Capítulo: Piel caliente

1473 Words
Serena retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos. —¿¡Esposa?! ¡No! —exclamó, con la voz temblorosa—. Yo… yo no quiero ser tu esposa. Leonid no pareció alterarse por su reacción. De hecho, sonrió, como si lo hubiera estado esperando. —¿Y por qué no? —su voz era serena, casi dulce—. Quiero cuidarte. Es mi forma de protegerte… aquí no estás a salvo. La bestia podría venir por ti en cualquier momento. Una oleada de escalofríos recorrió su espalda. El nombre de “la bestia” tenía un peso desconocido hasta entonces, algo que perforaba la calma artificial en la que su padre la había criado. —¡No tengo miedo! —gritó, más para convencerse de que por valentía—. Si la bestia me busca, ¡que me encuentre! ¡Yo misma lo mataré! Leonid desvió la mirada, ocultando la sonrisa torcida que se le formó en los labios. —Piénsalo, pequeña —murmuró con una voz rasposa que parecía acariciar su piel sin tocarla—. Lo hago por tu bien. Serena lo observó detenidamente. Había algo en ese hombre… algo salvaje. Una mezcla de belleza peligrosa y dominio que la inquietaba profundamente. —Pero... cuando uno se casa es por amor. Papá solía decir que… que uno comparte hasta la cama solo con quien ama. ¿Por qué estaría contigo si no te conozco? «Niña lista», pensó él. «¿Quieres jugar juegos tontos conmigo?». Leonid se acercó sin prisa. La tomó del mentón con una suavidad inesperada, acunando su rostro con la palma de la mano. —Entonces… deberías conocerme, Serena. El calor de su aliento le rozó la piel. Serena sintió que las piernas le flaqueaban. Recordó el beso robado de días atrás. Había sido breve, pero aún lo sentía. Dio un paso atrás, alejándose de él con el corazón desbocado. —No quiero… —susurró con la voz rota. Leonid se limitó a sonreír. —Ve a descansar. Mañana debo irme, pero no te angusties… —la miró con una intensidad extraña—. La bestia no se atreverá a lastimarte mientras yo esté cerca. Serena asintió débilmente. Subió a su habitación, cerró la puerta y se tumbó en la cama. Lloró en silencio hasta que, finalmente, cayó en un sueño inquieto. Despertó a mitad de la madrugada. El frío la rodeaba como un sudario, pero no fue eso lo que la hizo sentarse de golpe. Él estaba allí. Leonid. De pie al lado de la cama. Mirándola. Ella se cubrió al verlo, porque esa mirada parecìa devorarla sin piedad, sin tregua. —Duerme, pequeña —murmuró—. Estoy aquí… cuidándote. —No… —Serena tragó saliva—. No necesito que me cuides. Puedo hacerlo sola. Leonid se acercó con calma y posó un dedo sobre sus labios, acariciándolos apenas con la yema. —Debo hacerlo. Es mi deber. Sus palabras eran una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Serena volvió a cerrar los ojos, aunque su corazón latía con tanta fuerza que sentía que podía despertar a todo el pueblo. Cuando volvió a abrirlos, él ya no estaba. *** Por la mañana, el aroma del pan recién hecho la atrajo a la cocina, pero al entrar soltó un grito ahogado. Leonid estaba sin camisa. Su espalda ancha, sus músculos definidos y ese aire de fiera domesticada eran demasiado para ella. —¿Nunca habías visto a un hombre así? —preguntó con burla. —Mi papá… pero él dice que los hombres y las mujeres no deben verse sin ropa hasta que se casan. Leonid rio con desprecio. «Viktor, no preparaste a tu niña para el mundo real… podría convertirla en mi salvaje lujuriosa». —¿Nunca saliste de Iliria? —preguntó, fingiendo sorpresa. Ella negó con la cabeza. —Papá decía que el mundo de afuera es peligroso. Aquí es tranquilo. —Tu padre tenía razón… en parte. —Se puso la camisa lentamente, sin dejar de observarla—. Pero incluso en la montaña negra, hay monstruos que esperan la oportunidad. —¿La bestia? Él no respondió. La miró como si supiera algo que ella aún no debía saber. —Debo irme. Tengo negocios que atender. Volveré esta noche. Pórtate bien. *** La fiesta de Santa Mira envolvía el pueblo con su música y alegría. Serena aprovechó para vender sus jabones, perfumes y pieles. Al menos eso la distrajo de su tristeza. Vendió casi todo lo que llevaba y, al caer la