Pasé la tarde en la biblioteca, acurrucada entre los enormes sillones de terciopelo, leyendo sobre maternidad; quería estar preparada para el nacimiento de mi hermoso bebé. Las luces doradas que caían desde las lámparas antiguas iluminaban las páginas mientras yo acariciaba inconscientemente mi vientre, como si ya pudiera sentirlo moverse al ritmo de mis pensamientos. —Me gusta mucho tu nombre… —le dije a Adrián, levantando apenas la mirada del libro. Mi voz salió suave, casi como un susurro curioso. Él, que permanecía firme a unos pasos, con los brazos cruzados a la espalda y la postura recta de un soldado entrenado, inclinó apenas la cabeza. —Muchas gracias, Zarina… —responde él con una leve sonrisa que apenas modifica su gesto serio. Sus ojos negros brillan un instante, como si aquel

