Me quedo estática, con los pies clavados en el piso como si el suelo me hubiera absorbido las ganas de correr o siquiera moverme. Estoy congelada bajo el peso de su presencia, de su descaro tan propio, tan Malachi Ferrari, ese que me arrastra a su órbita incluso cuando quiero odiarlo. Su mirada está clavada en mí, tan punzante que siento cómo me penetra hasta el fondo del pecho. Y yo, simplemente...no puedo dar un solo paso. Termina de entrar y solo logro retroceder un paso, uno solo, que apenas sirve para defenderme de la invasión que significa él. Cierra la puerta con la calma de quien sabe que tiene ventaja. ―Giuseppe, per favore, mettete i fiori di mia moglie nel nostro vaso e lasciateci la privacy. (Por favor coloca las flores de mi esposa en nuestro florero y danos privacidad) ―Su

