Llegamos a casa y, tal como habíamos acordado, ninguno mencionó lo ocurrido. La cena transcurrió con una calma tensa, demasiado perfecta, demasiado medida… como si todos lleváramos máscaras cuidadosamente colocadas. Después me retiré a mi habitación. Supuse —y casi estuve segura— de que había sido Niko quien habló con mi padre. A la mañana siguiente, ya cerca del mediodía, me dirigí a realizarme la ecografía. El hospital estaba tranquilo, casi silencioso, y ese sosiego me permitió respirar un poco mejor. Mi madre caminaba a mi lado, sin soltar mi mano ni un solo instante. Cuando el médico aplicó el gel frío sobre mi abdomen, un pequeño escalofrío me recorrió, pero el movimiento inmediato de mi bebé me arrancó una sonrisa. —Ya tienes cinco meses —dice el doctor mientras observa la pantall

