Alessia
Me desperté cuando la sirvienta entró en la habitación. Movía las cortinas con suavidad para dejar pasar la luz del amanecer, como si tuviera miedo de despertarme del todo. Era joven, de cabello oscuro recogido en una trenza larga y ojos color miel que parecían no perderse detalle. Se llamaba Mireya.
—Buenos días, mi sultana —dijo inclinando la cabeza—. El sultán ha ordenado que le sirva el desayuno en su habitación.
Me incorporé lentamente, aún con el peso del cansancio y la incomodidad en el cuerpo. Miré alrededor: todo en aquella habitación olía a poder ajeno, a un lujo que no me pertenecía.
—No tengo hambre —respondí con voz ronca.
Mireya bajó la mirada, aunque pude notar un leve temblor en sus manos.
—No puedo desobedecer al sultán —susurró—. Si no come, creerá que no está... satisfecha con su matrimonio.
Apreté las sábanas, conteniendo la rabia que me subía por la garganta.
—Dile al sultán que la sultana no es su prisionera.
Mireya alzó la vista, temerosa, y se acercó un poco más.
—Le aconsejo que no hable así, mi señora. Aquí, cada palabra puede costar algo… o a alguien.
—Mireya, ¿dónde está el príncipe Mustafa? —indagué con un hilo de voz, tratando de mantener la calma, aunque el corazón me latía con fuerza—. Necesito saber qué pasó.
—Nadie lo sabe, mi sultana —respondió ella bajando la mirada, con un tono casi temeroso—. El Sultán Malik estaba muy enfermo… todos pensábamos que iba a nombrar heredero al príncipe Mustafa, pero… cambió de opinión.
Sentí un nudo en la garganta. Mireya continuó, casi en un susurro:
—En sus últimos días mandó llamar al príncipe Suleiman. Nadie entiende por qué. Mustafa no estaba en palacio cuando el Sultán murió… y cuando regresó, el trono ya tenía dueño.
—¿Y qué pasó después? —pregunté, mi voz tembló a pesar de mi esfuerzo por mantenerla firme.
Mireya miró hacia la puerta antes de responder, asegurándose de que nadie escuchara.
—Desde esa noche, mi sultana, nadie ha vuelto a ver al príncipe Mustafa. Algunos dicen que fue enviado al exilio… otros, que… —calló de golpe, mordiéndose el labio.
Me incorporé de la cama, el camisón deslizándose sobre mi piel como si me pesara.
—¿Qué, Mireya? ¿Qué dicen?
Ella respiró hondo.
—Que el príncipe está muerto… y que el nuevo sultán no quiere que se hable de él.
El silencio que siguió fue tan denso que apenas podía respirar. Sentí las lágrimas quemarme los ojos, pero no iba a llorar delante de nadie. No aquí. No en su palacio.
—No entiendo nada… —dije molesta, poniéndome de pie—. ¡Suleiman es un bastardo!
Mireya se sobresaltó de inmediato, sus ojos se abrieron como platos y dio un paso atrás.
—Mi sultana, por favor… —susurró con urgencia—. No puede hablar así de su esposo. Aunque sea la sultana, él tiene derecho a castigarla si la escucha decir eso.
La miré con incredulidad.
—¿Castigarme? ¿Por decir la verdad?
—Aquí la verdad no importa —murmuró ella, bajando la voz hasta que apenas se oía—. Solo importa lo que el sultán decida que lo sea.
Me quedé inmóvil. Por un instante, comprendí lo que significaba realmente estar allí: no era una reina, ni una esposa… era una posesión más del sultán.
—Entonces dime, Mireya —dije con una sonrisa amarga—, ¿también decidirá cuándo puedo respirar?
Ella no respondió. Solo bajó la cabeza, temblando.
—Yo solo quiero protegerla, mi sultana. Aquí las paredes oyen… y las palabras, a veces, matan.
