Mateus caminó por el sendero de grava con pasos silenciosos, como si no quisiera perturbar ni siquiera al viento. Llegó a ese lugar. Abrió la puerta con lentitud, como quien teme encontrarse con un fantasma. El lugar estaba en silencio absoluto. Entró. Allí estaba ella. Verónica. Tendida sobre la cama, con los ojos cerrados y la piel tan pálida que parecía una muñeca de porcelana abandonada. Su cabello desordenado cubría parte de su rostro, y sus manos descansaban sin tensión sobre el abdomen. Por un instante, Mateus dudó. «¿No dijeron que había despertado?», pensó con una mezcla de desconfianza y fastidio. Rodó los ojos. Siempre había sido igual: incompetente, torpe, una herramienta útil solo hasta que dejaba de servir. Verónica había sido su aliada. Su amante. Su peón.

