Cuando Tamí se dio cuenta de que Todi estaba con ella, trató de huir, pero ya era demasiado tarde.
Era muy ágil y era más rápido que ella. La arrojó con fuerza al suelo, tirando de su vestido blanco sobre su rostro. Trató de liberarse, pero su pequeño y delgado cuerpo no tenía posibilidad de moverse. Todo esfuerzo por luchar fue en vano... ella era un guijarro de oro en manos de un buscador ambicioso. Debajo de la delgada tela, podía ver el azul del cielo y solo escuchaba el sonido del mar, las olas rompiendo con fuerza en las rocas que formaban el acantilado detrás de ella... Nadie vendría a ayudarla en ese lugar. Pensó en sus padres y en dónde estarían sus almas en ese momento... y si de alguna manera estaban viendo lo que estaba pasando y podían ayudarla. Lágrimas gruesas y silenciosas quemaron su rostro.
Cuando Todi se bajó de ella, tenía la mirada más oscura que jamás había visto en su vida. Él se estaba abrochando los pantalones, sin dejar de mirarla, sin decir una palabra, solo su rostro satisfecho de placer. Se llevó las manos a los costados, tratando de encontrar algo... palpó una roca y vio lo grande que era. Se dio la vuelta para seguir su camino, como si nada hubiera pasado. Sin pensarlo dos veces, Tamí recogió la enorme roca y se la tiró por la cabeza. Cayó inconsciente al instante. Impulsada por la ira, continuó golpeando la roca sobre su cara en el suelo. El temor que sentía era enorme y su odio y rabia insoportables. Sabía que ese día nunca se borraría de su mente. Movida por la desesperación, arrastró el cuerpo hasta el borde del acantilado y sin pensarlo lo arrojó desde lo alto. Las repentinas olas pronto arrastraron el cuerpo hacia el mar y en poco tiempo ya no pudo verlo más... Todi estaba muerto.