Suleiman
Me desperté agotado.La noche había sido larga, tensa, y aunque debería haber sido de celebración, no lo fue.En mi noche de bodas no tuve paz, ni consuelo, ni el placer que se esperaba de un hombre en mi posición.
Y todo por ella Alessia Konstantino desde que tengo memoria, ha sabido cómo envenenarme la sangre. Era apenas una niña cuando empezó a desafiarme, a recordarme con su voz orgullosa que no pertenecía del todo a ningún sitio. “Bastardo”, solía decirme, con esa sonrisa altiva que me helaba y me incendiaba a la vez.
Desde niño aprendí que Alessia Konstantino disfrutaba verme arder.
Ella y Mustafa eran inseparables; él era el hijo legítimo, el orgullo de mi padre, el que todos miraban con respeto. Yo, en cambio, era el recordatorio de un error. El bastardo.
Recuerdo aquellas tardes en el jardín del palacio, cuando entrenábamos con las espadas de madera. Mustafa siempre se adelantaba a defenderla, como si fuera su dama, y ella, riendo, se burlaba de mí cada vez que caía al suelo.—El bastardo no sabe pelear, decía, con esa voz melodiosa que no debía pertenecer a una niña tan cruel y Mustafa reía con ella, aunque a veces intentaba calmarla.
Nunca olvidaré cómo me miraba: con superioridad, como si yo no fuera digno ni de levantarle la vista.
Un día, cuando intenté regalarle una flor —era lo único que podía ofrecerle— la tomó entre sus dedos, la observó un instante y la arrojó al suelo.—Guárdala para una criada, dijo, antes de girarse hacia Mustafa y ambos se alejaron, dejándome con la flor marchita en las manos.
Desde entonces juré que algún día ella no volvería a reír de mí.Que su altivez se quebraría.
Que me miraría con respeto… o con miedo.
Salí de mis pensamientos cuando sentí movimiento entre las sábanas.Una de las concubinas se había acercado a mí. Era una de mis favoritas, hábil en el arte de complacer, con ese tipo de belleza que cualquiera consideraría suficiente para distraer a un hombre, la compré en un bar hace un mes cuando mi vida cambio.
Me miró con una sonrisa leve, esperando que la tocara, que la reconociera. Pero mi mente estaba lejos, atrapada en otro rostro, en otra voz.
—Mi señor… —susurró ella, rozándome apenas el hombro, buscando mi atención.
—Vete.
Ella se marchó rápidamente, tomando su ropa entre temblores y silencios.Tengo un harén con al menos diez concubinas, pero no suelo repetir.
Jamás he sido devoto de estas tradiciones; nunca quise ser el Sultán, pero mi padre cambió de opinión.
No sé qué ocurrió exactamente.Yo estaba lejos, conquistando el territorio del norte, cumpliendo con mi deber como general gobernando a los hombres de mi padre, siempre fui el más despiadado para las guerras.No sabía que mi padre tenía cáncer… hasta que me envió a llamar.Cuando llegué, solo encontré sus últimas palabras.
Me tomó la mano con la poca fuerza que le quedaba y me dijo:
> “El reino necesita un halcón, no una paloma. Tú serás el Sultán.”
Y después, falleció.
Desde ese momento, todo cambió.Tomé el poder, y con él, todo lo que debía pertenecer a Mustafa:el liderazgo, el trono, el harén con las concubinas que solo puede poseer el Sultán…
y la esposa que él debía tener, pero ahora es mía.Alessia Konstantino me pertenece, aunque me odie.
Me levanté rápidamente y salí de la habitación.
El palacio estaba en silencio, apenas roto por el eco de mis pasos.Las columnas de mármol reflejaban la luz del amanecer, y el aroma a incienso aún flotaba en el aire, denso, casi sofocante.
Al girar el pasillo, la vi.Lilian, la madre de Mustafa, la mujer que siempre me ha odiado.
Desde que a los once años mi padre me arrancó de los brazos de mi madre biológica y me trajo aquí, ella me vio como una amenaza.
Yo era la sombra que podía eclipsar a su hijo favorito y ahora, soy el Sultán.
—Suleiman… —me llamó con un tono que intentaba sonar maternal, pero solo destilaba veneno.
La miré sin detenerme.
—Soy el Sultán —le corregí, con calma helada.
Ella bajó la cabeza, pero no retrocedió.
—Lo siento, mi señor —respondió, obligándose a mantener la compostura—Quisiera ver a Mustafa. Mi hijo
—Tu hijo está ocupado —dije con una sonrisa apenas visible, aunque mi voz sonó como una sentencia—. Te recuerdo que yo decido su destino.
Lilian bajó la cabeza de inmediato.
—Lo siento, señor… —murmuró, conteniendo la furia detrás de su aparente sumisión.
No respondí.Simplemente me di media vuelta y me alejé, dejando que mis pasos resonaran en el mármol. Sonreí al escuchar el temblor en su respiración; me complacía recordarle quién mandaba en este palacio.
