POV RÒSE
Mi cabeza dolía como si me hubiesen golpeado con un mazo invisible, y cada músculo me recordaba la intensidad de la noche anterior. El alcohol, inevitablemente, había dejado su marca, pero lo que más me pesaba era la sensación de que había cruzado un límite que jamás imaginé atravesar.
El silencio de la casa me rodeaba como una manta incómoda. Mi hermana y su amiga seguían dormidas en el sillón, inconscientes, ambas ignorantes de que yo no había regresado a nuestra casa tras salir el viernes. Por un instante, respiré aliviada. No tendría que explicar nada. No todavía.
Me dejé caer en la cama, recordando fragmentos de lo que había sucedido. Sus labios… sentirlos por primera vez había sido un tormento y una liberación a la vez. Una chispa que había encendido algo dentro de mí, algo que jamás nadie había logrado.
El resto era un borrón confuso. No recordaba cómo habíamos llegado a su departamento, ni todos los detalles de lo que había pasado después. Pero mi cuerpo hablaba por sí solo: mis músculos adoloridos y mi piel sensible eran pruebas suficientes de que la noche había sido mucho más intensa de lo que mi memoria alcanzaba a reconstruir.
Maldecí el instante en que decidí acompañar a mi hermana al bar. Maldecí también no haberme ido antes, porque apenas lo vi, su presencia me había desarmado. Pero ahora no podía deshacer lo ocurrido; solo podía tratar de seguir con mi vida. Liam ya había saciado su curiosidad, y tal vez la tensión entre nosotros desaparecería con la distancia.
Finalmente, escuché los primeros movimientos de la mañana. Mi hermana y su amiga se despertaron pasadas las tres de la tarde. Yo ya había encargado pizzas y sushi, preparándome para un almuerzo silencioso, funcional, ellas estudiarían y yo adelantaría trabajo para mañana, que debía partir temprano a Nueva York.
—Ròse —gritó mi hermana desde el baño—. ¿Dónde te metiste? Te buscamos por todos lados antes de volver a casa y no te encontramos. Pensamos que estarías acá y tampoco estabas.
—Con todo el alcohol que tenían encima, no creo que hayan buscado mucho —respondí, intentando que mi tono sonara despreocupado. Por suerte, no me había visto todavía; de lo contrario, mi rostro traicionaría mi mentira. —Cuando ustedes volvieron estaba en mi habitación.
No obtuve respuesta. Claramente, no habían investigado tanto como mi hermana aseguraba.
—Lo importante es que estás sana y salva —comentó la amiga de mi hermana, mirándome con algo que parecía una mezcla entre curiosidad y sospecha—. Pensé que te habías ido con el joven rico que te estaba mirando toda la noche.
Lorens me observaba fijamente, como si intentara leer cada pensamiento. Mi nerviosismo se delataba en cómo apretaba el vaso de refresco. No podía dejar que notara nada.
—¿Te refieres a Liam? —preguntó finalmente mi hermana, saliendo del baño con una toalla sobre los hombros—. Es el hermano de la jefa de mi hermana, un Grey que jamás se fijaría en nosotras. Seguramente estaba mirando para otro lado.
Quise creerle. Me aseguré a mí misma que mañana, en Nueva York, todo esto sería solo un recuerdo difuso, una fantasía de una noche en la que me dejé llevar por algo que no debía, el jamás se fijaría en mi, mas que para una noche.
—Comamos —propuse, intentando cambiar de tema—. Ustedes tienen que estudiar, y yo debo trabajar un poco.
Ambas se quejaron, pero se sentaron, y pronto reinó un cómodo silencio. Por ahora, todo estaba bajo control. Mientras no surgieran preguntas sobre la noche anterior, podía concentrarme en ellas y en nada más.
POV LIAM
El ambiente en la sala estaba cargado de la típica energía caótica que solo los Bloper podían generar.
—¡Tío! —gritó Elizabeth, indignada, porque Tobías le había ganado otra partida de ajedrez—. ¡Él hace trampa!
—Es mentira —se defendió Tobías—. La que no sabe jugar sin hacer trampa eres tú.
Elizabeth lo fulminó con la mirada, y yo no pude evitar recordar a mi hermana cuando hacía lo mismo. Los gestos, el puchero, la incredulidad… todo estaba ahí, en miniatura.
—Eres un idiota —escupió Elizabeth, sin miedo al castigo.
—¡ELIZABETH! —gritó mi hermana desde la cocina, y la niña palideció por el susto—. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que no le hables así a tu hermano mayor?
—Él empezó —se defendió mi sobrina, aterrorizada por la reacción de su madre—. Me dijo que yo era una tramposa.
—Eso no es mentira —respondí, intentando mantener la calma—. Y tú también insultaste a tu hermano. Ambos hicieron cosas que no debían.
—Siempre a mí es la que regañan —replicó, cruzando los brazos con fastidio.
—Porque tú eres la causante de la mayoría de las peleas —dije con una sonrisa, tratando de suavizar la tensión—. Ahora, tienes que disculparte con tu hermano.
Elizabeth me miró, evaluando la situación. Sus ojos se movieron hacia su madre, buscando un refugio. Pero todos sabíamos que Rozana no tomaría partido.
—Bien —dijo al final, con una mezcla de orgullo y resignación—. Perdón, Tobías, por decir que eres idiota, aunque sabemos que lo eres.
El intercambio me hizo sonreír. No era perfecto, pero era honesto, y eso bastaba. Tobías también sonrió, y por un instante, la tensión se desvaneció.
—Esa niña me va a sacar canas verdes —murmuré, mientras ellos se dirigían hacia la mesa para comer algo.
—Mejor dicho, canas de todos los colores —bromeó Tomás, entrando a la sala—. Se parece más a los Bloper que a los Grey.
—Tiene la combinación perfecta de ambos apellidos —comenté, observando cómo Elizabeth imitaba gestos y expresiones de cada familia—. La altanería de los Grey, la arrogancia de los Bloper… una mezcla explosiva.
—Los Bloper no somos arrogantes —replicó Henry, con una sonrisa divertida—. Solo sabemos lo que valemos y por eso actuamos como actuamos.
—¿Esperaste a que terminaran de regañar a tu hija para aparecer? —le pregunté, mientras se acercaba y me daba la mano en saludo—. Porque, al parecer, Liam ya hizo el trabajo sucio.
—No era necesario —sonrió, con complicidad—. De todas formas, hubiera sucedido igual. Su forma de disculparse siempre es peculiar, parece un insulto disfrazado.
Decidí no intervenir más. Era mejor dejar que los niños continuaran con su juego y supervisarlos de lejos. Todo estaba en calma… al menos por ahora.