Estuve casi todo el día con Amelia; ella me ayudó con cada detalle del vestido, un impresionante azul y dorado que caía como un río de seda sobre mi figura. Ondularon mi cabello con paciencia, colocaron la corona perfectamente centrada sobre mi cabeza y añadieron las joyas que completaban el conjunto, aunque yo insistí en usar mis pendientes de esmeralda, pequeños rebeldes destellos de mi propia voluntad. —No, Alessia, para la presentación de hoy son demasiado llamativos. Este conjunto resalta tu elegancia sin distraer —dijo, con una sonrisa aprobatoria. —Ustedes tienen sus costumbres y yo las mías —dije, mi voz firme y desafiante, mientras recorría mi reflejo en el espejo, consciente de que, aunque cumpliera con las tradiciones, no renunciaba a mi carácter ni a mi esencia. —¿Debo rapar

