—¡¿Qué dices?! —gritó Serena, dando un paso atrás, como si aquellas palabras fueran un puñal directo al pecho. Su mirada se clavó en la mujer frente a ella, una figura elegante, cínica, de sonrisa venenosa. El corazón de Serena latía con violencia, como si quisiera salirse de su pecho. No podía creer lo que acababa de oír, no quería creerlo. —No… no puede ser verdad —murmuró, pero su voz tembló, débil, ahogada en la confusión y el espanto. La mujer rio. Una risa seca, sin alma, como si disfrutara cada segundo de la devastación que había provocado. —Ay, Serena… eres tan ingenua. ¿De verdad creíste que estabas segura en la guarida de los lobos? Serena sintió cómo una corriente de fuego se esparcía por su cuerpo. La rabia le subió como lava por la garganta, le quemó los ojos, le endur

