Alessia. Después de varias horas, finalmente subimos al avión de regreso a Rusia. Había un silencio espeso, casi eléctrico. Yo no soltaba mi vientre; mi bebé se movía tanto que parecía sentir todo el miedo que yo intentaba esconder. Mis hermanos estaban conmigo, tensos, serios, sin hacer ningún movimiento en falso. Nikolaos había pasado horas revisando las cámaras:hombres sin huellas, sin rostro, sin nada que seguir, casi fantasmas. —¿Quién hizo esto…? —pregunté en voz baja, acariciando mi panza como si pudiera protegerla con sólo tocarla. Niko se pasó una mano por el rostro, agotado, molesto, pensativo. —El explosivo tenía una marca —dijo finalmente—. Una marca que no es común, es casi imposible de conseguir. Maximiliano lo miró de reojo. —¿Qué tipo de marca? Niko apretó los labio

