La casa estaba en penumbra, con las cortinas cerradas y el silencio flotando como una manta espesa. Andrea había preparado té, como si pudiera amortiguar el peso de lo que iban a hacer esa noche. Sobre la mesa del salón, estaba el diario de Brandon, desgastado en los bordes, las páginas llenas de tinta temblorosa. Frente a ella, Mateo, con la mirada baja; a su lado, Lucía, más rígida que de costumbre. —Gracias por venir los dos —dijo Andrea, con la voz entrecortada—. El agente Martínez me entregó esto… Lo escribió vuestro padre en prisión, antes de que Catalina lo matara. Mateo tragó saliva. El nombre de Brandon aún era un nudo en su garganta. Lucía apretó el borde de la silla, Andrea abrió el diario y comenzó a leer en voz alta: "No merezco que me escuchen, pero no quiero irme sin inte

