Dana recorrió con la mirada el salón de baile, buscando a Franco. Él la había dejado hace un rato, cuando alguien lo llamó. Habían pasado diez minutos desde que la dejó, y aún no había regresado. Ya estaba considerando irse a casa. Honestamente, no estaba disfrutando de la velada porque no conocía a nadie allí. Franco le presentó a algunas personas antes, pero no quería hablar con ellas porque le intimidaban. Y lo peor de todo, sus piernas empezaban a dolerle por estar de pie tanto tiempo. No había asientos disponibles en el salón de baile. Dana soltó un profundo suspiro. Poco después, se puso erguida cuando notó que un hombre se acercaba a ella hasta que llegó a su lado. —Hola— la saludó con una sonrisa, al detenerse frente a ella. Y cuando sonrió, ella vio los profundos hoyuelos en su

