Capítulo 3

4692 Words
Capítulo 3 Amalia se había puesto un traje de baño verde. Sus grandes tetas flotaban deliciosamente por encima del nivel del agua. Tenía el cabello rubio empapado, y la cara llena de gotitas. Samara apareció con un bikini fucsia. El trecho entre la puerta trasera y la pileta estaba oscuro, así que de repente fue solo una silueta. Una sinuosa silueta de la que solo podía ver el sensual traje de baño que se había puesto. Sentí que mi v***a daba un salto debajo del agua. Se suponía que papá también iba a meterse a la pileta, pero se había enzarzado en una de sus larguísimas conversaciones telefónicas. Amalia miraba hacia la casa, cada tanto, tratando de ocultar su molestia. Me compadecía de ella. El único amor de papá era su trabajo. Además, tenía un amante insaciable: el dinero, por el que siempre iba detrás, y del que nunca parecía tener suficiente. Mi pobre exprofesora no lo sabía, pero estaba condenada a un tercer lugar. Aunque, he de reconocer que me parecía demasiado pronto para que papá empezara a mostrar sus defectos. Samara se tiró de un chapuzón. Durante el instante en que estuvo en el aire pude ver su hermoso orto, ese que había intentado ignorar. Luego un montón de agua me salpicó. Claramente, lo había hecho a propósito. —Samara, no seas infantil —la reprendió su madre. —Pero si fue sin querer —dijo ella, haciéndose la tonta, como siempre. Abril no había vuelto de hacer ese trabajo que había mencionado. Aurora pasaba mucho tiempo con su pareja, según me enteré en esa misma cena, y por eso aún no había tenido “el placer” de verla. Eso podía ser cierto, pero no me cabían dudas de que había algo más detrás de la persistente ausencia de la hermanastra mayor. —Bueno. Los dejo —dijo Amalia. Se había metido a la pileta antes que yo. Luego me invitó a meterme. Había sido como el llamado de una sirena. Me fue imposible negarme, a pesar de que sabía que me iba a resultar incomodo verla con tan poca ropa. Ahora sentí algo de pena, pues había compartido apenas algunos minutos con ella. Pero supuse que era mejor. Últimamente mi cuerpo estaba muy sensible, y no quería tener una erección mientras estaba con ella. Salió de la pileta, dándose impulso con los brazos. Pero cuando lo hizo, una de sus manos resbaló y se hundió en el agua. —¿Estás bien? —le pregunté, acercándome a ella. —Sí, no es nada. Es que ya no estoy en forma. Cosas de la vejez —comentó, apoyando su mano nuevamente en el borde de la pileta. Me sentí tentado de decirle que no fuera tonta, que aún era muy joven. Pero no me animé, y tampoco estaba seguro de que fuera acertado decir algo así, ya que se parecía mucho a un halago que se la hacía a una mujer por la que siente atracción s****l. La pequeña escalera para salirse de la pileta con comodidad estaba en el otro extremo, en lugar de estar en el extremo más cercano a la casa. Mi madrastra se empecinó en salir de la misma manera, pero sus brazos no parecían tener la fuerza necesaria. Una de sus manos resbaló nuevamente. Esta vez no se cayó. Pero instintivamente me había acercado más, y ahora mis manos estaban en sus caderas, cosa que me sorprendió más a mí que a ella. —A ver, ahora —dije. Sentía que mis manos ardían, ahí debajo del agua. Por fin sentía esas rotundas curvas que tantas veces había admirado. Traté de aparentar normalidad. Sin quitarle las manos de las caderas, empujé el cuerpo de mi madrastra hacia arriba. Con la ayuda del impulso que se daba con sus brazos, ahora sí, resultó fácil que se saliera. Pero ocurrió un pequeño accidente. Estaba demasiado cerca de ella. El enorme trasero de Amalia se frotó con mi nariz. Era una manera peculiar de