Tamí trabajó duro ese día, pero encontró poco oro. Ese mío era realmente muy escaso. Cátia había sido trasladada a las minas del sur, junto con Junior, por lo que pasó el día sola . Extrañaba a los dos amigos de alrededor. Sabía que a menudo comentaban sobre ella por la forma en que algunos la miraban. Pero a ella no le importaba mucho. Solo quería trabajar, ganar su dinero e irse. Cuando regresó a casa al anochecer, Albert todavía estaba en el mismo lugar con el caballo.
- Mamá, tenemos que darle un nombre.
- Es correcto. y que nombre me sugieres? ella preguntó.
- ¿Y Júnior?
Tami pensó por un momento:
- Bueno, no sé si Junior estaría muy feliz de saber que tiene un caballo con el mismo nombre que él.
- Pero me gusta mucho Junior y me gusta mucho el caballo, por eso quería que tuvieran el mismo nombre.
- ¿Qué tal si nos ponemos creativos y elegimos otro nombre?
- ¿Cuál quieres? - Dijo no muy emocionado.
- A ver... - pensó mirando al animal. El atardecer detrás de las verdes montañas lo tornaba dorado y pronto pensó: - ¿Qué tal Gold?
- ¿Oro? Este nombre es muy bonito... Pero nadie tiene un caballo llamado Oro.
- Nadie tiene un caballo llamado Junior tampoco, ¿verdad? Y sin embargo, querías. - Ella se rió: - Y ahora tenemos el primer caballo llamado Gold en la isla.
- Se llamará Oro. - Dijo el chico sonriendo feliz.
Albert acarició al animal y comenzó a hablarle, diciéndole cómo se llamaría, como si entendiera.
La cena estaba lista y ni siquiera tuvo tiempo de bañarse antes de comer. Estaba cansado. La lámpara estaba débil y Esperanca había dicho que había poco queroseno en la casa y que ya debían mucho en la tienda de comestibles.
- ¿Entiendes por qué no puedo dejar de trabajar? – dijo João a causa de la lámpara.
- Si no te detienes, morirás dentro de una mina. – observó Esperanca, molesta.
Inmediatamente miró a Tamí, arrepintiéndose de lo que había dicho. No quería traer malos recuerdos para su hija durante la cena. Tami se encogió de hombros.
- Madre esperanza tiene razón. No quiero volver a quedar huérfano, padre John.
João miró con ternura a Tamí:
- Hija, eres maravillosa. No sé qué haríamos sin ti.
- Así que deja de ser terco y empieza a pensar en salir de las minas. Ya prometí que nada nos faltará. Soy un buen prospector, lo sabes.
- Me gustaría mucho plantar... - observó. – ¿Te imaginas cultivar nuestra propia comida?
- Ni te lo pienses, Juan. - Dijo Esperanza.
- No puedo aceptar esto... Pagamos por nuestra tierra y no podemos cultivar en ella. Todo es tan caro en los almacenes... ¿Por qué traer lo que podemos cultivar aquí de afuera? Estoy seguro de que estas tierras son fértiles para la siembra, incluso con la escasez de lluvia. – dijo Tami.
- Y lo peor de todo es que nuestra forma de vivir, tan modesta y difícil, llama la atención de la gente de fuera de aquí. - dijo Juan.
- ¿A quién le importaría la forma en que vivimos? – preguntó Tami.
- He oído rumores de que un grupo de cantantes vendrá a la isla en unos días.
- ¿Cantantes? ¿Qué quieres aquí?
- Parece que quieren ver nuestra forma de vida y hacer una canción o algo... No entendí bien.
- ¿Hacer una canción sobre minería? – preguntó Tamí más para sí misma, con recelo. – ¿Quién haría una canción sobre minería?
- No sé mucho... Pero creo que realmente vendrán o el rumor no existiría.
- ¿Y alguien los conoce?
- Nadie sabe de aquí en la isla... Pero ya le pidieron permiso al dueño de la Compañía de Conquistadores y fue autorizado.
- ¿Y dónde se hospedarían? ¿No hay lugar para establecerse?
- Yo también pensé en eso. Deben ser personas acostumbradas a todas las comodidades que existen fuera de la isla... Llegar aquí y vivir sin luz, sin agua corriente... Dudo que duren mucho. Pero creo que son jóvenes, esos que no tienen idea de lo que están haciendo... Sólo quieren aparecer.
