Episodio 4

1232 Words
POV LIAM En menos de dos meses había viajado más veces que en los cinco años que pasé apartado del mundo. Aún no me acostumbraba a ese ir y venir, a los aeropuertos, al ruido constante, a las despedidas que no duelen porque no hay a quien extrañar. Era justo eso lo que no extrañaba de mi antigua vida. Y, sin embargo, acá estaba, repitiendo el ciclo. Lo bueno, era la última vez que pisaba Las Vegas por un largo tiempo, aunque sabia que tenia que volver, para quedarme un mes mas aca, podia esperar hasta que viera a mi hermana y viajara a Nueva York a arreglar algunos asuntos de la empresa. Después de todo, como le dije al idiota de Pedroza, yo iba a hacerme cargo de la empresa de los Grey. Mi hermana, Roxana, se ocuparía de lo que realmente le interesaba: los hoteles, los eventos, la parte social. Yo, en cambio, tenía que volver a hundirme en el barro del poder. —Señor. Su voz me atravesó antes de verla. Ròse. La miré una sola vez, apenas lo suficiente. Sabía perfectamente qué quería, y no estaba dispuesto a hablar sobre eso, queria que le contara qué había pasado con el idiota de su prometido. No necesitaba decirlo, sus ojos lo gritaban, pero no estaba de humor para esa conversación. No ahora. Más tarde tendría que explicarle a mi hermana por qué había roto el trato con los Pedroza y, con suerte, lograr que no sonara como lo que realmente fue, un arranque de celos mal disimulado. —Nos queda poco para que el jet descienda —murmuré, cerrando los ojos de nuevo—. Deja que descanse mientras pueda. Ya sé que mi hermana y mi sobrina me van a atosigar en cuanto aterricemos, y necesito prepararme mentalmente. Ella no respondió. Pude sentir, más que ver, cómo asentía antes de alejarse. Y agradecí el silencio. Al bajar del jet, lo primero que vi fue a ella. Había esperado encontrar a cualquier otra persona. Un chofer, un asistente, incluso algún ejecutivo. Pero verla ahí, con su melena dorada, la sonrisa perfecta y la misma mirada que me había perseguido en sueños durante años… fue como un golpe en el pecho. Alana. La mujer que alguna vez amé, la que me enseñó lo que era la devoción, y después, sin querer, o mejor dicho, por mi culpa, me enseñó lo que era perder. Y, como si el destino se burlara, estaba acompañada por el hombre que más detestaba en este mundo. Adriel. Su esposo. El idiota que siempre arruina mis momentos felices. Desde el día en que ella decidió enamorarse de él. —Tu hermana nos mandó a recogerlos —dijo Alana apenas me acerqué—. Ella y Tomás tuvieron un inconveniente y no pudieron estar disponibles hoy. —Pensé que estarían en Nueva York—contesté, intentando sonar indiferente. Ella sonrió, y durante un segundo, todo volvió a ser como antes. —También tenemos que supervisar las empresas de acá —me recordó—. Seguramente estaremos solo uno o dos días. Asentí, evitando mirar la mano de Adriel rodeando su cintura. Ese gesto casual me resultaba insoportable. Subí al auto, directo al asiento del acompañante. No tenía ganas de verlos jugar a la pareja perfecta. Ya bastante tenía con los fantasmas de Las Vegas. POV RÒSE Ver a Alana y Adriel esperándonos me llenó de una alegría genuina. Ellos eran la clase de pareja que hacía creer en el amor, incluso a los más escépticos. Eran la imagen de lo que alguna vez soñé tener con alguien, complicidad, respeto, ternura. Aunque, siendo realista, dudaba que eso alguna vez me pasara, menos si mi destino seguía atado a Jacobo Pedroza. Ese hombre… Era el reflejo de todo lo que despreciaba, arrogante, posesivo y cruel. De niño, había sido dulce, incluso tierno. Me regalaba caramelos en el jardín de infantes, me hacía reír. Pero ese chico ya no existía. Lo había devorado el poder, la ambición, y el deseo de controlarlo todo. Incluso a mí. —¿Cómo estuvo la estadía en Las Vegas? —preguntó Alana mientras el auto arrancaba—. ¿Lograste conseguir algún pretendiente en la ciudad del pecado? Sonreí, con ese reflejo automático de quien intenta mantener el equilibrio. —Mi objetivo estaba solo en trabajar, señora Mathews. —Alana —corrigió con dulzura. —Sabe que no me acostumbro a llamarla por su nombre —respondí, con una sonrisa apenada—. Es la amiga de mi jefa. —Soy tu amiga también, Rose —insistió—. No lo digo solo yo. También lo dicen Daisy, Chloe, Elena y Rozana. Todas te consideramos parte de nosotras. Ya deberías haberte acostumbrado a llamarnos por nuestros nombres. Luchar contra las amigas de mi jefa era inútil. Ellas siempre ganaban. Y yo… ya estaba acostumbrada a perder. —Muy bien, Alana —cedí, finalmente. Vi cómo Adriel sonreía con orgullo por la victoria de su esposa. Era un gesto tierno. Dolorosamente tierno. —Dentro de una semana tendrás que viajar a Nueva York —me recordó Adriel—. Rozana dijo que tú te encargarás de los preparativos del hotel mientras ella se ausenta. —Sí, lo sé —respondí, acomodando mis papeles. —No será complicado —intervino Alana—. Finnick te ayudará en lo que pueda. Tómatelo como una práctica. Así después todo te resultará más fácil. —¿Más fácil? —interrumpió una voz grave detrás de mí. Liam. Hasta ese momento, había permanecido en silencio, casi invisible. Pero cuando habló, el ambiente cambió. Su voz era baja, firme, y arrastraba una mezcla de ironía y autoridad. —No creo que tenga muchas oportunidades como esta —continuó, con los ojos clavados en mí—. Ahora que estaré al frente de la empresa Grey, mi hermana podrá ocuparse de los hoteles como siempre quiso. Alana lo miró sorprendida, pero se mantuvo callada. Yo también lo agradecí. No quería que nadie, mucho menos él, supiera más de mi vida de lo necesario. No quería que me mirara con lástima. —Ella tiene que aprender —intervino Adriel, sin percibir la tensión—. Después se encargará de los hoteles en Las Vegas. Quiere volver a su país natal, y Rozana aceptó. No quiere perderla. Es una gran empleada. Liam me observó con una mezcla de duda y curiosidad. No dijo nada, pero podía sentir sus pensamientos en el aire. Su mirada era intensa, casi inquisitiva, como si intentara descifrarme. No podía permitirlo. Mantuve la vista fija en la ventana, fingiendo interés en el paisaje. No podía dejar que notara el temblor en mis manos. No podía dejar que adivinara que me gustaba, aunque no debía. Porque si algo había aprendido, era que los hombres como Liam Grey no se quedaban. Ellos deseaban, devoraban, y luego desaparecían. El silencio se apoderó del auto, y lo agradecí. Ni Alana ni Adriel dijeron más nada. Yo solo quería llegar al hotel y esconderme detrás de mi escritorio, donde nada ni nadie pudiera leerme tan fácilmente. Porque, aunque lo negara, algo dentro de mí ya lo sabía: Liam Grey no solo era peligroso por lo que representaba. Era peligroso porque, si me descuidaba, podía llegar a importarme demasiado. Y yo ya había tenido suficiente con hombres que prometían el cielo para después darme el infierno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD