Episodio 2

1124 Words
POV RÒSE Mi nombre es Ròse Kerman. Tengo veinticinco años, y la única familia que realmente me importa es mi hermana menor, Leslie. No hay nadie más. Mi madre murió el día que Leslie nació, desangrada en una camilla fría, y mi abuela, la mujer más fuerte que conocí, murió años después, atropellada cuando regresaba del trabajo. Desde entonces, solo quedamos Leslie y yo. Dos sobrevivientes, en un mundo lleno de caos y traición. No tenemos padre, o al menos no uno digno de ese título. El hombre que nos engendró jamás fue un padre. Para mí, siempre será el donador de esperma, así lo llamo cada vez que alguien lo menciona. Durante años fingió que no existíamos, que su deber terminó el día que nuestra madre murió. Solo volvió a recordarnos cuando comencé a trabajar para la empresa Grey, de pronto sus hijas volvieron a existir para el solo por los contactos que yo podia ofrecerle. De pequeña, me costaba entender por qué mi madre lloraba tanto cuando creía que yo dormía. Recién muchos años después supe la verdad. En el último mes de embarazo, ella descubrió que mi padre tenía una amante. Una mujer joven, ambiciosa, que no solo le robó el corazón, sino también el alma. El día que mi madre los enfrentó, su cuerpo no soportó la presión. Entró en trabajo de parto antes de tiempo, con una hemorragia que no pudieron controlar. Mi madre murió y mi padre ni siquiera apareció en el hospital. Al día siguiente, en el lugar del duelo, llegó con esa mujer y la presentó como la nueva señora Kerman. Tenía seis años, pero entendí perfectamente lo que significaba la traición. Mi abuela nos sacó de esa casa el mismo día. Recuerdo su voz temblando mientras me subía al auto y abrazaba a Leslie contra mi pecho. “Nunca mires atrás, Ròse”, me dijo. “No somos lo que dejamos, sino lo que decidimos ser después del dolor”. Durante años vivimos con lo justo. Mi abuela trabajaba de costurera, yo la ayudaba todo lo que podía y cuidaba de Leslie. Era una vida dura, pero limpia. Sin mentiras, sin hombres que prometían amor y traían ruina. Cuando cumplí quince, mi abuela me contó la verdad completa. Que mi padre se había casado con mi madre solo para tomar el control de su empresa, una joyería que pertenecía a la familia de ella desde hacía generaciones. Que, tras su muerte, él se apoderó de todo y usó los bienes de mi madre para darle una vida cómoda a su amante y a su hija ilegítima. Esa hija bastarda creció en la mansión que debió ser de mi hermana y mía, usaba los collares que mi madre diseñó. Desde el momento que supe toda la verdad jure que algún día le quitaría todo. Y ahora, con la ayuda de mi jefa, la señora Rozana Grey, estoy más cerca que nunca. Ella y su ex pareja, el señor Bloper, un abogado brillante, están revisando cada documento, cada firma, cada irregularidad que mi padre dejó escondida. Sé que no va a ser fácil, pero no tengo miedo. El miedo murió el mismo día que enterré a mi abuela. Aun así, no puedo negar que todo esto me pesa. Llevar una vida de apariencias, trabajar en un entorno donde todos ocultan algo. En la empresa Grey nada es lo que parece. Lo aprendí el primer día que crucé la puerta. Mi jefa, Rozana, es una mujer que inspira respeto. No porque imponga miedo, sino porque transmite fuerza. A veces me mira con una mezcla de cariño y tristeza que no entiendo del todo. Siempre dice que no soy una empleada más, que me considera parte de su círculo de confianza. Pero yo nunca supe cómo corresponder a eso. Mantener la distancia profesional me hacía sentir segura. Si empezaba a bajar las defensas, sé que voy a terminar lastimada. La única que logró atravesar mis muros fue Elizabeth, la hija de Rozana. Esa niña de cabello dorado y ojos azules tiene una manera de mirarte que desarma. No le importa si estoy seria o cansada, ella siempre corre a abrazarme. Y yo, aunque intento mantenerme firme, termino rindiéndome. Es imposible no hacerlo con ella. Su tío, en cambio… Liam Grey, es otra historia. El verdadero heredero del imperio Grey. El hombre del que todos hablan con respeto, con miedo o con deseo. Lo conocí de lejos, en reuniones ocasionales, y siempre fue una presencia silenciosa y magnética. Pero la noche que lo vi en el bar, todo cambió. Recuerdo su mirada. Oscura, intensa, como si pudiera leerme entera y aun así no se atreviera a hacerlo. En ese instante supe que era un hombre peligroso. No por lo que podía hacerme físicamente, sino por lo que podía despertar en mí. Después de esa noche, hizo lo posible por mantenerse lejos. Solo me llamaba cuando era estrictamente necesario, hablaba con la precisión y cortaba cualquier atisbo de cercanía. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, algo pasaba. Algo que ni él ni yo queríamos reconocer. A veces pienso que lo intimido. Que algo en mí le recuerda a alguien que perdió, quizá a la mujer que todos dicen que fue su gran amor: Alana Foster de Mathews. Ella era todo lo que cualquiera podría desear hermosa, elegante, carismática, pero también inalcanzable. Y él la amó tanto que tuvo que huir del país para no destruirse. Quizás por eso se aleja. Quizás me mira y ve un eco de aquello que no puede tener. No sé si eso me duele o me alivia. Parte de mí desearía que diera un paso hacia mí, que dejara caer la coraza y dijera lo que su mirada calla cada vez que me observa. Pero otra parte, la más cuerda, sabe que sería mi ruina. Que si él se acerca, no voy a poder resistirme. Y no puedo permitirme repetir la historia de mi madre. No puedo amar a un hombre que pertenece a otro mundo. Así que sigo fingiendo indiferencia. Sigo cumpliendo mis horarios, enviando reportes, hablando de trabajo. Pero cuando lo escucho pronunciar mi nombre con ese tono bajo y contenido, todo dentro de mí tiembla. He aprendido a sobrevivir a muchas cosas, pero no estoy segura de poder sobrevivir a él. Y aunque no quiera admitirlo, hay noches en que lo imagino mirándome con esa intensidad que me quita el aire, preguntándome qué pasaría si, solo una vez, dejáramos de fingir. Pero enseguida me repito la misma frase que me dijo mi abuela: “Nunca mires atrás, Ròse. Lo que se ama demasiado, termina destruyéndote.” Y por ahora, esa advertencia es lo único que me mantiene a salvo.
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