Bajé las escaleras con Mireya a mi lado, todavía con la rabia latiendo en las sienes. La sala olía a vino seco y a cera; las sombras danzaban en las paredes mientras avanzábamos. Isabel estaba apoyada en la barandilla, sonriendo con esa suficiencia que hacía hervir mi sangre. —Así que ha regresado la sultana zorra… —me dijo, y su voz cortó la sala como un cuchillo—. No te durará mucho, Alessia. La sala quedó en un silencio tenso; algunas miradas curiosas se posaron en nosotras. No quería regalarle a Isabel la diversión de verme perder el control, pero la ira me decoraba el rostro. Di un paso adelante, sin retroceder. —¿A quién no le va a durar? —pregunté con frialdad—. ¿A ti? —me reí, corta—. Solo lograste meterte en la cama de Suleimán cuando él se caía de ebrio. Qué patético. —¡Cálla