sentir cómo era el tacto de un culo tan deseado como ese, pero, aún así, con mi nariz pude reconocer casi toda la amplitud de una de sus enormes y hermosas nalgas. Me avergoncé. No obstante, cuando Amalia quedó parada en el borde de la pileta, giró para mirarme, con una hermosa sonrisa. Por lo visto, ella ni lo había notado, y quizás no le pareció un contacto fuera de lo normal dadas las circunstancias. —Gracias —dijo, para luego meterse en la casa, meneando sus caderas con cada paso que daba. —Te vas a quedar visco —dijo Samara a mi espalda. ¡Qué idiota!, me dije, furioso conmigo mismo. La víbora de mi hermanastra me había estado observando en todo momento. Opté por la salida obvia: hacerme el desentendido. —¿Qué? —dije. —Que si te quedás mirando el culo de tu madrastra como recién lo estabas haciendo, podrías quedar visco. Eso dice la leyenda. Aunque el hecho de que sea la mujer de tu padre también es un buen argumento para que no vuelvas a hacerlo. O al menos podrías disimularlo un poco. Digo. Me parece. —¡Nada que ver! —dije, haciéndome el ofendido—. Además, ¡dejá de gritar, boluda! —agregué, temiendo que alguien la escuchara. —Sí, sí, claro. “Nada que ver” —dijo ella. Se sumergió en el agua. No me gustaba que esa imbécil tuviera ese secreto en sus manos. Podía llegar a hacerme pasar un mal momento. Me prometí que jamás volvería a mirarle el culo a Amalia de esa forma. Por mucho que me molestara admitirlo, Samara tenía razón. Como mínimo, debía disimular mejor esas miradas. Además, tenía que aprender pronto a no ser tan evidente, porque mi madrastra no era la única por la que se me iban los ojos. Ahora mismo estaba con otra hembra portadora de un orto prodigioso. Y por la noche debía dormir con Abril, quien había resultado ser increíblemente hermosa. De repente sentí que Samara estaba detrás de mí. Agarró mi traje de baño con ambas manos. Cuando reaccioné ya era demasiado tarde. Supongo que no sospechaba que pudiera hacer lo que hizo. Realmente era una pendeja inmadura. Tironeó mi traje de baño hacia abajo. De un solo movimiento, ya lo tenía a la altura de los tobillos. Mi ingenuidad me jugó en contra, porque había dado por sentado que la broma culminaría ahí. Me subiría el traje de baño, la mandaría a la mierda, y listo. Pero entonces me dio un empujón. Caí hacia adelante, sumergiéndome en el agua. Mi cuerpo quedó en horizontal, mis piernas flotaron. Entonces ella aprovechó para despojarme del traje de baño. Saqué mi cabeza del agua todo lo rápido que pude. Tosí y escupí agua, ya que me había sumergido con mucha brusquedad. Vi, con la vista borrosa, cómo Samara se dirigía hacia el mismo extremo por donde había salido su madre. —¡Pendeja boluda! —exclamé. Fui tras ella. Samara pegó un grito. Y entonces la hija de mil putas hizo un bollo con mi traje de baño y lo tiró fuera de la pileta, todo lo lejos que pudo. Lo que tardó en hacer eso fue suficiente para que me acercara bastante a ella. Trató de escaparse, y estuvo a punto de hacerlo. Pero cuando salía de la pileta la agarré del tobillo, y de un violento tirón, la metí en la pileta de nuevo. No le di tiempo. Cuando sacó la cabeza del agua la abracé por detrás. Y llevé una mano a su traje de baño, para bajárselo. Pero al hacerlo me di cuenta de algo terrible. Mi v***a desnuda se apoyó en su trasero. Le había bajado la bikini unos centímetros, por lo que no solo sentía sus tersas nalgas en el forcejeo, sino que mi tronco se frotó por la raya de su orto, en un gesto sumamente s****l. Sentí que la cosa se estaba yendo a la mierda. —¡La tenés dura! —dijo ella, casi gritando—. ¡Me querés violar! Soltame o grito como una loca —dijo después. Pensé