CAPITULO 7

2065 Words
Néctileas: —r**a superior. —Fuertes, rencorosos y violentos. —Sin piedad ante decidir si debes vivir o morir. Es mejor mantenerse alejados de ellos ya que si los haces enojar, puedes darte por muerto. Habilidad: —Mover objetos y cuerpos. —Herirte sin ni siquiera posar un dedo en ti. —Levitan. Ojos: —Azules intensos. Herencia de sangre: —Abuelos. Néfisteas: —r**a continua de los Néctileas. —Sensibles y rencorosos. —No son para nada amistosos y también pueden provocarte la muerte si no les agradas. Habilidad: —"Huelen" tu estado de animo, sienten lo que tú sientes si se limitan a averiguarlo. —Te debilitan y con un sólo chasquido de dedos pueden matarte. Ojos: —Grises, verdes, o en raras ocasiones, azules. Herencia de sangre —Padre o madre. Néctisaled —r**a inofensiva. —Curandero de razas. —Siempre están allí para ayudarte. —Bondadosas, amables y honestas. —No saben mentir. Habilidades: —Volver a la vida a cualquiera que no sea humano, incluyendo animales e insectos. —Recuerdan todas sus vidas pasadas. Ojos: —Verdes o azules. Herederos de sangres: —Tios y tias. Néctarfia: —r**a inofensiva y hermanos de r**a Nectilea. —Personalidad variable. Habilidades: —Mover objetos. —Matarte si se lo proponen, pero cada vez que utilizan sus habilidades, su tiempo en la tierra se les descuenta un año. —Manejan el tiempo propio, pero no pueden alterar el tiempo "actual" de los demás. —r**a débil y poco común ya que mueren por la utilizacion seguida de sus dones. Herencia: —Padre o madre. Ojos rojos: —Poseen cualquier habilidad de todas las razas, exceptuando la habilidad del Néctarfia. Son una especie muy poco encontrada y varias personas han visto a alguna. —Su existencia es debido a la etapa de Corazón Sángrio y nace cuando sólo la persona está sufriendo una gran perdida de sangre durante el proceso de esta. —Para salvar su vida (en caso de emergencia) se le inyecta la sangre de cada r**a, parando su corazón por completo. Ojos: —Iris completamente inyectado de sangre. Herencia: —Ninguna. Cuando terminé de leer las anotaciones de Scott e intenté memorisarme de apoco cada una de las razas, decidí deshacer mi maleta y ordenar un poco la habitación. Estaba limpia, pero quería mantenerme ocupada para no pensar en nada más. Eran las tres de la tarde. Me había tomado una ducha y me resultaba imposible no tener la imagen continua de Alia en mis pensamientos. ¿Ella también sufrió el cambio de color de ojos?¿Mi madre alguna vez supo acerca de las razas? O ¿por qué mi padre jamás había abierto la boca? Me daba jaqueca todo lo que me había dicho Scott. Y ahora que él estaba aquí, conmigo, lo complicaba todo aún más. Le agradecía por informarme por todo, pero me daba rabia porque ese lugar tenía que ocuparlo mi padre, y no él. Cada tanto chocaba con mi reflejo en el espejo, y mi mirada iba directamente a mis ojos. Eran preciosos, pero esa belleza se iba cuando veía el ojo sangre que salia de mis pupilas negras. Me estremecí al recordar la r**a Ojos rojos. ¿Y si yo pertenecía a ellos?¿Si mi sangre había cambiado por completo cuando me inyectaron la de mi hermana para salvarme? ¿Había alguna posibilidad que sea ojos rojos por completo? Tenía que preguntarle a Scott que pasaba conmigo. Él se encontraba hablando con los instructores del campamento y ocupando su puesto en el enorme lugar. Ahora ya no podía ni siquiera llamarlo campamento,y tampoco podía llamarlo instructores. Según Scott esto estaba rodeado de personas de r**a, y parte de eso me daba miedo. Hasta me daba escalofríos hacer enojar por accidente a un Néctilea. Metí la ultima prenda de ropa en el ropero. Miré la habitación de forma distraída hasta que mi visión topó con un folleto. Lo agarré y comencé a mirar los diferentes horarios del lugar de los servicios y los centros de ayuda. También el lago dibujado en el pequeño mapa de orientación. Habían demasiadas cabañas dibujadas, y eso me confundía un poco, pero si lo llevaba conmigo me serviría de guía. Seguramente la estúpida de Carrie se había olvidado de leer el suyo y había acudido a Scott. ¡Ja! Eso seria francamente muy idiota de su parte. Saqué mi teléfono de mi bolso y marqué el numero de Scott. — ¿Qué pasa?— Preguntó, relajado. — ¿A qué hora vienes? — ¿Por qué? — No quiero recorrer el lugar sola. — ¿Estás pidiéndome una cita?Tengo mi agenda ocupada— Soltó, en tono burlón. — No seas idiota y ven en cuanto puedas. Este lugar me da mala espina y no conozco a nadie. — En una hora regreso. ¿Crees que vas a poder esperarme? Si quieres puedo mandarte a alguien de confianza. — Emmm...