Al sur de Madrid – 05:42 a.m. En una bodega abandonada, Catalina caminaba entre cajas metálicas con códigos médicos vencidos. En el centro, sobre una camilla improvisada, yacía un cuerpo cubierto por una sábana. A su lado, un hombre moreno con acento balcánico activaba una consola portátil. —¿Estás seguro de que este es el punto de pulsación? —preguntó Catalina. —Sí. El dispositivo fue injertado justo debajo de la clavícula. Al detonar, emitirá una onda que desactivará todos los rastreadores en cinco kilómetros. Catalina sonrió con malicia. —Perfecto. Que se preparen para quedar ciegos. —¿Y qué hay del cuerpo? —Lo necesitamos por una sola cosa —respondió, alzando un bisturí—. Una voz. ****** HORAS DESPUÉS...... El humo aún colgaba denso cuando Mateo alcanzó la puerta metálica mar