en la imagen que estaba dando. Yo, completamente desnudo, abrazando por detrás a mi hermanastra, inmovilizándola por la fuerza, frotando mi v***a en su enorme culo. Si alguien aparecía, quedaría muy mal parado, por más que ella hubiera empezado con ese juego. —Te suelto, pero más vale que me traigas el traje de baño —le susurré, con voz amenazante. —Okey, pero retirá tu v***a de mi trasero, por favor. La solté y me alejé de ella. No la tenía dura. Eso era una mentira. Pero mi v***a estaba lo suficientemente hinchada como para que se diera cuenta de mi excitación. Samara se mostró seria mientras salía de la pileta, seguramente para que yo creyera que iba a cumplir con su palabra. Pero una vez que estuvo fuera del alcance de mis manos, esbozó una sonrisa odiosa, y se metió corriendo en la casa. —¡Pendeja forra! —grité. Ahora dejó de importarme si me escuchaba alguien. Es más, quería que me oyera papá o Amalia para pedirles que me acercaran el traje de baño. Pero por lo visto no habían oído. ¿Debía gritar más fuerte? Toda esa situación de mierda me estaba colmando la paciencia. Me quedé nadando desnudo unos minutos, esperando, en vano, que la pendeja de Samara volviera. Vi que todas las luces de la casa estaban apagadas. Por lo visto se habían ido a dormir todos, pues ya era tarde. “Son solo unos segundos”, me dije. Miré hacia la entrada de la casa. No parecía haber nadie. Salí de la pileta, sin pensarlo, pues mi personalidad vergonzosa podría haber hecho que me quedara ahí por horas. Me dispuse a ir corriendo hasta donde estaba mi prenda. Pero en ese mismo instante la puerta trasera que daba al patio se abrió. ¡No podía tener tanta mala suerte! Una mujer apareció en el umbral de la puerta, mirándome con el ceño fruncido, estupefacta. Lo único bueno de eso era que su sorpresa parecía ser tanta, que ni siquiera le permitió largar un grito. Yo también me llevé una sorpresa, porque no conocía a la chica que ahora estaba a unos metros de mí. Aunque, se parecía mucho a… —Aurora —dije, señalando el traje de baño que estaba muy cerca de ella—. Perdoná, es que Samara. Yo… emmm… Soy Carlos —balbuceé. El gesto de la mayor de mis hermanastras (tenía veinte años) se suavizó. Aunque igual aún parecía desencajada. Me percaté de que no podía evitar largar miradas furtivas a mi m*****o. Por suerte, había vuelto a su tamaño normal. —Samara… —dijo ella. Estaba levemente sonrojada. Apartó la mirada. Me di cuenta de que no había atinado a cubrirme. Así que puse mis manos cruzadas frente a mi v***a—. Bueno, esa palabra explica muchas cosas —dijo Después—. Incluso puede explicar el hecho de que mi nuevo hermanastro aparezca en pelotas en el patio de mi casa. Supongo. —Permiso. Voy a agarrar el… —balbuceé, acercándome a ella. —Ah, sí, sí. Perdoná. Yo te lo paso —dijo ella. Se inclinó justo en el mismo momento en el que yo lo hice. Nuestras manos se rozaron Ella la apartó inmediatamente, como si temiera contagiarse alguna enfermedad transmitida por la piel. Pero, aunque su gesto fue muy brusco, no lo sentí como una ofensa, más bien parecía asustada por el hecho de que un hombre desnudo la tocara. De repente me dio la impresión de que, esa chica que me llevaba dos años, era en realidad una niña. Qué raro. —Ponételo rápido —dijo, apartando la mirada nuevamente. Recordaba a Aurora como a una chica obesa y algo soberbia, aunque nunca terminé de comprender por qué motivo le atribuía esa cualidad. La verdad es que tanto ella como Abril eran prácticamente desconocidas para mí. Apenas habíamos interactuado. Siempre había tenido el rostro muy bello. Pero ahora estaba casi delgada. Su cuerpo era armónico, al menos si