Episodio 5

1382 Words
POV LIAM Cuando llegamos a la casa de los Grey, Adriel se ofreció a llevar a Ròse y Alana decidió quedarse conmigo. No entendía por qué, desde que la conocía, Alana nunca hacía nada sin motivo, y por la forma en que me observaba, con esos ojos serenos, pero inquisitivos, supe que la conversación que se venía no iba a ser sencilla. —Te gusta —afirmó sin rodeos ni preámbulos, apenas nos sentamos en el salón, mientras las empleadas nos servían algo para tomar—. Lo veo en la forma en que la miras. —No —respondí sin pensarlo, quizás demasiado rápido. —No me mientas, Liam —replicó, apoyando los codos sobre las rodillas y entrelazando las manos—. Sé que te gusta, y no está mal. Me alegra, de hecho. Eso significa que, por fin, estás dejando de sentir lo que sentías por mí. Es un avance. Su sinceridad me atravesó. Me obligó a mirarla directamente. —Jamás voy a poder olvidar lo que siento por ti, Alana —confesé, casi en un susurro, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real—. Lo que siento por ella… es un reflejo. Me recuerda a ti. Ella sonrió, con tristeza y ternura mezcladas. —Liam, lo único que Ròse y yo tenemos en común son los ojos. En todo lo demás, somos completamente distintas. Por eso quiero pedirte algo, si decides fijarte en ella, hazlo por las razones correctas. No quiero que la lastimes. Ella no lo merece. Merece que alguien la ame de verdad, no que la use como un eco de un amor imposible. Tragué saliva. Su voz siempre tenía ese poder sobre mí, me quebraba y me recomponía en la misma frase. —Nadie se compara a vos —dije, dejando que ella vea la parte mas sincera de mi como siempre, derrotado por mi propia sinceridad—. Pero te prometo que voy a mantenerme alejado. No pienso arruinar la relación que ustedes tienen por una simple… distracción, ya no soy un chico, Alana. No voy a lastimar a alguien inocente solo por confusión. Ella se acercó y me tomó de la mano. Su contacto seguía teniendo ese efecto devastador. —No te pido que te alejes —susurró—. Te pido que, cuando estés seguro de lo que sentís, se lo digas. Pero no antes. Deja que tus sentimientos crezcan, sin miedo. No te voy a juzgar por dejar de amarme. Solo quiero que seas feliz, Liam. Que, por una vez, pienses en ti, para variar Me besó la frente con esa dulzura que me había enamorado años atrás, y se levantó rumbo a la cocina, dejando un vacío en el aire. Me quedé allí, solo, escuchando el sonido distante de las tazas y las risas de las empleadas. Entendía perfectamente por qué me había dicho todo eso, pero era inútil. Si no me había enamorado en cinco años de soledad, no iba a hacerlo ahora que la tenía tan cerca. Solo verla bastaba para que mi corazón se desbocara. Era una reacción automática, visceral, imposible de contener. Alana seguía siendo mi punto débil, mi maldición más dulce. Ròse me atraía, claro que sí. Era hermosa, inteligente, serena. Tenía una calma que contrastaba con el caos que yo cargaba, y unos ojos tan parecidos a los de Alana que a veces dolía mirarlos. Pero era solo eso, un parecido. No era Alana. Nunca lo sería. Y amar a alguien porque me recordaba a alguien, no por lo que es, sería un error que no pensaba cometer. Me levanté, buscando el alivio del silencio en el piso superior. Necesitaba descansar, despejarme antes de enfrentar a mi hermana y su inevitable sermón por haber roto el contrato con Pedroza. Sabía que me esperaban discusiones, decisiones y tal vez más de una batalla. Pero en ese momento, lo único que quería era cerrar los ojos y no pensar en esos malditos ojos verdes que me perseguían en sueños. POV RÒSE —¿Hablaste con tu prometido? —fue lo primero