Dana soltó un profundo suspiro mientras esperaba que Franco regresara a su oficina. Tenía otra reunión con un inversor; por eso había dejado la oficina. Se quedó sola ahí. Quería irse a casa, ya que no tenía nada más que hacer, pero no quería desobedecer sus órdenes. Más temprano, después de que almorzaron y ella descansó un poco, le preguntó a Franco si podía irse. Sin embargo, él le dijo que se quedara y que se irían juntos. Dana quería protestar, pero no quería enfadarlo de nuevo. A Franco no le gustaba cuando ella se oponía a sus deseos. Dana había aprendido que él esperaba obediencia en todo lo que decía. Si lo contradecía, él fruncía el ceño, una señal de que no le gustaba lo que ella hacía. Cada palabra que salía de su boca es una ley, especialmente cuando ella estaba en su propio