se lo comparaba con el de Amalia o el de Samara, lo era. Tenía sus curvas llamativas. Curvas que habían aparecido cuando el exceso de grasa fue eliminado. Me sorprendió lo cimbreante que era su cuerpo. Tenía unos hermosos ojos azules. Supuse que había salido a su padre, porque era muy diferente a Amalia, salvo esos ojos justamente (lo mismo pasaba con Abril, aunque entre ella y Aurora también había diferencias notables). Tenía una cara preciosa. Sus labios parecían estar partidos por una sensual marca en el medio. Su barbilla estaba levemente hundida, como si fuera una extensión de esa marca en los labios, dándole un toque distinguido y sensual. Loa pómulos eran prominentes. Me hizo acordar a la actriz Robin Tunney. —Sí —dije, tratando de evitar seguir mirándola con fascinación, retomando la conversación en el punto en el que estábamos hablando de Samara—. Me hizo una broma en la pileta. —Sí, es lo que imaginé —dijo Aurora—. Y mucho gusto. Perdón por no haber estado en el día que viniste con tu papá. Tuve algunos percances estos días. Me percaté, de pronto, de que se encontraba terriblemente triste. Estaba claro que no era de mi incumbencia. Pero me dio pena verla así. —¿Estás bien? —le pregunté—. ¿Necesitás algo? —No, no estoy bien —dijo. Me sorprendió su sinceridad. Normalmente las personas responden a esa pregunta diciendo que están bien, independientemente de cómo se sientan realmente. Es cierto que de todas formas era difícil ocultar su malestar, pero igual me impresionó su respuesta—. Pero ahora lo único que necesito es escuchar música y dormir. Gracias por preguntar. Sos muy dulce. Me dio un beso en la mejilla. Su última frase me recordó a Amalia. Era algo que me decía de vez en cuando. “Sos muy dulce”. ¿Sería que por fin había encontrado otra persona con la que podía llevarme bien? Si era así, la convivencia podía ser tolerable. Samara seguiría siendo una idiota. Con Abril parecía factible limar asperezas, y ahora con Aurora de mi lado… Me estaba adelantando. La mayor de mis hermanastras se metió en la casa. Mi mala costumbre hizo que mi vista fuera dirigida a su trasero. Un hermoso trasero, ciertamente. Como era de esperar, menos contundente que el de Samara, pero igual era muy pulposo y bien paradito. Me encantaba. —¿Entrás? —dijo. —En un ratito —respondí. Agarré un toallón que había dejado en una reposera, me sequé y luego me metí en la casa. Era casi medianoche. Cada uno parecía estar en su cuarto. En la planta baja oí gemidos. Debían ser muy intensos para que llegaran a mis oídos. Qué suerte tiene papá de cogerse a ese caramelito, pensé para mí, con una sana envidia. Recordé el roce de su orto en mi nariz. Mi madrastra era dolorosamente hermosa, y ahora que había descubierto que Aurora también se había transformado en una bomba s****l, me daba cuenta de la suerte inusual que tenía al vivir con ellas. Imaginé cómo sería una tarde de pileta con las cuatro juntas. Sería un festival de culos y tetas. Sería imposible que no se me parara la pija con esas hermosas mujeres nadando a mi alrededor. Cuando pasé por el dormitorio de Samara me tentó la idea de vengarme de alguna manera de ella. Pero seguro que se pondría a gritar y yo quedaría expuesto, además, no se me ocurría una buena venganza en ese momento. Ya le llegaría su hora. Por lo pronto, la corta charla con Aurora me puso de buen humor. Me metí en el baño. Mientras me daba una ducha, oí que alguien entraba en el dormitorio. Obviamente se trataba de Abril. Cuando salí, me la encontré leyendo un libro que se me antojó extraño. Tenía palabras en una lengua extranjera, con caracteres extraños en color blanco sobre una cubierta