Episodio 10

1153 Words
POV RÒSE El dolor de cabeza era insoportable. Sentía que el mundo giraba a un ritmo que mi cuerpo no podía seguir, y cada intento por moverme solo aumentaba la punzada que me atravesaba las sienes. Todo ardía. Mis músculos, mi piel, incluso mi garganta reseca parecían recordarme que la noche anterior había cruzado un límite que jamás debería haber rozado. Quise volver a cerrar los ojos y fingir que no existía, pero la incomodidad pudo más. Moví la mano, tanteando la mesita de luz en busca de mi celular, rezando por encontrarlo y aferrarme a una mínima sensación de normalidad. Sin embargo, el contacto con las sábanas frías me hizo detenerme. Ese no era mi cuarto. Abrí los ojos lentamente, y un escalofrío recorrió mi espalda. La habitación era amplia, con cortinas gruesas que apenas dejaban pasar la luz de la mañana. En la alfombra, la evidencia de mi error estaba esparcida: mi vestido arrugado, mis zapatos, el bolso abierto. Y al girar la cabeza, lo vi. Liam. Dormía profundamente, con el cabello despeinado y la respiración tranquila, ajeno al caos que me consumía por dentro. Me llevé las manos a la boca para contener el grito que amenazaba con salir. ¿Qué había hecho? ¿Qué clase de locura me había llevado a acostarme con él? La respuesta era simple y devastadora: lo deseaba. Desde hacía mucho tiempo. Pero desear no era lo mismo que permitir. Y ahora, ese límite invisible que había jurado respetar estaba hecho pedazos. El pánico me apretó el pecho. Sabía que esto no debía saberse, ni siquiera debía haber ocurrido. Liam era el hermano de mi jefa. El hombre con el que compartía reuniones, correos, miradas que evitaba sostener por más de unos segundos. Un hombre que, para colmo, estaba ligado a mi vida de una forma que no podía permitirme complicar más. Me obligué a respirar y a moverme con cuidado. No podía despertarlo. No quería enfrentar su mirada, ni su juicio, ni la conversación incómoda que inevitablemente vendría después. Busqué mi ropa con desesperación, tratando de vestirme en silencio. Cada movimiento era un recordatorio de lo que había pasado: la piel erizada, los labios resecos, las marcas en mi cuello. Me temblaban las manos al abrocharme el vestido. Antes de irme, lo miré una última vez. Había algo en él que me desarmaba, incluso dormido: esa calma engañosa, esa fuerza silenciosa. Era el tipo de hombre que podía arruinarte sin proponérselo. Me dolía admitirlo, pero no me arrepentía. No todavía. Suspiré y caminé hacia la puerta, rezando para no hacer ruido. Necesitaba desaparecer, borrar mis huellas y fingir que nada había pasado. En unas horas volvería a Nueva York, y él quedaría donde debía estar: en mis pensamientos, no en mi cama. Mientras cruzaba el pasillo, una punzada de culpa me atravesó. No solo por lo que había hecho, sino por lo que eso implicaba. Mi compromiso. El contrato que mi padre había firmado con la familia de mi prometido estipulaba que debía llegar virgen al matrimonio. Una tradición absurda, anticuada, pero con consecuencias legales y económicas reales. Si no cumplía, tendría que compensar a esa familia. Y aunque llevaba tiempo planeando romper ese acuerdo, aún no lo había hecho. No podía permitirme un escándalo. No con Liam. No con él. Salí de la habitación y dejé atrás la única noche que jamás debió existir. POV LIAM El sonido de un teléfono lejano me despertó. Parpadeé, confundido, con la mente envuelta en una neblina espesa. El dolor de cabeza era soportable, pero lo que no podía soportar era el vacío de no recordar. Sabía que había bebido. Demasiado. Que la noche anterior había sido una fuga más, una manera torpe de ahogar la melancolía. Pero lo que no esperaba era encontrar las sábanas revueltas, el olor a perfume ajeno impregnando el aire y un vacío helado en el lugar donde alguien había dormido a mi lado. Me incorporé lentamente, pasándome una mano por el rostro. La habitación estaba hecha un desastre, lo que confirmaba lo que temía. Había estado con alguien. Y aunque la memoria me traicionaba, una imagen se filtró entre las sombras del recuerdo: Ròse. Su vestido n***o, el brillo de sus ojos bajo las luces del bar, esa forma suya de moverse sin darse cuenta de que todos la miraban. Me dolía admitirlo, pero la había buscado con la mirada toda la noche. La había observado desde la distancia tratando de que mi hermana no se diera cuenta, sabiendo que si me acercaba no podría controlarme. Y, de algún modo, lo inevitable había ocurrido. Me levanté despacio, buscando pruebas que me ayudaran a recomponer los hechos. Las copas vacías, la chaqueta tirada en el suelo, el leve aroma a su perfume floral. Todo encajaba, demasiado bien. Me apoyé en el borde de la cama, respirando hondo. No debía sentirme así, no debía sentir nada. Pero lo hacía. La quise desde el primer momento, aunque me lo prohibí una y otra vez. No era solo mi secretaria, era la persona que mi hermana consideraba casi una extensión de su familia. Y, aun así, algo en mí la reclamaba como si me perteneciera. Sacudí la cabeza, intentando despejarme. No podía pensar en eso. No ahora. Tenía responsabilidades. Fui al baño y abrí el botiquín buscando analgésicos. La visión de dos preservativos usados en la basura me devolvió un mínimo alivio. Al menos había sido responsable, incluso en medio de la confusión. El reflejo del espejo me devolvió una imagen cansada, casi desconocida. Había sombras bajo mis ojos y una tensión constante en la mandíbula. “¿Qué estás haciendo, Liam?”, me pregunté en voz baja. Pero no había respuesta. Lo único claro era que debía enterrar lo ocurrido. No había lugar para errores de ese tipo. Ni con ella, ni con nadie. Me duché, me vestí y salí directo a la oficina. Había demasiado por hacer y necesitaba distraerme. Rozana había dejado varios asuntos pendientes en la supervisión de los productos, y aunque confiaba en su criterio, mi obsesión por el detalle no me permitía ignorarlo. La empresa seguía siendo mi refugio, el único espacio donde el control aún existía. Las joyas eran mi herencia materna, el legado que había elegido preservar cuando todo lo demás se había desmoronado. Mientras revisaba los informes, me descubrí recordando el tacto de su piel. Cerré los ojos con frustración. No podía permitirme eso. No ahora. No con ella. El día transcurrió lento, con el ruido constante del teléfono y las reuniones. Pero en el fondo, cada sonido se desvanecía tras un único pensamiento, Ròse se había ido sin decir nada. Y aunque era lo correcto, una parte de mí, la más débil, la más humana, deseaba que se hubiera quedado, no sabia que le hubiera dicho si se hubiese quedado, pero estaba seguro de que no sentiría este vacío que sentía en este momento.
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