Capítulo: Bajo su protección.

1008 Words
Serena salió corriendo con el alma rota, el dolor era tan agudo que apenas podía respirar. Sus piernas flaqueaban, pero no podía detenerse. Sin embargo, de repente, sus fuerzas se agotaron. Cayó de rodillas en la tierra húmeda, sus manos rozaron el suelo como si buscara agarrar algo que la anclara a la realidad. Las lágrimas brotaron sin control, su cuerpo entero temblaba bajo el peso del dolor. Pensó en su padre, en su risa, en sus consejos… ya nunca más volvería a escuchar su voz. «¡Papá, prometiste que nunca te irías sin despedirte!» La exclamación se escapó de su garganta como un susurro roto, pero resonó en su mente con fuerza devastadora. «¡Ahora nunca volveré a verte! ¡Jamás!» Su sollozo era un lamento profundo, como si todo el dolor del mundo se hubiera concentrado en ese momento. El vacío que su padre había dejado se sentía como una herida abierta, imposible de sanar. Leonid la observaba desde la distancia, su figura imponente destacaba contra la vista que se cernía sobre el paisaje. Caminó hacia ella, y cuando se detuvo a su lado, sus ojos no mostraron ni una pizca de compasión. —¿Dónde está su cuerpo? —preguntó—. Dime, Volko, ¿cómo murió? —Fue la bestia, la misma que te atacó ayer —respondió Leonid, su voz llena de una fría certeza—. Lo mató sin piedad. Los ojos de Serena se agrandaron, la incredulidad la paralizó, y por un segundo no pudo procesar lo que estaba oyendo. —¡No! ¡Maldita bestia! —gritó, sus palabras llenas de furia y desesperación. —¡Maldito sea… mató a mi padre! ¡Yo lo mataré a él y a toda su maldita descendencia! Leonid, en su interior, se sintió tentado a reír, pero se contuvo. La ironía de la situación era palpable, y una pequeña sonrisa torcida se asomó a sus labios, aunque no la dejó escapar. «Qué ingenua es. Si supiera que su peor enemigo está frente a ella, si tan solo supiera que soy yo quien la llevará a la ruina» Su mente maquinaba con frialdad, pero sus palabras fueron cuidadosamente elegidas. «Está bien, ódiame, Serena, pero antes de que me odies, aprenderás a amarme. Y cuando caigas, lo harás con tal dolor que desearás nunca haberme conocido» Serena, sin embargo, estaba sumida en un torbellino emocional. Se levantó con dificultad, su voz temblaba de rabia mientras preguntaba: —¿Por qué lo mató? Mi padre era bueno, ¡mi padre era incapaz de dañar a nadie! Leonid contuvo la risa, su mandíbula se tensó mientras se agachaba ante ella. Su mano fría rozó la mejilla de Serena, una caricia tan inesperada que hizo que su cuerpo se estremeciera por completo. Los ojos de Serena, llenos de lágrimas, se encontraron con los de él, pero no halló consuelo. Solo había una fría verdad en la mirada de Leonid. —Lo siento, pequeña —dijo en un susurro, su tono grave como si cada palabra llevara un peso inmenso—. No quiero matar tus ilusiones, pero tu padre, Viktor, era m*****o de la mafia. Fue un traidor que jugó a dos bandos. Fue descubierto y pagó el precio. Al parecer, traicionó a la bestia, matando a su familia. Por eso, ayer vinieron por ti. Serena negó con la cabeza, los temblores se hicieron más intensos, y su rostro palideció aún más. —¡No! Mientes, mi padre no era capaz de eso. ¡Él nunca haría algo así! —Tu padre tenía un lado oscuro, Serena —dijo Leonid, su voz baja, cargada de una gravedad que no dejaba espacio para la duda—. Pero no te angusties, él te amaba. Nunca te dejó sola. Y por eso estoy aquí, a partir de ahora seré yo quien te cuide, porque tu padre me dejó a cargo de ti. Las palabras de Leonid le hicieron sentir un escalofrío profundo. Serena lo miró con los ojos desorbitados, incapaz de comprender del todo lo que estaba sucediendo. —¿Qué…? —exclamó, completamente desconcertada. Se levantó, y sus manos aún temblorosas al recibir la carta que Leonid le tendió. Abrió el sobre con rapidez, su mente dando vueltas a lo que acababa de escuchar. El papel crujió bajo sus dedos, y empezó a leer. —¿Por qué mi padre te dejó a cargo de mí? —preguntó, su voz quebrada. —Viktor y yo fuimos amigos, y por eso me encomendó tu cuidado. —¿Y qué es eso que él te dejó? —preguntó Serena, viendo la carta que él sostenía con tanto misterio. Leonid la miró por un momento, su rostro ahora impenetrable. —No lo sé, pero pronto lo sabré. Serena sintió una ola de desesperación envolviéndola. La realidad la golpeó con fuerza. Ya no quería saber más, ya no quería aceptar que todo aquello fuera cierto. El dolor de perder a su padre la consumía. —Yo no quiero que me cuides —dijo, su voz tensa. —No te necesito. ¡Solo quiero a mi padre de vuelta! Leonid dio un paso hacia ella. Sin decir palabra, levantó su barbilla con una mano fría, haciendo que Serena levantara la vista. Sus ojos eran tan intensos que parecía que veía a través de ella. —Lo siento, pero me tendrás a mí. Te cuidaré, me quedaré a tu lado —dijo, su tono firme, mientras la distancia entre ellos se reducía rápidamente—. Te protegeré de la bestia, y para hacerlo, te haré mi esposa. Serena se quedó paralizada, los ojos abiertos de par en par, el asombro y la incredulidad se reflejaban en su rostro. No podía creer lo que acababa de escuchar. —¡¿Qué has dicho?! —preguntó, su voz temblando entre la confusión y el horror. Leonid la miró fijamente, sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa fría. —Serena, para protegerte, debo convertirte en mi esposa. Es la voluntad de tu padre. Recuerda eso.
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