negra. Había en la habitación otros tantos libros llamativos, con palabras como ocultismo y Wicca en sus títulos, además de tener símbolos extraños. —Hola —me saludó. —Hola —dije—. Volviste. Me di cuenta de lo idiota que sonaba esa última palabra. Claramente, ya estaba de vuelta. Por suerte no hubo rastros de desdén en su mirada, aunque igual la noté algo irritable, tal como había estado antes de irse. Me pregunté, sintiéndome irritado a la vez, qué era lo que ponía de mal humor a esa chica. —Mi trabajo me hace salir en horarios intempestivos —explicó—. Aunque, como contrapartida, no trabajo muchas horas. —Ah —dije. Y después, con cierta duda, le hice la pregunta obvia—. ¿A qué te dedicás? Me parecía demasiado joven como para tener un trabajo independiente. Hacía poco más de un año que había terminado la escuela. ¿Qué profesión podía haber aprendido en tan poco tiempo? —Hago varias cosas. Principalmente brujería y exorcismos —dijo, como si nada. Me le quedé mirando, tratando de adivinar si se estaba burlando de mí. Pero por lo visto no era el caso. Entonces reparé en el vestido. Un vestido n***o, muy largo, que en su parte inferior era acampanado, y en la superior era bastante ceñido. Tenía un escote recto, con bordes blancos. A diferencia de las ropas que usaba normalmente, esta dejaba ver algunos de sus tatuajes. Reparé en ellos con mayor atención con la que lo había hecho antes. Uno de ellos había una mujer quitándose una careta. Solo que la careta era un rostro real, y lo que quedaba a la vista, en lugar de su rostro, era una calavera. En el otro brazo había una mano con un montón de círculos. Tanto la mano como los círculos estaban distribuidos de tal manera que formaban un nuevo círculo que encerraba unas estrellas. No tenía idea de qué significado tenía todo eso, pero ciertamente le daban a mi hermanastra cierto aire mágico, esotérico y sobrenatural. —La fase lunar —comentó Abril, percatándose de que me había quedado mirándola como un idiota. En mi favor puedo decir que era la primera vez que no me quedaba mirándole el culo a unas de mis hermanastras. El brazo era lo menos erótico que había, aunque me percataba de que esos tatuajes en conjunto le daban un toque sumamente erótico a Abril. Entonces se sacó el vestido. Me di vuelta, haciendo un esfuerzo enorme para no sonrojarme. —No hace falta que te des vuelta. Igual no me voy a poner en bolas. Además, ya me viste así —dijo—. ¿Querías preguntarme algo? —agregó después. —Preguntarte… nada. Pero tus tatuajes son impresionantes. Disculpá si me quedo mirándote así. Te juro que no lo hago con malas intenciones. Obviamente sí la estaba mirando con lujuria. Pero los tatuajes no eran una simple excusa, sino que eran un adorno perfecto para el esbelto cuerpo de Abril, que la hacían ver sumamente sexy. Vi los otros tatuajes. Debajo de las clavículas, muy cerca de los senos, había una figura simétrica. En uno de los muslos había un murciélago con una casa con estilo gótico de fondo. En el otro una bola de cristal sostenida por dos manos. —Usás tu cuerpo como un lienzo —dije—. Sos como una obra de arte. Abril sonrió. Me pareció mucho más relajada. Entonces se dio media vuelta. —Y acá tengo más, aunque pocos. Debajo del cuello, en la parte superior de su espalda había una serpiente que formaba un semicírculo con su propio cuerpo, como si intentara comerse su propia cola. Y en su cintura, encima de su bombacha, estaba el que más me gustó. Una mariposa, perfectamente simétrica. Era el tatuaje más colorido que tenía. Había una parte del dibujo que no se veía, y que solo podría verla el afortunado que le bajara esa bombachita. Se me hizo agua la