Suleimán —¡Maldita sea! —rugí cuando vi cómo su cuerpo se desplomaba. Alcancé a sostenerla antes de que su cabeza golpeara el suelo. Alessia... su nombre me atravesó el pecho como una lanza. Su piel estaba helada, sus pestañas temblaban apenas. —Mi amor, está fingiendo... —dijo Isabel con esa voz cargada de veneno, cruzándose de brazos con una sonrisa que me revolvió el estómago. Me giré hacia ella con los ojos encendidos. —¡Cállate, maldita sea! —le grité con furia contenida—. ¡Llama a un doctor ahora mismo! Ella retrocedió unos pasos, asustada, y yo la ignoré por completo. La levanté en brazos, sintiendo su peso leve, frágil, como si el viento pudiera llevársela. Su cabeza descansaba en mi hombro y su aroma, ese perfume que tantas veces me enloqueció, aún seguía ahí, mezclado con el

