Episodio 13

1233 Words
POV RÒSE No quería negar lo que Liam me hacía sentir, pero era tan jodidamente extraño todo lo que me pasaba con solo verlo, que no podía permanecer en el mismo lugar que él, no ahora. No cuando tenerlo cerca me hacía revivir esa noche que él no recuerda, y que, por lo visto, tampoco hacía el más mínimo esfuerzo por recordar. Para él, fue solo una noche más. Una noche que no fue con la mujer que él decía amar con todo su corazón. Y tenía razón: yo no era Alana. Ni siquiera podía acercarme a ella. Ella era todo lo que yo aspiraba ser algún día: fuerte, segura, bondadosa. La mujer en la que yo quería convertirme. Si me ataba a un hombre que no me amaba, jamás podría llegar a serlo. Por eso, lo más sensato —lo más cuerdo— era alejarme. Irme de esta casa, de Liam y de todo lo que me hacía sentir. Aunque lo último que quisiera en este mundo fuera dormir en un hotel, sabía que era lo correcto. Stefan no podía detenerme; el muy idiota se había ido, dejándome sola, lidiando con todo lo que me pasaba al tener a Liam tan cerca. Así que busqué un cambio de ropa, acomodé mis cosas en la maleta y respiré hondo antes de cerrar el cierre. Necesitaba poner distancia. Sabía que volvería a verlo en el trabajo, pero eso era distinto. En el trabajo podía mantener un papel, podía fingir. Aquí, bajo el mismo techo, no. Podían tacharme de cobarde si querían. Y quizás tenían razón. Hasta yo lo creía. Pero al menos sería una cobarde tranquila, lejos del hombre que ponía mi mundo de cabeza con una sola mirada. Mientras empacaba, mi mente no dejaba de recordar todo lo que había pasado esa noche. Cada palabra, cada gesto, cada roce. Todo había sido intenso y confuso. Y ahora, con él en la misma casa, cada pensamiento se transformaba en un puñal: la manera en que me miraba, la forma en que su presencia llenaba la habitación, incluso sin tocarme, me hacía sentir vulnerable. Más vulnerable que nunca. Cuando llegué al auto que Henry me había facilitado, el aire frío de Nueva York me despejó un poco. Le agradecía infinitamente su amabilidad, porque a esta hora era casi imposible encontrar un taxi, y menos en una zona tan apartada como esta. Subí la maleta al maletero y estaba por meterme al auto cuando sentí una mirada clavarse en mi espalda. No necesitaba girar para saber quién era. Éramos los únicos que quedábamos en la casa. No me moví. No podía. Tenía que ser más fuerte que el deseo de voltear, de buscarlo, de intentar reparar algo que no podía arreglar. Porque si lo hacía… si le permitía una sola palabra, una sola caricia, lo único que terminaría rompiéndose sería yo. Y eso era lo último que quería. Así que abrí la puerta, subí y arranqué. El motor rugió en el silencio de la madrugada. El corazón me dolió más de lo que esperaba. Mientras conducía, las calles desiertas de Nueva York parecían reflejar mi estado interno: solitaria, fría, intentando escapar de algo que sabía que no podría olvidar. Me repetía que era fuerte, que esto era lo correcto, que un hotel temporal sería suficiente para mantenerme a salvo de mis propios sentimientos. Pero cada semáforo en rojo era una oportunidad para mirar atrás, para imaginarlo allí, mirándome como si supiera exactamente lo que yo pensaba y sentía. POV LIAM Verla irse me provocó una sensación amarga. Una mezcla entre impotencia y vacío. Mis manos se apretaron contra el marco de la ventana mientras el auto se alejaba por el camino de piedra, tragándose la poca luz que quedaba. Quise salir corriendo tras ella, detenerla, decirle que se quedara. Pero no lo hice. Me quedé quieto, igual que aquella vez con Alana. Solo que ahora era diferente. Con Alana sabía que no podía tenerla, que su felicidad estaba en otro lugar. Con Ròse… no había nada que realmente me lo impidiera, más que yo mismo. Y lamentablemente para ella, mis ganas de tenerla eran mucho más grandes que mi capacidad de dejarla ir. No necesitaba proteger a Ròse de mi familia como lo había hecho con Alana. No era un riesgo para nadie más que para mí mismo. Pero aun así, el miedo estaba ahí, el miedo a arruinarlo todo, a tocar algo puro con las manos sucias de un pasado que no me soltaba. Sin embargo, cuando la vi marcharse, entendí algo que me negaba a aceptar. Ella no era solo un deseo pasajero. Era más. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y mientras el sonido del motor se desvanecía, juré que no la dejaría desaparecer tan fácil. No dormí en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la veía, su silueta, su voz, la forma en que trataba de evitarme cada vez que estábamos en la misma habitación. Me sentía como un idiota, un adolescente encaprichado. No recordaba haberme sentido así desde hacía años, y me molestaba admitirlo. No porque fuera desagradable, sino porque me hacía sentir vulnerable, débil. Me levanté con el primer rayo de sol. El cuerpo me pedía una ducha fría y el alma, una respuesta que no tenía. El agua helada no bastó para apagar lo que sentía. Su recuerdo seguía pegado a mi piel, como si todavía estuviera ahí, bailando en la cocina con esa maldita remera larga que apenas cubría sus piernas. Cuando terminé de vestirme, salí de la casa. El auto que Stefan había enviado me esperaba frente al portón. Había llamado a Henry a mitad de la noche, no solo para pedir el vehículo, sino también para avisarle que Ròse se había marchado. Le pedí que mandara a alguien a seguirla, discretamente. No porque desconfiara de ella, sino porque confiaba demasiado en el caos que podía atraer. Sabía que ninguno de nosotros tenía enemigos activos —al menos, no en este momento—, y que en nuestro territorio nadie se atrevería a tocarnos. Aun así, la precaución era una costumbre que nunca abandoné. Las sombras de protección seguían a cada uno de nosotros, invisibles, bien entrenadas. Gente preparada por el padre de Adriel, quien desde la muerte de su esposa había jurado no volver a perder a nadie más. Y lo entendía. Porque yo sentía lo mismo. Por mi hermana, por mis sobrinos, por Alana y ahora, por Ròse. No sabía qué demonios era eso que me unía a ella, pero sí sabía una cosa. No iba a dejar que se rompiera sola intentando escapar de mí. Mientras conducía, un pensamiento no dejaba de repetirse: “Esta vez no voy a cometer el mismo error que con Alana. Esta vez, no dejaría que la felicidad se me escapara de entre mis manos.” Sabía que ella estaba tratando de protegerse, de mantener su cordura intacta, pero yo también necesitaba protegerme de perderla. Era extraño. Nunca había sentido algo así. Nunca había querido a alguien tanto y al mismo tiempo respetar tanto su espacio y su decisión de huir, aparte de Alana Pero esta vez no podía solo observar. Esta vez debía actuar. Y mientras el sol comenzaba a despuntar en Nueva York, un solo pensamiento me mantenía concentrado. Ròse no se iría de mi vida. No mientras yo pudiera evitarlo.
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