boca. El trasero de Abril era el más pequeño del de las chicas de esa casa, pero era precioso, una manzanita, parecido al culo de las modelos. —Me encanta la mariposa —dije. Abril soltó una carcajada, y volteó hacia mí—. No, en serio. Me gustan todos tus tatuajes igual. —Gracias. A mucha gente no les gusta —dijo ella, subiéndose a la cama. —A mí sí —comenté, encogiéndome de hombros. Se puso un pijama y se metió en la cama. No tendría la suerte que tuve con Samara, de verla media desnuda mientras dormía. Me subí a la cama yo también. Me daba mucha curiosidad eso de la brujería, aunque también me daba miedo. ¿Podría hacerme algún mal si se enojaba conmigo? Siempre fui un escéptico a medias. De esos que dicen: las brujas no existen, pero de que las hay las hay. Y de hecho estaba a punto de dormir con una. Qué locura. —Va a ser bueno que nos conozcamos un poco, ya que vamos a vivir juntos, y, por lo visto, vamos a compartir el dormitorio quién sabe cuántas veces —dijo. En los dos días que llevaba en la casa, nadie había ido a llevarse el montón de cosas que había en mi futuro dormitorio, ni mucho menos a hacer reparaciones. Así que tenía razón. No sabía cuántas noches íbamos a pasar juntos. Y si quería evitar caer de nuevo en el dormitorio de Samara (que si bien resultaba un lindo paisaje, estaba loca), me convenía llevarme bien con Abril. Pensé que la conversación iba a ir por el lado de su peculiar oficio, pero me había equivocado. —Tengo endometriosis —dijo, de repente. —Ah, entiendo —comenté, aunque no tenía idea qué era eso, sí estaba claro que era una enfermedad, y además deduje que era una enfermedad crónica. Abril rio, evidentemente dándose cuenta de mi ignorancia. —Si querés, después podés googlearlo. Lo que me interesa que sepas es que si a veces estoy irritable es porque sufro de mucho dolor. La cosa es que la células del útero crecen fuera de este. Esto me genera muchas complicaciones, por ejemplo, cuando menstrúo. Es una enfermedad más común de lo que se cree. Además, no a todas les afecta de la misma manera. Digamos que estoy dentro del selecto grupo en el que la endometriosis afecta hasta el punto de que mi vida cotidiana resulta muy complicada. —¿Y no tiene cura? —pregunté. Me dije que era una pregunta estúpida. Claro que no la tenía—. ¿Algún medicamento que te ayude? —No tiene cura. Y tampoco hay muchos medicamentos que calmen el dolor. Pero yo descubrí uno que me ayuda mucho. Es uno que me pusieron hace muchos años, cuando me quitaron una muela. —Entonces… Quizás deberías estar sola, para estar más cómoda. Lamento invadir tu privacidad. No entiendo cómo es que Samara te hizo esta jugarreta —comenté, indignado. —No pasa nada. Mientras no te ofendas si estoy con cara de culo todo el día, no va a haber problemas. Además, solo es hoy y mañana. Después tenés que volver con Samara, y luego con Aurora. —Aurora… —dije, susurrando. Cuando me di cuenta de que había pronunciado su nombre como un estúpido, agregué—. Hoy la conocí. —Sí. A veces no está en casa. Pero ahora que rompió con su pareja, supongo que la vamos a ver seguido. Lo más práctico hubiese sido que la primera noche aproveches su dormitorio vacío, pero ella es especial, así que no podíamos meterte en su cuarto sin su permiso. —¿Especial? ¿Más especial que una bruja exorcista con endometriosis? —pregunté. Abril rio a carcajadas. Era terriblemente linda cuando reía, cosa que no hacía muy de seguido. En una parte de mi mente me prometí que iba a hacer todo lo posible por hacerla reír la mayor cantidad de veces que pudiera. —Podría contarte las peculiaridades de nuestra hermana mayor, pero me parece lo más correcto que te las