noche, emprendió el camino de regreso a casa. Un silbido la hizo girar. —¡Andin! —exclamó con alivio—. Me asustaste. Él sonrió, pero sus ojos no brillaban como antes. Andin recordó que esa mañana vio a un hombre salir de casa de Serena. «Ella parecìa tan inocente, pero es una mujerzuela que se vende por dinero» —Cortemos camino por el bosque. Ella dudó un segundo, pero lo conocía desde niña. Siempre había sido su amigo. ¿Qué podía pasar? A mitad del trayecto, Andin se detuvo. —Serena… ¿Cuánto vales? —¿Qué? —¿Cuánto? —sacó un fajo de billetes y los arrojó a su rostro—. ¿Es suficiente para follar contigo? Serena se quedó helada. El tiempo pareció detenerse. Entonces, su reacción fue instintiva. Le dio una bofetada con toda su fuerza. —¡Asqueroso! Intentó correr, pero él la sujetó con violencia. La arrojó al suelo. Su cuerpo era una prisión. Sus manos, garras. Intentaba desnudarla, forzarla. —¡NOOO! —¿Acaso no puedo pagar por tu sexo, pero ese mafioso sí? Gritó, pataleó, arañó. El terror era nuevo, crudo, absoluto. Nunca se había sentido tan indefensa, tan impotente. Con desesperación, tomó un puñado de tierra y lo lanzó a sus ojos. Él gritó, maldijo. Ella se liberó, corrió. Las ramas la golpeaban el rostro, las piernas, pero no paraba. El río apareció como una salvación. Se lanzó sin pensarlo. El agua helada mordía su piel, pero la mantenía a salvo. Se sumergió, conteniendo la respiración solo un minuto, luego logró salir. Escuchó el silencio. Cuando por fin salió, temblando y con el alma hecha trizas, corrió a casa. Y lloró. Lloró por su ingenuidad. Por la traición. *** Cuando Leonid llegó a la cabaña, el silencio lo golpeó como una bofetada. Ella no estaba allí. Su mandíbula se tensó. Los ojos recorrieron cada rincón, buscando una señal, una sombra, un rastro. —¡Maldición! —gruñó entre dientes—. ¡Debí dejarla vigilada! Entonces, lo oyó. Pasos rápidos, descompasados. Giró de inmediato. Y ahí estaba. Serena. Empapada, con el vestido rasgado por los tirantes, temblando como una hoja sacudida por el viento. Sus manos luchaban por cubrirse el pecho, mientras su cuerpo entero parecía al borde del colapso. —¡Serena! —corrió hacia ella—. ¿Qué te pasó? Los labios de la joven apenas se movían. —Andin… él… enloqueció… intentó… Leonid no necesitó escuchar más. La rabia le rugió en las venas como una tormenta salvaje, incluso si quería que sufriera, quería que solo él fuese la causa, nadie más tenía derecho. La tomó en brazos con una delicadeza feroz y la llevó directo a la habitación. —Estás helada —murmuró al tocar su piel—. Puedes enfermarte si no entro en calor contigo. No perdió tiempo. Comenzó a desnudarla con movimientos firmes, pero casi suaves, quitando la ropa mojada que se le pegaba como una segunda piel. El cuerpo de Serena, casi inconsciente, seguía temblando. Entonces, él también se despojó de la ropa. No por deseo… o al menos eso quiso creer… sino por necesidad. El calor humano era la única forma de evitar una hipotermia leve que podría agravarse. La envolvió en mantas calientes, recostándola en la cama. Luego se tumbó a su lado, pegando su cuerpo al de ella. La sintió. Tan frágil. Tan hermosa. El contacto de su piel, incluso helada, lo encendía como brasas ocultas bajo la nieve. Cada centímetro de ella era una provocación silenciosa, una súplica muda que lo desafiaba a perder el control. Pero no lo hizo. No está vez. La abrazó con fuerza, conteniéndola entre sus brazos como si pudiera fundir el hielo con su sola voluntad. Serena abrió los ojos un instante. Lo miró. Sus pupilas dilatadas, su cuerpo agotado, su alma rota. Y luego, simplemente… se quedó dormida. La respiración de Leonid se volvió más densa. Su cuerpo ardía, deseaba, exigía. Podía quitar esa manta, podía hacerla suya, podía ser la bestia que la devorara con caricias. Pero no. Apretó los dientes. Cerró los ojos. Y eligió resistir. «Esperaré, pequeño corderito…», pensó, acariciándole el cabello con ternura oscura. «Un día… tu piel será mía. Y te devoraré a besos hasta que olvides el mundo entero».
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