Desayuné en la cama y, tras obligarme a comer aunque no tenía hambre, me vestí para salir. El vestido era pesado, cargado de adornos y joyas que me hacían sentir más prisionera que reina. Caminé por los pasillos silenciosos del palacio, observando las paredes cubiertas de tapices dorados y guardias que evitaban cruzar la mirada conmigo.
Fue entonces cuando la vi. Lilian, la madre de Mustafa. Siempre impecable, con un porte regio y vestidos que parecían hechos de pura seda. Su elegancia natural contrastaba con la dureza de su expresión. Desde que la conocía, jamás me había dedicado una sonrisa sincera. Me despreciaba, igual que a mi familia… aunque, paradójicamente, era muy amiga de mi abuela Salma.
—Alessia… —me llamó con voz apremiante, caminando hacia mí—. Necesito tu ayuda, cariño. No sé dónde está mi hijo Mustafa. Ese bastardo es capaz de hacerle daño.
Supe de inmediato a quién se refería.
—¿Y qué puedo hacer yo? —pregunté con frialdad, aunque mi corazón latía con fuerza—. Soy su esposa, Lilian. No tengo poder aquí.
Ella me tomó de las manos, con desesperación.
—Tu familia es poderosa, Alessia. Tus hermanos… los Zares de Grecia, tu tío, el líder de los Yakuras. Ustedes pueden enfrentar a Suleiman. Necesito ver a Mustafa, necesito saber que Selim también está a salvo. Mis hijos corren peligro.
Tragué saliva. Sus palabras me dolieron más de lo que quise demostrar.
—Lo siento, Lilian… —susurré, apartando la mirada—. No puedo ayudarte.
Ella me observó con una mezcla de tristeza y desprecio.
—No… no es que no puedas, Alessia. Es que no quieres. Te estás convirtiendo en una de ellos.
Sus palabras me hirieron como una daga, pero no respondí. Me quedé inmóvil, viendo cómo se alejaba por el pasillo, con la dignidad rota pero el orgullo intacto.
—Una guerra implicaría muchas muertes —dije, con la voz rasgada—. Y mi familia solo nos protege; van a la guerra cuando es necesario.
Lilian me miró con ojos incendiados, como si el miedo le hubiera encendido una rabia antigua.
—Entonces díselo —me clavó las palabras como un puñal—. Diles que él te maltrata, que te ha abusado. Que no puedes quedarte bajo su techo ni un día más.
El silencio me golpeó de lleno. La idea era monstruosa y a la vez tentadora: una acusación así justificaría la intervención, forzaría a los Zares a mover ficha, y pondría a Suleiman contra las cuerdas, pero también podría destruirlo todo —mi nombre, la poca dignidad que me quedaba, y tal vez a mi propia familia si las pruebas no convenían, mis padres y mis hermanos me odiarían si les mentía.
Además no soy tan cruel como aparento.
—¿Y luego? —pregunté con dureza, más para mí que para ella—. ¿Que se lancen a la guerra por mi honor? ¿Que maten por algo que quizás mi palabra no pruebe?
Lilian apretó mis manos con fuerza, sus uñas clavándose en la piel.
—Tu familia no abandona a los suyos —dijo—. No si les demuestras que estás en peligro. No si hay sangre, pruebas… ellos actúan con violencia, sí, pero actúan.
A mi lado, Mireya permanecía en sombra, la expresión muda. Cuando Lilian se apartó, la sirvienta se adelantó con la cautela de quien conoce los pasillos y los oídos del palacio.
—Mi sultana —susurró—, si se dice eso aquí, la noticia no tardará en llegar al propio Sultán y a sus pashás. Él puede reaccionar de muchas maneras.
La imagen de represalias, de castigos que podían ser sutiles o mortales, recorrió mi mente. No era solo mi vida la que estaba en juego; estaban mis hermanos, mi padre —mi mundo entero. Y aun así, la idea de sentarme y aceptar el silencio me daba náuseas.