- Pero si ese fuera el caso, no querrían saber de los mineros. ella observó.
- Tal vez solo quieren divertirse y reírse de nosotros. - dijo John sin darle mucha importancia.
- Mamá, ¿puedo cantar con ellos? - Dijo Albert emocionado.
Todos rieron.
- No lo creo, hijo mío.
- ¿Porque? preguntó un poco decepcionado.
- Digamos... No son buenas personas... Pueden ser malas. – sabía que eso era suficiente para que el chico no se acercara a estas personas.
Él no continuó. Para él, el hecho de que fueran malvados era suficiente.
Hablaron mucho los dos y cuando Tamí dijo que alguien no era bueno, el chico no se le acercó. Tenían una relación de complicidad y cariño y el chico nunca contradecía a su madre... Siempre prestaba mucha atención a todo lo que ella decía.
Tamí se bañó antes de acostarse y mientras se preparaba para acostarse, Albert preguntó:
- Mamá, ¿el caballo come algo además de pasto?
- Necesita beber mucha agua, por lo que es mejor tenerlo siempre cerca del arroyo. Creo que puedes comer algún alimento específico... Pero no sé si tenemos el dinero para eso.
- Oro... Me gustó mucho el nombre. Mis amigos estarán celosos de mi caballo. – dijo sonriendo.
Tamí se arrodilló junto a su cama y lo besó:
- No quiero que seas un chico egoísta, Albert. Si tus amigos no tienen un caballo, puedes prestarles el tuyo para dar un paseo. ¿Puede hacer eso?
- Puedo. - él dijo.
- Prométeme que serás un buen chico, Albert. Y que siempre intentarás ayudar a los demás y lo harás cuando esté a tu alcance. Sé que somos pobres y tenemos poco, pero si podemos compartir este poco con alguien, lo haremos.
- Te lo prometo mamá. Pero ¿por qué me preguntas esto?
- Quiero que tengas un lugar en el corazón de las personas... Que se preocupen por ti y si algún día necesitas ayuda, que te ayude. Las personas malvadas y egoístas no son muy queridas y viven solas. Las buenas personas nunca se olvidan, como sus abuelos, Albert y Alberina. Siempre son recordados por todo el bien que hicieron por los demás... Su recuerdo vive en casi todos en esta isla. Las malas personas cuando mueren, simplemente mueren... Nadie recuerda siquiera que existieron.
- ¿Por qué la gente buena tiene que morir, mamá?
- No solo muere gente buena... También muere gente mala. ¿Porque? Creo que Dios lo hizo así.
- Mamá, hoy uno de mis amigos dijo algo malo... Me dijo que Rotsey te quiere matar.
- ¿Te dijeron eso? – preguntó, levantándose nerviosa.
- Sí.
- No importa lo que te dijo. Él no sabe de lo que está hablando.
- ¿Pero y si Rotsey te mata?
- No te preocupes, Alberto. Rotsey no me matará... Nadie me matará. Estaré vivo mientras me necesites, cariño.
- ¿Me prometes que nunca me dejarás?
- Te lo prometo, hijo mío.
- Si Rotsey hiciera algo contra ti no sé qué haría con él. - Dijo el chico.
- No hables así, Alberto. No quiero que sientas cosas malas, especialmente ira. Rotsey nunca me lastimará... No tanto como yo lo hice, pensó.
Se acostó al lado del niño, abrazándolo con fuerza y seguridad hasta que se durmió. Sabía que seguramente el chico que le había dicho eso a Albert había escuchado ese comentario en alguna parte. Había un fondo real. Seguramente Rotsey le estaba diciendo al pueblo que quería matarla. Tamí era una mujer fuerte, eso lo sabía... Pero ese comentario sobre su hijo la asustó. La forma más grande de lastimarla era a través del chico. Sabía que podía defenderse de cualquier cosa que intentara contra ella... Pero, ¿y el chico? Albert era un chico ingenuo y de corazón puro. Necesitaba redoblar su atención a Rotsey, especialmente alrededor de Albert. También sabía que la batalla entre ella y Rotsey era inevitable... Tarde o temprano tendrían que enfrentarse. Desde que eso sucedió, la venganza era lo que más deseaba. Ella admitió su culpa por lo que había hecho... Pero le gustaría que él también admitiera la suya algún día. Pero sabía que este día estaba lejos de llegar.