— Vacilé, ya que para mi nadie era de confianza, pero no me pasaría otra hora entera adentro de la cabaña— Bien. — Te alcanzare en cuanto pueda. Te amo, adiós. — Te amo. Corté la llamada, y me senté en la cama. Mientras que esperaba, fijé los ojos en la cortina que iba flameando por la entrada de la brisa. Me levanté y cerré el ventanal, ya que una idea había sido plantada en mi mente. Volví a sentarme en la punta de la cama. Apunté con una de mis manos la cortina, y comencé a mover uno de mis dedos, como si estuviese tocando la tecla de un piano. La cortina se elevaba lentamente, sin ayuda de ninguna bizca de viento. Fue levantando mi mano de forma lenta y paciente, y la cortina iba imitando mis movimientos. Esto era fantástico. Cuando me había dado cuenta. Tenía los brazos extendidos y estos parecían bailar una especie de compás que claramente la tela blanca seguía. Alguien tocó la puerta, y rápidamente mi acto de "magia" fue interrumpido. Me coloqué los anteojos de sol, ya que por más estúpido que fuese mi motivo, no quería que me vieran los ojos todavía. Fui directo hacia la puerta y la abrí unos centímetros. Una chica de cabello castaño atado en una cola de caballo, unos ojos avellanas, y con una remera de algodón verde con el logotipo del campamento, pantalones cortos del mismo tono, estaba parada con una sonrisa plantada en los labios. Parecía de unos veintitantos años. Su estatura era mediana, y también tenia una postura muy seria. — Tú debes ser Amaris ¿no?— Preguntó, con una voz sencillamente fina y consultando a su planilla negra que estaba en su mano. — Sí. Su sonrisa se expandió, notándose más confiable. — Soy Florencia — Se presentó, tendiéndome su mano que rápidamente estreché— Soy guía de aquí y me ha pedido mi compañero Scott que te enseñara el lugar. — Sí— me apresuré a decir nerviosa, sin poder dejar de mirarla a los ojos— Es que es mi primer año aquí y no conozco a nadie. — Lo sé— Entendió, pero su voz fue muy queda— Es decir, es obvio que te estés sintiendo así, la mayoría aquí son nuevos— Se excusó rápidamente. Sali de la cabaña con mi bolso de mano, y con mis anteojos de sol puestos. No quería que nadie viera mis ojos, a pesar de que para todo aquí fuese normal...creo. Me encantaba estar rodeada de arboles que construían un camino recto y en varias ocasiones en zigzag. Chicas y chicos de mi edad pasaban y charlaban animadamente, y en varias oportunidades alguno de los jóvenes me chiflaban o soltaban piropos con doble sentido que yo ignoraba haciendo oídos sordos. La mayoría eran chicos sumamente atractivos; cuerpos trabajados, sonrisas desafiantes y ojos de diversos colores en hipnotizaban. Para mi mala suerte, no había encontrado ojos oscuros u ojos castaños en varios de ellos, sólo encontré ese tipo de tonos en los instructores del campamento. —...En cada cabaña hay equipamiento de emergencias, por encima del ropero—Me indicaba Florencia, con mucha paciencia—Hay medicamentos de todos tipos que pueden curarte en segundos. El lago está a pocos metros de aquí, si sigues las indicaciones de los carteles amarillos. Si tomas por ese camino—Dijo, señalando un cartel que estaba lejano a nuestra izquierda—Te llevará a la clase de supervivencia y manejo de tu mente. Asentí, ya que lo único que podía hacer era eso. —Disculpa ¿a qué r**a perteneces?—Me preguntó, distraída y como si se le hubiese olvidado por completo. Yo me estremecí. Yo no sabía con claridad a que r**a pertenecía. —Tengo que descubrirlo aún—Me excusé, con voz nerviosa. Ella frunció el entrecejo, pero su expresión se dulcificó al instante. —Principiante ¿no?.¿Ya has probado tus habilidades?Si me dices una de ellas puedo decirte al instante qué eres. No confiaba en ella, pero quizá podría ayudarme más que Scott. —¿Mover la cortina de la cabaña sin moverla, cuenta? Mis mejillas se ruborizaron, e hice una mueca. No sabía si sentirme avergonzada por mi falta de conocimiento en el tema. —Emmm...—Titubeó, pensante y realmente intrigada en mi caso—¿No has hecho nada más?