Según papá, cuando eras bebé, te tuvieron que hacer una transfusión de sangre muuuy especial. — ¿A qué te refieres con eso? — Te estabas muriendo y te inyectaron la sangre de tu hermana en este pequeño corazón que tienes— Me dijo, tocando mi pecho con uno de sus dedos— Por más que no lo creas, la sangre de Alia está circulando en este preciso momento por tu cuerpo. Otra confesión más. Ya estaba completamente mareada. — No sabía nada de eso— Dije, soltando el aliento. — Por desgracia, soy el encargado de decirte muchas cosas que no sabes. — ¿Pero no es papá el que debe decirme todo esto?— Grité, enojada. — Porque es muy difícil decirte estas cosas y... — ¡Porque es un cobarde!— Lo contradije. Él no supo que decir y volvió la mirada hacia la hoja, intentando continuar con la explicación. — Cuando la sangre de algún familiar de r**a es inyectada a la otra persona, no se sabe que puede llegar a ocurrir. Por eso con papá no sabíamos que pasaría contigo. Hasta llegamos a creer que eras normal y que no pertenecías a ninguna r**a. Mordí mi uña, y luego aparté mi mano para no romperla. Este tipo de cosas me estaban llegándome muy de golpe. Eran muchas noticias por un día. Muchos secretos. — ¿Te parece si dejamos esto para después?— Pregunté, caminando hacia mi maleta. Escuché como la silla rechinó cuando Scott se levantó de ella. — ¿Quieres que nos quedamos aquí todo el día?Quiero saber que fue de tu vida después de que ocurrió la situación del bosque. Me estremecí, y deslicé la cremallera de la maleta con lentitud. Mis labios se apretaron e intenté mantener la calma. — No hice nada— Contesté, con frialdad. Sentí su presencia detrás de mi. Su calor corporal irradiando mi espalda. Una de sus manos viajó hacia la mía, que estaba demasiado ocupada sacando mis pantalones cortos. —Estás mintiendo—Susurró, contra mi oído. Un leve escalofrío recorrió mi nuca. Cerré los ojos, intentando evadir el dolor que me provocaba tenerlo tan cerca. Su nariz acariciaba mi cuello, subiendo y bajando, recorriéndolo. Me encantaba su contacto, pero estaba haciendo que todo se volviese más difícil para mí. Meses y meses tratando de olvidarlo, y parecían en vano, ya que mis esfuerzos eran desterrados con tan sólo mirar sus ojos. — ¿Cómo lo sabes?— Desafié, sin mover ningún centímetro de mi cuerpo y con voz muy tensa. — Pertenecer a una r**a ayuda bastante— Comentó, irónico. — ¿Tú también perteneces a una?— Pregunté, pero me senti estúpida ante tanta obviedad. — Digamos que soy más especial que todos los Bartons juntos. Pero luego hablaremos de eso. Tomó mis caderas y me giró sobre mis talones, hasta quedar frente a él. Sus ojos grises parecían traviesos y tristes a la vez. Me examinaba el rostro. No despegó sus manos de mi cintura. Una de ellas subió hasta mi mejilla, y comenzó a acariciarla con la yema de su dedo pulgar. — No utilicé mi habilidad para averiguar como la pasaste los últimos meses— Dijo, sincero— Por más que suene algo muy psicópata de mi parte, me he tomado el atrevimiento de ir una noche a tu casa para poder verte. Tú no me atendías y no me quedó otra opción que subir hasta tu techo y mirarte por la ventana que tiene. He visto como llorabas contra tu almohada hasta quedarte dormida. Me quedé helada, y sentí como mi corazón latía muy fuerte contra mi pecho, provocando un dolor punzante insoportable. No sabía que decirle. — Se que esto es muy difícil— continuó—, pero podemos superarlo. Podemos hacer que papá y tu madre no se enteren. Que sea nuestro secreto, y que deje de ser un maldito amor prohibido. Cuando cumplas la mayoría de edad y termines la secundaria, podríamos escaparnos y comenzar de nuevo, lejos de todo y... Uní mis labios a los suyos, callándolo. Era una manera sutil de parar su visión imposible del futuro. Era demasiado bueno para ser cierto. Él me correspondió el beso, tomándome con fuerza. Su respiración golpeteaba mi boca y la intensidad creció entre los dos. Se agachó un poco y me levantó del suelo, sujetándome los muslos. Rodeé mis piernas en sus caderas, dejándonos caer en la cama. Sentí mis ojos mojados. —¿Te he lastimado?— Me preguntó, preocupado, apartando su rostro del mio. — No— respondí rápidamente—Te amo demasiado y te he echado mucho de menos. Su expresión se relajó, mirándome con dulzura. — Te amo— Susurró contra mis labios. Cuando iba a volver a besarme, los golpes de la puerta nos sacaron de nuestra burbuja. — ¿Por qué todo el mundo se empecina a separarnos?— Masculló con rabia, apartándose de arriba mio y caminando hacia la puerta. Yo me levanté rápidamente y alise mi ropa con mis manos de manera torpe y frenética. Deslicé un mechón de mi cabello por detrás de mi oreja, esperando a que él abriera la puerta. En cuanto me miró sobre sus hombros y comprobó que estaba "presentable", la abrió apenas un poco. — ¡Qué hay Scott!— Escuché que gritó Carrie, con demasiado entusiasmo—Me han dicho que esta era tu cabaña y quería saber si podrias enseñarme el lugar. Ya sabes, tu eres instructor aquí y... Caminé hacia la puerta, con pasos firmes y con mi respiración demasiado acelerada. Tomé el pomo de la puerta y la abrí completamente, dándole a entender que él no estaba solo. Rápidamente el rostro de Carrie palideció. — Creo que hay muchos instructores disponibles que podrían ayudarte a recorrer el lugar— Dije, con voz prepotente pero sin perder la hostilidad. Sentí como Scott parecía ligeramente divertido. Carrie sonrió, nerviosa e incomoda. — Sólo es que él era la única persona que conocí, y bueno, ya sabes— Titubeó excusándose, con las manos temblandole y sin poder apartar la vista de mis ojos— ¿Tus ojos no eran castaños? Cuando iba a contestarle, Scott habló. — Creo que seria buena idea que vayas a recepción, allí podrás pedir un mapa y poder recorrer el lugar por tu cuenta. Yo estoy ocupado— Sermoneó él, con amabilidad. Ella lo miró a él y asintió, tragando con fuerza. Me lanzó otra sonrisa que parecía de disculpas y se marchó con paso apresurado. Cerré la puerta de un empujón y me crucé de brazos, lanzándole una mirada furiosa a Scott. — ¿Así estaré todo el verano?¿Alejando a zorras de lo que es mio?— Solté, con rabia. — Es imposible que se resistan a este cuerpesillo tan sexy— respondió, poniendo sus manos por detrás de su cabeza y comenzando a mover la pelvis. — Cállate. — Ven y hazlo.
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