Quiso hablar. Quiso negarse. Pero la humedad entre sus piernas la delató. Sin mirarlo, se acercó a la mesa. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de anticipación. Se subió despacio, deslizó las rodillas sobre la madera fría y se colocó en la posición que él le había ordenado. —¿Así? —dijo, con voz temblorosa pero desafiante. Leonid soltó un gruñido bajo, profundo, satisfecho. —Así… exactamente así. Se acercó a ella y deslizó sus manos por los muslos, por sus caderas, por la curva deliciosa de su trasero. Su lengua no tardó en unirse al festín. Y entonces, el mundo se detuvo para Serena. Ya no había fiesta. Ya no había mentiras. Solo él. Solo su boca. Solo ese deseo salvaje, sucio, brutal. Y por primera vez en mucho tiempo, ella no quiso pensar. Solo sentir. La lengua de Leo