¿Recién has descubierto eso? Ahora parecía sorprendida, y tuve ganas de golpearla por haber elevado su voz y llamar la atención de todos los que pasaban cerca de nosotras. —Sí—confesé, ya sintiéndome molesta. Florencia sacó de su bolsillo trasero, lo que parecía un radio. Si, era un radio. Apretó la parte del costado de la cosa negra y pegó sus labios al aparato. —Javier, tenemos otro caso de conocimiento nuevo—Habló, guiñándome un ojo para que guardara la calma. ¿Qué estaba haciendo? Rápidamente, contestaron al otro lado de la radio. —Tráela al campo N—Soltó una voz bastante gruesa. —En cinco minutos estaremos allí. Florencia volvió a guardar el radio, y me dirigió la palabra a mí. —Allí te dirán qué eres con unas simples pruebas—Dijo, con voz entusiasmada. —¿Qué me harán? —Ya lo veras. Caminamos metros y metros hasta llegar a un enorme galpón de techo interminable. Con puertas corredizas de metal "frío" y varias personas entraban y salían de él. Estaba rodeado de flores de diversos colores,y parecía realmente muy bien cuidadas. El grisáceo de las paredes no dejaba a la vista lo que se conservaba por dentro. —Aquí ayudamos también a que prueben sus habilidades,por es bastante grande—Explicó, mientras ingresábamos al lugar. Sentí como varias personas del lugar fijaban sus ojos en mí. Algunos tenían los ojos tan intensamente azules que apartaba la mirada rápidamente por la impresión que me provocaba. Los instructores caminaban de aquí y allá, procurando que todas sus dudas fuesen aclaradas. —Por aquí. Seguí a Florencia y entramos a un pequeño local hecho por paneles grises que impedían el ingreso de ruido exterior. Había un montón de ellos dentro del enorme galpón. Había largas filas, esperando su turno. Florencia sacó nuevamente el radio. —¿La cabina veintitrés está despejada?Esta chica me agrada, y no quiero que espere en la fila—Le informó hablando a través de él. Ella me sonrió de forma cómplice y yo le devolví el gesto, agradecida. —Hay varias personas esperando y a ti te agrada todo el mundo, Florecilla—Mascullaron al otro lado del radio. —Tu no me agradas, Javier—Soltó con ironía cómica. —Dime algo que no sepa. Florencia cortó la comunicación y caminamos hasta el ultimo cubículo, que sólo esperaban cinco personas para ingresar. Me extrañó que no tuviese la misma cantidad de gente que las otras secciones. —Espérame aquí unos segundos—Me dijo ella, ingresando por la puerta que marcaba el numero veintitrés con tono de oro. Asentí y me abracé a mi misma. Flor me agradaba, pero el tono de sus ojos no delataba a que r**a pertenecía. O quizá no pertenecía a ninguna. Saqué la lista de razas que me escribió Scott y comencé a leer las partes en donde decía el color de los ojos, pero ninguno decía color avellana o algo parecido. —¡Hey, tú! Levanté la vista del papel, y me encontré con una chica de mi misma estatura, de cabello n***o por los hombros y con unos ojos intensamente azules, echando chispas. —Nosotros vinimos primero, niña rica—Avisó, con una amplia sonrisa falsa. El resto de la fila me miró sin expresión en sus rostros, pero parecían realmente enojados. —Es que Florencia me dijo que... —¿Te tengo que explicar otra vez? Nosotros. Hemos. Llegado. Primero—Cada palabra la dijo con lentitud, como si tuviera cinco años. Cuando iba a responderle, la puerta del cubículo se abrió. —Adelante Amaris—Me dijo Florencia. —¿Acaso no respetan el orden aquí?—Protestó la chica, fulminándome con la mirada. —¡Cierra la boca Ana!—Contestó Florencia, dándome a entender que ya la conocía. Ana volvió a decir algo, pero ya era demasiado tarde para escucharla ya que había cerrado la puerta detrás de mí. —Hola que tal—Se presentó un chico de piel morena, levantándose detrás del escritorio—Soy Javier, uno de los tantos Nectisaled que veras merodeando por aquí. Él, que parecía también de unos veintiséis años, me tendió la mano que con torpeza estreché. Sus ojos eran verdes, y casi brillaban con intensidad. Me indicó que tomara asiento en una silla de metal y volvió a sentarse detrás del escritorio. Florencia se sentó a mi lado. —Si quieres que averigüemos de que r**a provienes, creo que primero deberías sacarte los anteojos—Dijo Javier, con una sonrisa burlona en sus labios. —Oh, lo siento—Dije, sacándomelos. La sonrisa de Javier desapareció y oí como Florencia soltó una exclamación poco audible. Yo no comprendí sus reacciones, y comencé a preocuparme. Javier sacó del cajón de su escritorio un espejo circular que no tardó en ponérmelo delante. Ahora si entendía porque reaccionaron así. Mi ojo derecho había sido consumido por el rojo sangre que salia de mi pupila.
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