La lluvia caía con una furia contenida, como si el cielo quisiera advertirles que el tiempo se agotaba. Mateo, Bianca y Braulio estaban reunidos en el apartamento de Braulio por seguridad. La oscuridad de la noche solo era rota por el destello de los rayos. —Catalina no se mueve sin dejar rastro. Si alguien la vio, nos enteraremos —dijo Bianca, mientras terminaba una llamada con un amigo de la policía. —Según los que saben de Catalina, hay una casa en las afueras donde se ha visto entrar un coche con placas falsas. Coincide con la descripción de Catalina —agregó Braulio. Mateo asintió. Tenía el rostro endurecido, los ojos clavados en la fotografía de su madre con los moretones. Esa imagen lo desvelaba. Esa imagen lo encendía. —Vamos esta noche. No voy a esperar otro segundo —su voz era