A unos metros me aguardaba mi hombre de confianza.Era el único que había estado conmigo desde antes del trono, cuando aún no era más que un bastardo sin nombre en un campo de instrucción.En su momento fue mi esclavo personal, el único que se atrevía a mirarme a los ojos, el único que jamás me temió.Le salvé la vida una vez… y él juró servirme hasta la muerte.
Ahora es mi consejero, mi sombra, mi cuchillo.
Mi mano derecha.
Se llama Azhar.
Al verme acercar, inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi señor.
—Azhar —respondí—. Acompáñame. Hay cosas que deben ponerse en orden.
Él asintió y caminó junto a mí, sin hablar más de lo necesario.Con Azhar nunca hacían falta demasiadas palabras; sabía leer mis silencios, entender mis humores.
—¿La Sultana? —preguntó al cabo de unos segundos.
Sonreí con un deje de ironía.
—Aún duerme, supongo. O tal vez trama cómo matarme.
Azhar me observó de reojo.
—¿Y qué harás con ella, mi señor?
—Lo que haga falta —respondí—.Aunque lo niegue, será mi reina… y aprenderá a inclinarse ante mí.
—¿Qué pasará con Nadia? —preguntó Azhar con cautela, sin levantar demasiado la voz.
Respiré hondo antes de responder.
Nadia…
No era una princesa ni una mujer de sangre noble.La conocí en un bar hace más de dos años, una noche cualquiera, cuando aún no era el Sultán sino un general harto de guerras y traiciones.La encontré intentando escapar de unos hombres que querían venderla.
Sus propios padres la habían ofrecido como mercancía.
En nuestra tradición, si una mujer no está casada o no pertenece a una familia poderosa, no es nadie y Nadia no era la excepción.
La rescaté aquella noche y desde entonces, ha sido mía, no por obligación… sino porque eligió quedarse.
Es una de mis mujeres, la más leal.
Ha permanecido a mi lado incluso cuando todo el mundo me dio la espalda y sí, quizás llegué a pensar en casarme con ella alguna vez, porque sabe cómo complacer y porque jamás me ha mentido, pero las cosas han cambiado.
El trono lo cambia todo.
—Ella cree que te casarás con ella —insistió Azhar.
Asentí lentamente.
—Y tal vez lo hubiera hecho —admití con un deje de melancolía—Pero no puedo explicarle que la corona pesa más que la promesa.No hay lugar para la lealtad del corazón cuando el poder exige otra clase de sacrificios.
—La mantendré controlada, Sultán —dijo Azhar con voz firme, bajando la mirada en señal de respeto.
—Bien —respondí con un tono seco.
Durante unos segundos, el silencio se apoderó del pasillo.
Entonces Azhar volvió a hablar, con esa prudencia que empleaba cuando sabía que lo que iba a decir no sería bien recibido.
—Los pashás esperan la… sábana ensangrentada —murmuró.
—La prueba de la virginidad de la Sultana. La tomaste anoche, ¿verdad, Sultán?
Mis ojos se alzaron hacia él con lentitud.
El aire pareció volverse más denso. Lo había olvidado por completo.
—¿Acaso me estás interrogando, Azhar? —pregunté, sin alterar el tono, pero dejando que mi voz se volviera cortante.
Él bajó la cabeza de inmediato.
—Jamás, mi señor, pero… la tradición es clara. El pueblo debe creer que la unión fue consumada. Los consejeros no se atreverán a desafiarte, pero esperan esa prueba antes del mediodía.
Solté un suspiro, largo, cargado de fastidio.
Odiaba esas costumbres antiguas, esa obsesión por el honor femenino como si fuera un trofeo de guerra y sin embargo, sabía que ignorarlas sería interpretado como debilidad.
—La Sultana no está acostumbrada a que la toquen—dije con frialdad—. No anoche. No todavía.
Azhar asintió con lentitud.
—Entonces… ¿qué harás, Sultán?... Es tu esposa, nadie te juzgaria si la tomas a la fuerza.
Como mi padre a mi madre jamás.Me giré hacia él con una sonrisa gélida.
—Lo mismo que hago siempre. Controlar la historia antes de que ella me controle a mí. Tendrás tu prueba esta noche.
✦ Nota del Autor ✦
Para los nuevos lectores, quiero aclarar que esta historia es completamente una obra de ficción.Las tradiciones, costumbres y ceremonias que aparecen aquí son invención mía, creadas a partir de mi imaginación y de la inspiración que he tomado de distintas series, películas y novelas.
Nada de lo que se describe pretende reflejar fielmente culturas, religiones o prácticas reales.
Este relato combina elementos de realeza, poder y principalmente la mafia, y su propósito es entretener, no representar la realidad.
Gracias por leer, por dejarse llevar por el drama, los giros y las pasiones de este universo.
✨ Bienvenidos al mundo de Alessia y Suleiman. ✨ Próximas actualizaciones 1 de Noviembre, besos.