Leonid estaba encerrado en la cámara de tortura. El ambiente era oscuro, húmedo, sofocante. Las cadenas colgaban de las paredes de piedra, y en el centro, él se arrodillaba, con el torso desnudo y la espalda marcada por decenas de heridas abiertas. Cada latigazo que él mismo se propinaba desgarraba su piel con furia, como si quisiera arrancarse el pecado de encima. Gotas de sangre recorrían su espalda mientras el látigo caía una y otra vez con b********d. Lloraba. No era un llanto silencioso ni orgulloso, era el llanto de un hombre quebrado, destruido por dentro. Se derrumbaba con cada recuerdo que volvía como una puñalada directa al corazón. —Serena… perdóname… —murmuró entre sollozos—. Vuelve a mí… Cayó al suelo de rodillas, jadeando. Golpeó el suelo con el puño, impotente, rabioso,