cuente ella misma —dijo Abril. —Estoy de acuerdo —comenté. —¿Y vos? —me preguntó. —Y yo, ¿qué? —¿No me vas a contar nada sobre vos? —dijo. Increíblemente, nunca había pensado en ello. Mis hermanastras me intrigaban muchísimo. No se me había cruzado por la cabeza que ellas pudieran tener la misma intriga sobre mi persona. Pero ¿qué decirle? ¿Quién era yo realmente? A mis dieciocho años apenas empezaba a formar mi personalidad. Durante la mayor parte de la vida había sido considerado por todos, y por mí mismo, como un ser insignificante. Era pequeño y muy delgado. De una fragilidad repugnante. Recién en mis últimos años de la escuela empecé a tomar unas vitaminas recetadas por una nutricionista que me cambiaron la vida. El cambio fue lento, pero rotundo. Seguía siendo bajito, pero ahora, que además de tomar vitaminas hacía ejercicio, era más corpulento, con los músculos empezándose a marcar. Sin embargo, no dije nada de eso. Me parecía una historia patética para ser mencionada. —No soy tan interesante como vos —dije—. Me gusta mucho ver series y películas. Hago deportes y ejercicio con regularidad. No sé… —dije después, dándome cuenta de que solo le estaba diciendo cosas superficiales, mientras que ella se había abierto considerablemente conmigo—. En realidad, creo que recién ahora estoy empezando a conocerme —comenté, sonrojándome, sintiendo que había dicho algo cursi. —Te entiendo —dijo Abril—. A mí me pasaron miles de cosas desde chica. Pero algunos empiezan a vivir con intensidad desde más grandes. En parte te envidio —comentó después, Y pareció sincera. Apagó la luz. Pero de repente me vino a la mente otra pregunta. —Aparte de los dolores menstruales… ¿Qué otro problema tenés por tu enfermedad? En el día a día digo. —Miles. Me limita en todos los aspectos de mi vida. Por ejemplo, el dolor hace que duerma mal, y no rindo como debería durante el día. Ando cansada todo el tiempo. Además, tengo problemas hormonales por tanto medicamento. Y bueno, ni hablemos del sexo. —¿Qué pasa con el sexo? —pregunté. —Me duele mucho cuando me penetran —confesó Abril. Me pregunté si me estaba extralimitando, pero la verdad era que ella me había respondido con total naturalidad. —Pero ¿lo hacés igual? —pregunté. —No, de hecho, las dos veces que permití que me penetren, el chico de turno no pudo hundirla ni dos centímetros, pobres —comentó, como si nada. —O sea que… ¿sos virgen? —pregunté, intrigado. Abril soltó otra carcajada en la oscuridad. Esta vez sí, esa risa parecía indicar que me consideraba un estúpido. —Pero… —dije, intentando una defensa—. Si nunca te penetraron realmente, entonces sos virgen. —Me penetraron, sí. Solo que apenas. Así que nop, técnicamente no soy virgen. De todas formas, para que sepas, hay muchas otras formas de coger. Bastó que me dijera eso para imaginarnos desnudos, teniendo sexo de todas las maneras conocidas, excepto la clásica penetración vaginal. Me parecía raro. ¿Cómo sería coger sin coger? Obviamente había otros orificios, pero no era lo mismo. Estaba caliente, obviamente. A pesar de que la conversación no era precisamente erótica, el hecho de hablar de la sexualidad de mi sexy hermanastra me puso al palo enseguida. —Bueno, voy a dormir. Estoy cansada —dijo. —Que tengas buenas noches. —Vos también. Me sentí avergonzado de mí mismo. Había ido a esa casa con muchos prejuicios, pero tanto Abril como Aurora me habían demostrado que no eran tan terribles como temía. Y lo peor, una estaba más buena que la otra. Igual tenían sus mambos, obvio. Iba a ser una convivencia complicada, pero también muy placentera. Continuará...
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