Episodio 12

1208 Words
POV LIAM Ir a Nueva York no estaba en mis planes, pero no podía negarle un favor a Alana. No cuando sabía cuánto la preocupaba su madrina y cuánto significaba para ella poder acompañarla. Siendo sincero, tampoco tenía un motivo real para negarme. En parte, era una forma de distraerme… o de castigarme. El viaje sería corto, o eso quería creer. Solo debía supervisar unos proyectos, coordinar tareas con el equipo y reemplazar a mi hermana hasta su regreso. Nada complicado, salvo por un pequeño detalle: la compañía. El jet de los Bloper era cómodo, silencioso, con ese lujo sobrio que te obliga a pensar más de lo que querés. Me quedé mirando por la ventanilla durante gran parte del vuelo, intentando no pensar en los últimos días, en lo que había pasado en Roma, y en la forma en que todo había cambiado después de una sola noche. Una noche que seguía repitiéndose en mi cabeza. (…) Stefan me estaba esperando al llegar, puntual y sonriente, con esa serenidad que a veces resulta irritante. Agradecí no tener que buscar un taxi ni dar explicaciones; lo último que quería era hablar más de lo necesario. —Me estaba preparando mentalmente para sustituir a Alana —bromeó mientras subía al auto—. Pero es un alivio que seas vos. Si cometía un error, mi mujer me habría asesinado. —No creo que sea tan difícil el proyecto —dije distraído, revisando unos documentos en mi tablet—. Además, sabes que tengo experiencia. Vos mismo me investigaste. Stefan se tensó un segundo, apenas perceptible. Me miró de reojo y luego desvió la vista. No necesitaba que se disculpara; entendía sus razones. Él siempre había protegido a Alana, y eso era algo que respetaba, incluso si en su momento me había costado caro. —Jamás pensé que volverías —confesó cuando el semáforo se puso en rojo—. Y debo admitir que me alegra. Alana no era la misma desde que te fuiste. Se sentía culpable, aunque todos le dijéramos que no lo era. —Nunca quise eso —murmuré, más para mí que para él—. Solo intenté no hacerle daño. Sabía que, si me quedaba, iba a lastimarla… y lo último que quiero es parecerme a mi padre. Stefan apoyó una mano en el volante, pensativo. —No sos tu padre, Liam. No respondí. Tal vez no lo fuera, pero había algo en mí que me asustaba, una oscuridad que aparecía cuando sentía demasiado. Y cada vez que pensaba en Alana, esa parte volvía a respirar. Él retomó la marcha, y durante varios minutos solo se escuchó el ruido del motor. —No sé si tu hermana te avisó —añadió al fin—, pero Ròse está viviendo en la casa. Me quedé helado. Justo ella. La única persona que no quería volver a ver y, al mismo tiempo, la única a la que no podía sacarme de la cabeza. No dije nada. Si pedía ir a un hotel, Stefan preguntaría por qué, y no pensaba darle ese poder. Bastante tenía con el hecho de que me hubiera leído como un libro la primera vez que nos vimos. Así que respiré hondo, crucé los brazos y me preparé para convivir con mi propio desastre. POV RÒSE El día había sido eterno. Documentos, firmas, reuniones. Cuando por fin logré cerrar la última carpeta, solo quería silencio. Un baño caliente y dormir. Pero la casa estaba demasiado vacía, demasiado grande, y el eco de mis pensamientos no me dejaba en paz. Me puse una remera larga y unas bragas negras. No tenía energía ni para buscar un pijama. Bajé descalza, buscando algo para cenar. La heladera estaba llena, pero nada me llamaba la atención, así que terminé calentando las sobras de ayer. Canturreaba una canción que mi hermana no paraba de repetir. Me movía con el ritmo, distraída, casi feliz. Por un segundo, me sentí ligera, libre. Hasta que una voz rompió la calma. —Al parecer, Ròse sabe bailar. ¿No creés, Liam? El plato se me cayó de las manos. El ruido fue tan fuerte como el golpe en mi pecho. Liam. Lo miré, paralizada, mientras Stefan contenía una sonrisa. Liam no dijo nada; apenas me sostuvo la mirada unos segundos, con esa intensidad que me hacía olvidar cómo respirar, y luego salió de la cocina sin una palabra. —¿Por qué no me avisaste que vendrían? —reclamé, mientras recogía los pedazos del plato. —Por eso mismo —respondió Stefan, divertido—. No quería ahorrarme el espectáculo. —Sabés que tengo que mantenerme alejada de él. Podrías haberme avisado. Me hubiera ido. No quiero confundirme otra vez. —¿Y qué vas a hacer, huir para siempre? —replicó, guardando el trapo—. Es el hermano de tu jefa, de tu amiga. Aunque dejes de trabajar con ella, vas a seguir viéndolo. Cumpleaños, reuniones, cenas. No podés esconderte eternamente. Lo miré, buscando una grieta en su lógica, pero no había ninguna. Tenía razón. Tarde o temprano, Liam iba a estar ahí. Y yo tenía que aprender a no temblar cada vez que escuchara su voz. Pero no era tan simple. No cuando todavía podía sentir sus manos, su respiración mezclada con la mía, esa noche que no recordaba del todo, pero que mi cuerpo no había olvidado. Suspiré, cansada de mí misma, y recogí los últimos pedazos de cerámica. POV LIAM Subí las escaleras con pasos largos, casi huyendo. No podía quedarme en la misma habitación que ella sin perder el control. No después de verla así. El problema no era solo que me atrajera. Era lo que despertaba en mí. Algo que no era solo deseo, sino una especie de necesidad salvaje de tenerla cerca, de protegerla, de reclamar algo que ni siquiera me pertenecía. Me encerré en la habitación y apoyé la frente contra la puerta. Inspiré, contuve el aire y lo solté lentamente. No sirvió de mucho. Su imagen seguía ahí, nítida, cruel. La remera que apenas le llegaba al muslo, su cabello húmedo, la naturalidad con la que se movía… No tenía idea del efecto que causaba. O tal vez sí, y simplemente no le importaba. Maldita sea, Liam. Me dejé caer en la cama y me pasé una mano por el rostro. Estaba jugando con fuego. Otra vez. Sabía que no debía tocarla, que mezclarme con alguien del entorno de mi hermana sería un error imperdonable, pero la mente no siempre le hace caso al corazón. O al cuerpo. No sé cuánto tiempo estuve así, mirando el techo, tratando de encontrar razones para mantenerme cuerdo. Afuera, el viento golpeaba las persianas, y en la distancia escuché el sonido leve de pasos en el pasillo. Por un instante creí que era ella. Sentí su presencia, el roce casi imperceptible del destino burlándose de mí. Pero no se acercó. Los pasos se alejaron, y el silencio volvió a llenarlo todo. Cerré los ojos. No sabía si podría mantenerme firme. No cuando cada fibra de mi ser pedía lo contrario. Y aunque no quería admitirlo, una parte de mí sabía la verdad. Esta casa, ella, y todo lo que trataba de evitar… iban a ser mi ruina.
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