que me soltó mi hermana apenas crucé la puerta. Su tono era tan casual como punzante. La miré con fastidio, pero a ella no le importó. Se sentó en el sofá y esperó mi respuesta con la paciencia de quien sabe que ganará. Suspiré, dejándome caer frente a ella. —Lo último de lo que quiero hablar es de él… o del idiota de nuestro progenitor. —Yo tampoco quiero saber de ese señor —bufó, dejando en claro que el tema le irritaba tanto como a mí—. Pero de tu prometido sí. Te guste o no, va a ser parte de esta familia si no logras cancelar ese compromiso. —Voy a lograrlo —dije con más seguridad de la que sentía. —¿Y si no podés? —continuó, implacable, mientras se levantaba para ir a la cocina—, vas a tener que acostumbrarte a hablar de él, al menos. —No voy a casarme —negué, alzando la voz—. Papá no tenía ningún derecho a decidir eso por mí. Que case a su hija bastarda si quiere cumplir ese acuerdo con los Pedroza, pero a mí no me va a vender como una moneda de cambio. Cuando el señor Bloper termine de sacar a nuestro padre de donde está, voy a anular ese contrato de una vez por todas. Mi hermana regresó con dos vasos de agua, me extendió uno y se acomodó en el sillón frente a mí. —Ojalá Henry pueda ayudarnos con eso —murmuró, y cuando la miré mal, se corrigió sin perder el gesto divertido—. ¿Qué? —El señor Bloper —recalqué—. Es el padre de Elisabeth, y además, nuestro abogado. No puedes llamarlo por su nombre como si fuera tu amigo. —Es más que un abogado, Ròse —replicó con una sonrisa traviesa—. Me ayudó a entrar en la universidad y paga parte de la matrícula. Si quiere que lo llame por su nombre, lo haré. Es lo mínimo que puedo hacer por alguien que creyó en mí. Negué con la cabeza, cansada de discutir. Me levanté y me fui a la cocina; necesitaba ocupar las manos para no seguir pensando en Jacobo Pedroza ni en mi padre… ni en el jefe que no podía sacarme de la cabeza. Abrí la despensa, revisé los ingredientes y traté de concentrarme. Harina, cacao, colorante rojo. —Quiero una red velvet —gritó mi hermana desde el salón. Rodé los ojos, pero sonreí. —Hace mucho no haces una —añadió con tono suplicante—. Y Elisabeth dijo que también la extrañaba. Suspiré. Ella sabía exactamente cómo convencerme. Bastaba con mencionar a esa niña para ablandarme por completo. Elisabeth era como una hermana menor para mí; su risa era el único sonido que podía calmar mis pensamientos cuando todo parecía desmoronarse. Mientras mezclaba los ingredientes, los recuerdos me asaltaron: la primera vez que vi a Liam en persona, la forma en que me observó, su mirada intensa, casi salvaje. Había algo en él que me desarmaba. Su arrogancia, su presencia, su voz… todo en él era un problema. Pero lo peor era que me gustaba. Removí con fuerza la masa, tratando de expulsar esa imagen de mi mente. No podía permitirme distraerme con el hermano de mi jefa. Él era peligroso, emocionalmente hablando. Un hombre que había amado a Alana Mathews no iba a mirar a otra mujer sin verla a través de ese recuerdo. Y yo no quería convertirme en la sombra de nadie. Metí la torta en el horno y me quedé unos segundos frente al vidrio, observando cómo el bizcocho subía lentamente. Era extraño cómo cocinar podía darme paz en medio del caos. Por un instante, logré olvidar a Jacobo, a mi padre, a la familia Pedroza… y hasta al señor Grey. Pero bastó con cerrar los ojos para verlo otra vez, apoyado contra el marco de la puerta, mirándome con ese aire de quien siempre obtiene lo que quiere. Mi apetecible jefe, pensé con amargura. Y supe que, aunque lo negara mil veces, ya era demasiado tarde, me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD