Leonid estaba en su despacho, desbordado por una furia que nacía desde lo más profundo de su alma. El silencio de la noche no le ofrecía consuelo, solo lo enfrentaba a su culpa. Su respiración era agitada, sus pasos erráticos. Parecía una bestia enjaulada. De pronto, lanzó un jarrón contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos, pero ni siquiera eso lo alivió. Tomó los libros que estaban sobre su escritorio y los arrojó al suelo con un gruñido ahogado. Su cuerpo temblaba, pero no de frío… sino de desesperación. Sus ojos estaban inundados de lágrimas que no quería derramar, pero no pudo contenerlas. Cayó de rodillas, con ambas manos en el rostro. —¡Hijo…! —gimió entre sollozos—. ¡No pude salvarte…! ¡Perdóname! El rostro de su pequeño se le aparecía una y otra vez, con el mismo ge

