Valencia, España. Dos días antes. Ángela se sentó en el borde de la cama con las manos temblorosas, sosteniendo entre los dedos el sobre amarillento que Rodrigo le había dejado años atrás con la advertencia de no abrirlo “a menos que el pasado vuelva”. Y volvió. Había ignorado ese sobre durante más de dos décadas. Hasta que Mateo Vanucci apareció en su puerta, hasta que Biannca le habló de la caja metálica, de las cuentas escondidas… hasta que un nombre prohibido se coló entre los labios de los agentes: Catalina Creel. La misma que todos creían muerta. La misma a la que el mundo temía. La misma que, según todos, se convirtió en un monstruo. Pero Ángela sabía otra versión. La versión que no figuraba en informes policiales ni en notas de prensa. Catalina… era la niña que le peinaba e