Esa mañana Tamí se despertó antes del amanecer, como solía hacer. Ahora tenía Gold, lo que acortaría sus viajes unos buenos minutos. Ensilló el caballo y se dirigió hacia la morada que su Viejo amigo del Mar. Esta estaba parada frente a su humilde casa y al ver a Tamí se dirigió hacia ella sonriendo feliz:
- Buenos días, niña Tami. Bueno verte.
Le ofreció un sorbo de té caliente a Tamí, quien lo sacudió suavemente. Tamí la miró en el resplandor del sol que asomaba sus primeros rayos... Qué arrugada tenía la piel. El cabello blanco y despeinado contrastaba con el cabello oscuro que le llegaba por debajo de la cintura. Siempre usaba el mismo vestido n***o largo y pesado.
- Admirando mi belleza? preguntó ella, sacando a Tamí de la foto.
- No... yo... - Tamí no sabía qué decir.
- Sé que soy muy viejo y mi apariencia no me recuerda a lo que alguna vez fui. Pero sí... una vez fui tan hermosa y joven como tú.
- Yo creo. – dijo Tami.
La Vieja se dirigía hacia el mar con su vieja copa de metal y Tamí la acompañaba. Ambos estaban admirando los rayos de sol sobre las hermosas olas del mar. Cada uno con sus propios pensamientos.
- ¿Llegaste a saber lo que veo para ti? le preguntó a Tamí.
- Sí. respondió la chica.
- No veo nada más que odio y tristeza en tu camino. Sabes cómo puedes cambiar eso, ¿no?
Tamí asintió afirmativamente. No me gustaría continuar con la discusión sobre Todi y el perdón que ella nunca podría dar.
- Veo a un hombre.
Tamí la miró con sorpresa y confusión. Por fin algo que no era dolor y sufrimiento, que era lo habitual ya lo que ya estaba acostumbrada.
- Viene a cambiar tu vida... Y te ayudará mucho.
- ¿Quién es él? ¿De donde vienes?
- No de la isla. Pero lo veo cerca. El hombre de los ojos negros. Puedes confiar en el.
Tami estaba confundida. Sería muy difícil para ella confiar en un hombre. Ya empezaba a pensar que el mar no traía noticias verdaderas.
- Fuertes ojos negros... Color de la noche. Pero aún la felicidad está muy lejos. Veo más figuras masculinas a tu alrededor... Pero todavía no puedo ver muy bien. El mar se confunde... O no me quiere decir.
- Podría ser... Las olas no parecen muy tranquilas hoy. – observó Tami.
- Grandes trampas te tendieron en tu destino. No hay escapatoria.
- Sigo creyendo que puedo cambiar mi destino, Viejo. Tú lo sabes.
- Veo mucha riqueza... Pero lejos de tu hijo.
Tamí no quería oír más. Un mal presentimiento se apoderó de su cuerpo y supo que necesitaba salir de allí. Las predicciones de la Vieja del Mar a veces la atormentaban, pero especialmente en ese momento la estaban poniendo muy incómoda.
- ¿De qué serviría tanta riqueza sin mi hijo? Eso nunca sucederá. Nunca estaré lejos de Albert.
- Tu destino está establecido y no se puede cambiar.
Tamí se fue sin despedirse. No quería saber más sobre su triste futuro. ¿Sería así para siempre? ¿Tristeza y más tristeza? ¿Cuándo serías feliz? No quería creer lo que decía el Viejo, pero al mismo tiempo se sentía incómoda. Ella fue a su mina. Ese día el cielo estaba especialmente azul y sin nubes y el sol parecía brillar más. Sería otro día así, sudoroso y con mucho calor. Mucho polvo cercano oscurecía la vista más allá del horizonte. Trabajó tan duro que al final de la tarde estaba exhausta. Pero había valido la pena, ya que había encontrado mucho oro. Mientras cambiaba sus piedras por valles, vio que había un poco de confusión y se alejó unos kilómetros, cerca del puerto viejo. Todos los que salieron de las minas fueron allí, algunos incluso corriendo. No pudo evitar sentir curiosidad y preguntó qué estaba pasando.
- Llegan los cantores que escribirán sobre la isla. - Dijo la mujer rápidamente dirigiéndose hacia allí también.