—No quiero que maten por mí —dije—. Pero tampoco puedo seguir aquí
Me quedé toda la tarde en el palacio, rodeada de sirvientes que se movían como sombras, sin decir palabra. No había nada que hacer, nada que me perteneciera. Cada rincón parecía vigilado, cada gesto, medido. Extrañaba la libertad. Extrañaba las risas, las fiestas, el bullicio de la vida que solía tener. Extrañaba sentir que el aire me pertenecía.
Cuando estuve en la universidad, en Europa, podía ser completamente libre. Nadie me seguía, nadie me decía cómo debía vestirme o a quién debía mirar. Recuerdo aquellas noches interminables con Luna y Lucía, mis primas. Ellas eran mi pequeña familia fuera de casa, mis cómplices.
Lucía y yo solíamos apostar a quién besaba a más chicos —una competencia ridícula y divertida que me hacía sentir invencible. Y luego estaba Luna, siempre tan distinta, más callada, más serena… pero libre. Libre de la carga del apellido, libre de la mirada de mi padre, libre de las normas de Grecia y ahora estoy en una prisión mucho más estricta, pensé que siendo la Sultana podría hacer mi voluntad, esa idea de instauró en mi mente desde niña, Mustafa decía que me daría el mundo cuando fuera su esposa. Solamente lo decía cuando intentaba tocarme, en su diminuto cerebro penso que así tendría mi cuerpo.
Salí de mis pensamientos cuando Suleiman entró en la habitación.
Su presencia se impuso al instante. La forma en que cerró la puerta, el modo en que caminó hacia mí, todo en él tenía un aire de dominio calculado. Vestía una túnica negra, sencilla pero impecable, y el brillo de su anillo real captó la luz del atardecer que se filtraba por las celosías.
—Me han dicho que no has comido en todo el día —dijo con tono tranquilo, aunque sus ojos no reflejaban preocupación, sino control.
—No tengo hambre —respondí, sin mirarle.
Se acercó un poco más, hasta que su sombra cubrió la mía.
—¿Te niegas a comer porque crees que así te rebelas contra mí?
—No me rebelo —dije, apretando los puños—. Simplemente no quiero.
Suleiman sonrió, esa sonrisa suya tan fría, tan irritante.
—Eres testaruda, pero recuerda algo, Alessia: incluso tu hambre me pertenece.
Le sostuve la mirada, sin ceder.
—No te pertenezco.
Él inclinó apenas la cabeza, divertido.
—Eso lo dices ahora.
Por un momento, ninguno habló. El silencio pesaba entre nosotros, solo roto por el sonido del viento golpeando los ventanales. Entonces reuní el valor que me quedaba.
—¿Dónde está Mustafa? —pregunté, alzando el mentón—. Quiero saber qué le has hecho.
La sonrisa de Suleiman se ensanchó, y una breve risa escapó de sus labios. No era alegre, era cruel.
—¿Mustafa? —repitió, saboreando el nombre—. Así que de todos los temas posibles, eliges hablar de mi hermano en tu segunda noche como mi esposa. Qué curioso.
—Responde —exigí—. ¿Dónde está?
Él dio un paso más, tan cerca que pude sentir su respiración rozar mi piel.
—Dime, Alessia… —susurró—, ¿de verdad estás enamorada de mi hermano?
Sentí que el corazón me golpeaba en el pecho. No respondí. No quería darle el placer de una confirmación.
—Qué interesante —continuó él, observando mi silencio—. Pensé que solo una Konstantino podría fingir tan bien… pero quizás me equivoqué. Quizás lo que sientes por él no sea fingido, ¿verdad?
Lo miré con furia, conteniéndome para no abofetearle.
—No tienes derecho a hablar así.
—Soy tu esposo —replicó él con voz baja, peligrosa—. Tengo todos los derechos sobre ti.
Él me dio un beso, sosteniéndome del cabello con fuerza, y por un instante no supe si lo hacía por deseo o por rabia. Antes de que pudiera apartarlo, me lanzó hacia la cama con un movimiento brusco.
—¡Suleiman! ¿Qué haces? —grité, intentando incorporarme.
Entonces lo vi sacar algo del cinturón. El metal brilló bajo la luz tenue. Un cuchillo.