Episodio 3

1320 Words
POV LIAM Tener que volver a Las Vegas por un mes más me estaba volviendo loco y eso que todavía no habia ido a Roma, pero ya sabia el itinerario al que tenia que someterme después y me daban ganas de desaparecer una vez mas. No por la ciudad en sí, siempre vibrante, siempre excesiva, sino porque me recordaba todo lo que había querido dejar atrás. Los casinos, el ruido, los tratos disfrazados de promesas. Todo me pesaba. Por suerte, por el momento, el infierno estaba por terminar. Solo me faltaba cerrar un par de asuntos, firmar unos papeles y ir a Roma, cerca de mi hermana y de sus malditas maquinaciones. El día que viera a Roxana Grey, la iba a estrangular. No podía creer aún que todo esto había sido una trampa suya para que regresara y lo peor era que había tardado demasiado en darme cuenta. Al principio, me perturbó estar de nuevo tan cerca del país donde estaba Alana. Ese simple hecho me nubló el juicio. No veía nada más que su fantasma en cada esquina, en cada mirada femenina que se cruzaba conmigo. Pero luego, mis pensamientos se desviaron… hacia alguien que no debía ocuparlos, la secretaria de mi hermana. Ella. Rose Kerman. Ni siquiera sé cuándo empezó. Quizás fue la forma en que evitaba mirarme directamente, o cómo su voz temblaba apenas al pronunciar mi nombre. O tal vez fue su distancia calculada, esa frialdad que escondía algo más. Algo que reconocía porque yo también lo llevaba dentro. El deseo disfrazado de miedo. Y mientras mi cabeza giraba alrededor de su imagen, no vi lo más obvio: mi hermana jamás comete errores. Todo lo que hace tiene un propósito. Roxana orquestó mi regreso desde el primer minuto, manipulando cada detalle para que tomara el control de la empresa. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Ella detestaba el negocio familiar por lo que representaba: el legado de nuestro padre, el hombre que destruyó todo lo que amábamos. Pero aun así, lo mantuvo vivo. Supongo que lo hizo porque, en el fondo, esperaba que yo volviera. Que me decidiera, al fin, a asumir el lugar que me correspondía. Cinco años lejos, cinco años negándome a volver a donde juré no regresar. Hasta que ella me hizo volver. Y ahora, que entiendo su jugada, no estoy tan seguro de querer marcharme. No puedo sacarme de la cabeza a la secretaria de mi hermana. Y lo peor es que ya ni quiero hacerlo. Es la primera mujer que logra despertarme algo real desde Alana, y eso me da miedo. No porque no desee sentir otra vez, sino porque sé lo que pasa cuando mezclo deseo con responsabilidad. Siempre termino arruinando todo. —Señor. Y, hablando del demonio, aparece mi pesadilla personal. Rose, con una carpeta en la mano, vestida de la forma más profesional posible, aunque su sola presencia sea cualquier cosa menos profesional para mí. —Su hermana me pidió que le entregue esto —dice, dejando los documentos sobre el escritorio—. Debe firmarlos antes de subir al avión. El señor Pedroza los está esperando. El señor Pedroza. Veinticinco años, heredero sin mérito, un idiota que se cree intocable porque nació con el apellido correcto. Un tipo que jamás tuvo que ganarse nada, y que, para colmo, habia puesto sus ojos en ella, lo habia visto en la reunion que habiamos hace dos semanas con el. La forma en que la miro no era normal. No entiendo qué vio mi hermana en él para asociarse con semejante parásito. Pero sí entiendo lo que él ve en Rose. Lo vi el día de la reunión, en cómo la observaba cuando creía que nadie lo notaba y eso, simplemente, me enferma. —Déjalo sobre el escritorio —le ordeno, sin apartar la mirada—. Mándame la dirección donde ibas a encontrarte con el señor Pedroza. Iré yo. Tengo algunos puntos que aclarar. La veo tensarse. No dice nada, pero su cuerpo la delata. Aprieta los labios, como si quisiera protestar, pero sabia que no se atrevería. Finalmente, asiente, deja la carpeta y sale. Cuando la puerta se cierra, me quedo mirándola unos segundos más. Quisiera no hacerlo, pero lo hago. Sé que conoce a los Pedroza, lo vi en la forma en que se miraron. Reconocimiento e historia y algo que ella no queria contar. Pero lo voy a averiguar. Henry, mi amigo de confianza, sabe todo lo que ocurre a mi alrededor. Nadie entra al círculo Grey sin que él lo autorice. Así que si Rose logró pasar su filtro, es porque tiene algo que ofrecer… o algo que ocultar. Ya que los conocía bastante bien y sabia que tanto como a Henry y a Rozana le gustaba proteger a las personas que ellos creían dignas de proteger. Y eso me interesa más de lo que debería. … Ver a Jacobo Pedroza era lo último que quería. Pero ver su cara de sorpresa cuando fui yo quien llegó a la reunión, fue… satisfactorio. —Pensé que vendría tu secretaria —dijo, alzando una ceja con esa arrogancia suya—. No quería molestarte por unos simples documentos. —Documentos que son valiosos para ambas empresas —repliqué con una sonrisa—. Además, mi secretaria tenía otros asuntos que atender. Se sienta, se inclina hacia mí y sonríe como quien cree tener ventaja. —¿Celoso, Grey? —pregunta. No respondo, solo lo observo. —La vi el día de la reunión. Cómo la mirabas. Pero déjame decirte algo: yo la conozco desde antes. Era una niña hermosa, y ahora… es la mujer más linda que he visto. La quiero para mí. Y nadie, mucho menos tú, va a quitarme algo que me pertenece. —Estás hablando como si fuera tu propiedad —le escupo, con el veneno ya en la voz—. Es un ser humano, no un trofeo. Puede decidir sola. Él sonríe, disfrutando mi enojo. —Es mi propiedad, Grey. —La palabra me repugna—. Nuestros padres lo pactaron hace años. Es mi prometida, aunque se niegue a aceptarlo. Te aconsejo mantenerte lejos. Soy celoso con lo que me pertenece, y puedo hacer cosas que no te gustarían si te atreves a desafiarme. Mi sangre hierve. La parte racional de mí intenta recordarme que no debo perder el control, pero es inútil. —No le tengo miedo a tus amenazas, Pedroza. —Me levanto despacio, dejando que mi sombra lo cubra—. Y para que veas que hablo en serio, vine a informarte que la sociedad entre nuestras familias se termina hoy. —No puedes hacerlo. —Sí, puedo. Leí todas las cláusulas del contrato que firmó mi hermana. Nada me obliga a renovar. Así que a partir de este momento, los Grey y los Pedroza dejamos de ser socios. Su rostro se deforma en una mueca de furia contenida. Queria golpearme, lo veía en sus ojos, pero no se atreve. Sabe que no puede. —Las cosas van a cambiar —añado, dándole la estocada final—. No sé qué truco usaste para convencer a mi hermana, pero conmigo no va a funcionar. Recojo los papeles, firmo los que ponían fin a la sociedad y salgo sin mirar atrás. Mientras camino hacia el auto, un pensamiento me atraviesa con la precisión de una cuchilla, Rose no me dijo que estaba prometida. No me dijo nada. Y eso duele más de lo que debería. Quizás porque, en algún rincón estúpido de mi cabeza, había empezado a imaginar que entre nosotros podía haber algo más que miradas y silencios. Pero ahora sé que me mentía. Aunque, algo habia aprendido en los negocios y en la vida, que nada es lo que parece. Y si Pedroza cree que ella le pertenece, que esperara a que yo tuviera la información de todo y hay veríamos si se podia quedar con ella.
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